Frida Guerrera

Testimonio de Zoilamérica

De los 11 a los 14 años: abusos deshonestos

En 1977, después de sufrir mi madre encarcelamiento por sus
actividades políticas, mi hermano y yo tuvimos que acompañarle y salir
rumbo a Panamá, donde residimos primero, luego nos dirigimos a
Venezuela y finalmente a Costa Rica, donde nos establecimos hasta el
21 de julio de 1979. Para la niña de diez años que era entonces, el
exilio significó la separación de mis principales fuentes de amor,
cariño y protección: mi abuelo, mis tías abuelas, mi tía Rosi y mis
tías maternas.

Vivir en un país desconocido, sin familiares cercanos que atendieran
mis necesidades, con una madre comprometida con una causa política,
produjo en mí miedo, aislamiento, timidez y soledad en un ambiente de
extremos riesgos y persecuciones, y donde el silencio y la prudencia
constituyeron la norma de conducta en ese período, interrumpiendo así
la normalidad de mi vida en su tránsito de la niñez a la adolescencia.

En 1978, en San José, Costa Rica, conocí a Daniel Ortega Saavedra,
cuando yo tenía once años de edad no cumplidos. En ese país vivimos en
condiciones de clandestinidad, de encierro; no podíamos hablar con
nadie por guardar secretos y como tal aprendimos a comportarnos.

La casa que habitamos (mi madre, hermanos y yo) fue un importante
centro de actividades político militares -de seguridad se solía
decir-, con mucho movimiento, entradas y salidas de gente, muchas de
las cuales se quedaban a pasar la noche. Nuestras verdaderas
identidades fue todo un misterio y el silencio rondó nuestras vidas.
Como nicas y sandinistas vivimos escondidos todo el tiempo. El secreto
fue parte de la vida clandestina.

Daniel Ortega, cuyo seudónimo era Enrique, desde un inicio me inspiró
miedo y desconfianza por la forma rara de mirarme desde entonces;
fueron muchas personas desconocidas las que llegaban a aquella casa,
con quienes jamás tuve cercanía. Después de algunos días, me enteré
que aquel hombre extraño era comandante, una persona muy importante
para el resto de la gente y que sostenía con mi mamá una relación de
pareja.

Fue en este país y en los primeros meses que él se vinculó a nosotros,
que comenzó su acoso con bromas y sugerencias de juegos
malintencionados, en los que me manoseaba y obligaba a tocar su
cuerpo. Luego, cuando el tiempo fue avanzando y se me presentaron las
primeras manifestaciones de menstruación, decía: "Vos ya estás lista",
sin que interviniera confianza ni relación de afecto alguno. Después
me asaltaba sorpresivamente en lugares oscuros para tocarme y durante
mis baños me espiaba por encima de la cortina, escondiendo mi ropa
interior y bromeando con ellas, algunas veces llegó a hacerlo en
público. En muchas otras ocasiones amenazó con penetrar al baño
estando yo adentro, advirtiéndome de que probaría lo que era bueno.

Yo tenía en ese entonces, una educación sumamente religiosa y por
tanto consideré vulgar y soez aquellas palabras y frases referidas a
partes íntimas de mi cuerpo; cada vez que esto sucedía me sentía muy
ofendida y ultrajada.

No sostuve contacto ni relación con ninguna de las personas que
frecuentaban la casa de seguridad, pues las sentía muy extrañas a mi
entender y mi edad.

Yo no tuve la oportunidad de decirle a alguien sobre aquellas frases,
insinuaciones y bromas de mi agresor. A mi madre la consumían las
múltiples ocupaciones o responsabilidades, aunque en realidad nunca
tuve claridez de lo que realmente hacía. Durante este tiempo, yo sentí
cierto abandono y soledad, mi madre no fue un ser cercano ni estuvo
pendiente de mí. Desde entonces no tenía la confianza para decirle que
su compañero me decía cosas. No desee crearle problemas a mi madre con
su compañero y temí que interpretara que eran quejas para demandar
atención materna. En distintos momentos ella dijo que yo era sumamente
exigente y demandante de atenciones y mimos.

Cuando encontré a Daniel Ortega copulando con la empleada de la casa,
no supe qué hacer, me sentí impactada, aturdida y bastante amenazada,
pues las ofensas verbales fueron más frecuentes y chocantes para mí.
Mi seguridad desapareció, pues las amenazas que me hizo en variadas
ocasiones comenzaron a cumplirse por la noches; cuando mi madre
dormía, Daniel Ortega se dirigía al cuarto donde me encontraba para
arrecostarse en mi cama y rozarme con su pene partes de mi cuerpo.
Recuerdo que me daban escalofríos, temblores y sentía mucho frío. Yo
cerraba los ojos para no ver nada, permanecía inmóvil sin poder hacer
nada.

Temprano por las mañanas, cuando me alistaba para ir al colegio y mi
madre dormía aún, él se levantaba y me observaba, ahora ya no sólo
para verme por encima de la cortina del baño, sino para masturbase.
Esto lo llegó a hacer en reiteradas ocasiones.

Me comenzaron en esta etapa, pesadillas con imágenes difusas y
sensaciones extrañas de miedo, que sumados a episodios de asco y
rechazo me empezaron a afectar mi manera de ser y mi propia
interioridad. El tener un secreto que no tenes a quien contar, me
generaba mucha angustia.

Inmediatamente después del asalto al Palacio Nacional, por razones de
seguridad, mi madre, Daniel Ortega y nosotros (los muchachos), pasamos
a vivir en una casa aparte, alejada de las actividades organizativas
del FSLN. El ambiente era mucho más solitario, ni la empleada de
nacionalidad costarricense se quedaba a dormir. Las noches las
pasábamos solos, encerrados en nuestro cuarto.

Las bromas de Daniel Ortega se fueron convirtiendo en verdaderas y
directas insinuaciones sexuales, me levantó falsos y agresiones
sicológicas cuando afirmaba categóricamente que yo sostenía relaciones
con el chofer del bus del colegio, simplemente por ser alguien quien
nos tomó cariño a mi hermano y a mi. Yo en ese entonces tenía 11 años
de edad y este tipo de frases me resultaron muy agresivas. Por
ejemplo, me preguntaba al llegar del colegio: "¿Ya venís contenta? ¿ya
te lo hicieron?", entre otras frases sumamente ofensivas. Siempre era
igual, cuando observaba alguna cercanía afectiva con personas del sexo
masculino, que por cierto fueron muy pocos, fundamentalmente
compañeros de estudios.

Desde entonces, él, Daniel Ortega fue haciéndome pensar que todo
acercamiento afectivo con cualquier hombre y de cualquier edad,
implicaba un interés sexual hacia mí. Para mí lo sexual era sinónimo
de aquellas actitudes obscenas y vulgares de Daniel, y por lo tanto,
poco a poco empecé a tener gran desconfianza hacia todos los hombres.
Si el compañero de mi madre, agredía mi cuerpo contra mi voluntad, qué
podía esperar de otros. Él me obligaba a callar y a aceptar los
vejámenes que recibía de su parte.

El progreso de la acción de mi agresor, fue dándose; ya no solamente
se trataba de su observación a mi cuerpo cuando me bañaba, sino que
entraba al baño de cualquier manera, se masturbaba provocándome miedo
y desprecio. Fue horrible ver, a la edad de entonces, la imagen de un
hombre de pie sostenido de una pared y sacudiendo su sexo como perdido
e inconsciente de sí mismo. Yo tenía miedo y permanecía en el baño
hasta ver desaparecer su sombra por la rendija de la puerta que él
mismo mantenía abierta. Me daba miedo ir a cerrar la puerta, pues
podría aprovechar para apresarme. Preferí mantener distancia física de
aquel cuadro que me producía asco y rechazo.

Durante este tiempo también, se introducía en el cuarto que compartí
con Rafael, procedía a separarme parte de la cobija de mi cuerpo,
continuaba con manoseos y luego concluía masturbándose. Yo me quedaba
inmóvil y aterrorizada sin poder pronunciar palabras. Me decía que no
hiciera bulla para no despertar a Rafael, a quien tomaba como pretexto
ante mi madre las veces que se trasladaba a nuestro cuarto para
cuidarlo, supuestamente, de sus crisis asmáticas. Durante esos
"cuidos" mi agresor hacía lo que ya ha sido relatado, y decía: "ya
verás que con el tiempo, esto te va a gustar".

Mi madre, al intensificar sus acciones políticas, solicitó a mi tía
Violeta se fuese a vivir con nosotros a Costa Rica, donde compartimos
cuarto. Ella regresaba muy tarde de la Universidad, y durante ese
segmento de tiempo, cuando mi madre dormía, él se cruzaba a mi cuarto.

Fue mi tía Violeta la que me recordó, que una vez vio a Daniel Ortega
manosearme y tocar mis partes genitales. Hasta hace poco recordé que
también ponía en mi boca su pene.

En ese tiempo, mi agresor tenía 34 años de edad y yo once, lo que
representaba una considerable diferencia y ventaja de su parte; él era
el compañero de mi madre, una figura política de mucha importancia,
mando y poder. Una persona muy dominante. Yo resentí de mi madre su
lealtad a mi agresor, yo sentía que siempre lo prefirió a él que a mí,
sus atenciones y gestos de cariño siempre eran para mi agresor. Él me
inspiraba mucho miedo y no fui capaz de decirle a ella lo que estaba
viviendo y sufriendo, pues no sabía si me creería.

Mi tía Violeta me comentó años después, que en una ocasión discutió la
situación con mi madre, donde recibió como respuesta amenazas y
presiones a fin de que guardara silencio.

Cuando se declaró la insurrección final de 1979, mi madre prefirió
venirse con él a Nicaragua. Ella no me hubiese creído nunca lo que
Daniel Ortega estaba haciendo conmigo. Su preferencia era mi agresor,
de eso no tenía duda alguna. Mi mamá me hacía mucha falta y nunca
hubiese querido que se fuera, pero daba igual, pues aún estando ella
en casa Daniel Ortega siempre me agredía.

Yo no entendía porqué él me tocaba, no entendía nada de la sexualidad
en general, mucho menos de la masculina. Para mí toda aquella
situación era confusa, no entraba en mi cabeza el porqué el compañero
de mi madre hacía todo eso conmigo. Sin embargo, siempre tuve
conciencia de su posición de autoridad, de su imagen de superioridad
que tenía en aquella casa, en su cuarto estaban sus fotos, era
dirigente, y escuchaba decir que era miembro de la Dirección Nacional,
y que podía llegar a ser Presidente de la Junta de Gobierno. Siempre
tuve la imagen de que era muy importante.

Para mí, el triunfo de la revolución significó reunirme con mis
abuelos y tías. Fue alegre estar nuevamente en Nicaragua, en una casa
con condiciones materiales muy diferentes a las que tuve
anteriormente, fue como tener un mundo de juguetes. La nueva casa
parecía prometer un ambiente de familia. Yo nunca viví antes en un
núcleo completo, es decir, hombre, mujer, hijos. Tenía la esperanza de
estar cerca de mi madre y de que quizás la situación cambiaría en
relación a él. Creí que por fin habría cariño y una nueva vida, sin
secretos ni misterios, sin encierros ni silencios.

Nos trasladamos a la casa donde actualmente vive la Familia Ortega
Murillo, por primera vez en mi vida se me asignaba un cuarto propio,
lo que para cualquier niña pudo haber sido motivo de buena noticia,
pero mis temores estaban latentes. A las pocas semanas, nuevamente el
fantasma volvió a rondar mi cuarto con rostro duro y sus gruesos
anteojos; continuó sus masturbación, poniendo sobre mi cuerpo una de
sus manos frías y temblorosas. A la edad de 12 años que tenía
entonces, persistían las sensaciones de escalofríos, nauseas y
temblores en mi quijada.

Como mecanismo de defensa ante mi agresor, inventé historias de miedo
para no dormir sola, efectivamente sufría de mucho miedo, las noches
para mí se transformaron en algo que no deseaba, cada vez que se
acercaba la oscuridad me afligía y desesperaba. Necesitaba estar
acompañada, ya no soportaba estar sola, pero mi mamá insistía que
debía acostumbrarme a dormir sola y cada vez que yo retomaba el tema
me regañaba. La verdad es que ni aún compartiendo cuarto con mi
hermano Rafael logré evitar su acoso, éste se mantuvo todo el tiempo
con sus manoseos; de mi parte, me hacía la dormida inútilmente,
quedándome quieta boca abajo, buscando protegerme, por eso, aprendí a
dormir en esa posición. Dormía con las manos debajo de mi cuerpo,
tapando mi vagina; pensaba que así sus manoseos no me harían daño.
Creí que el mostrarme ante él inconsciente, no le permitiría obligarme
a nada más. El miedo me llevó a encontrar esta manera de protegerme
sin asumir riesgos de confrontarle, a lo que le tuve mucho pánico.

A medida que fue avanzando, pervertidamente me indicaba que me
moviera, que así sentiría rico. "Te gusta, verdad", me decía, mientras
yo permanecía en absoluto silencio sin tener fuerzas para gritar ni
llamar a mi mamá. El miedo no me dejaba, sentía en la garganta
resequedad, atorada y con temblores. Su contacto me transmitían
intensos fríos y malestares, me provocaba asco y me creía sucia, muy
sucia, pues sentía que un hombre al que rechazaba me ensuciaba toda.
También, llegué a sentir que yo me dejaba hacer eso del compañero de
mi madre, pero si le decía, ella nunca me creería. En esos años fue
que comencé a bañarme muchas veces durante el día, para lavarme la
suciedad, repelía sus manoseos y su tacto frío.

Más adelante, las noches no fueron suficientes, también las tardes
comenzaron a ser utilizadas para sus propósitos. Él calculaba las
horas de mis tiempos libres y cuando me encontraba sola en la casa
para atacarme. Después de los almuerzos, en el momento de regreso de
mi madre a su oficina y el impase de la llegada del colegio de mi
hermano Rafael -quien siempre llegaba muy tarde-, penetraba sin
reparos al área donde hacía mis siestas en el sofá frente al
televisor, hasta donde se acercaba para manosear mis pechos,
impidiendo cualquier intento de escapatoria de mi parte.

A mis trece años (1980), incrementó sus llegadas a la casa en horas
que bien sabía me encontraba sola, mi mamá estaba en su trabajo y mi
hermano Rafael en el colegio (hubo un tiempo que estudió en Cuba).
Cuando llegaba, con el pretexto de descansar, cerraba la casa, la que
por su diseño arquitectónico me aislaba completamente, sin poder
acudir a las niñeras que cuidaban de mis hermanos menores en la parte
de adentro. Daniel Ortega había adecuado su horario para coincidir
conmigo en las horas en que la casa estaba sola.

Para este período, sus actos siempre los consumó cuando yo dormía, al
despertarme no tenía escapatoria. Lo sentía manoseándome y atrapándome
la cabeza con sus piernas y brazos en el extremo del sofá. Dormir se
me volvió un martirio. Siempre me despertaba lo helado de sus manos,
en un estado de estimulación irracional que él fácilmente alcanzaba,
sin atender ninguno de mis reclamos.

En una ocasión que recuerdo muy bien, mientras dormía en el sofá y al
despertar, él se encontraba mirando un video pornográfico sin
importarle mi edad y mi condición de hija de su compañera de vida; en
reiteradas oportunidades me mostró revistas Play Boy que yo rechazaba
pero que me obligaba a ver; también, me mostró un vibrador que intentó
usar, pero no le funcionó. Él siempre intentó despertar en mí algún
tipo de sensación y placer, trató de pervertirme y me hizo objeto de
su depravación y manipulaciones de mi cuerpo de niña en tránsito a la
adolescencia. Intentó explotar mi sexualidad incipiente a fin de
complacer sus instintos y vicios sexuales; de mi parte, siempre
encontró resistencia, rechazo, repulsión, asco y escalofríos.

Yo sentía miedo de ese hombre, él era el compañero de mi mamá, mi
supuesto papá, sus acercamiento hacia mí siempre llevaron una
intencionalidad sexual, yo le tenía mucho miedo y no encontraba en
nadie a quien confiarle lo que me estaba sucediendo. Mi madre no me
creería nunca, así lo sentí siempre, a pesar de algunos intentos que
hice luego me arrepentía, me faltó valor, confianza y cariño de su
parte.

Como parte de mis huidas en el interior de aquella casa, me arrimaba a
dormir en el cuarto de las trabajadores domésticas, hasta donde llegó
en muchas ocasiones a buscarme para hacerme regresar con su autoridad
a mi cuarto. Recuerdo, que mi madre me regañaba por ser "miedosa",
cuando me quedaba a dormir en la alfombra del cuarto de mi hermano.

Mis primeros problemas de salud empezaron con nauseas, vómitos que de
momento no tenían explicaciones, pero que con el tiempo se fueron
complicando. Ante estas nuevas manifestaciones, a mi hermano y a mí
nos brindó atenciones personales y protección; siempre se mostró
pendiente de nosotros, de nuestra salud y de nuestras clases, pero su
insistencia y acoso continuó, nunca se detuvo, por el contrario,
avanzó a establecer controles sobre mis actividades personales,
haciendo constantes llamadas telefónicas para saber si ya había
regresado del colegio, o si me encontraba en casa, a como según él
debía ser. Desde entonces, empecé a sentirme muy vigilada y controlada
por él. Ya no eran solamente sus pesquisas durante mis baños, sus
manoseos a mi cuerpo ni sus sistemáticas insinuaciones sexuales. Ahora
se trataba del control sobre mí.

Alicia Romero, llegó a mi vida en 1980, para cuando fue contratada por
mi madre. Inmediatamente, la concebí como una opción de defensa, de
verdadera protección a mi persona. Yo me sentía muy sola, confundida
por no saber que hacer e indefensa ante él. Fue a ella que, poco a
poco, le enteré de las cosas que me estaban sucediendo desde entonces,
al menos encontré a alguien con quien hablar, en mucho sustituyó a mi
madre, al menos para darme la compañía y el cariño que necesitaba.
Muchas veces corrí a su cuarto en busca de protección, de abrazo.
Dormir sola para mí era algo tormentoso, sentía que me seguían sombras
por todo el cuarto; sin embargo, mi madre nunca permitió que durmiera
acompañada. Recuerdo, que a la media noche me dirigía al cuarto de mi
hermano o al de Alicia para no estar sola y regresaba nuevamente al
mío, en horas de la madrugada para que mi mamá no se enterara. Daniel
Ortega sabía de mis huidas, él me perseguía y daba conmigo, según
donde estuviera me hacía regresar a mi cuarto o me dejaba tranquila.
En el cuarto de Alicia siempre busqué refugio, un lugarcito donde
sentirme segura. Él nunca sospechó que estos ratos con ella me
permitieron desahogarme y que ella acompañaba mi sufrimiento. Él no
previó que yo le contara a ella, de lo contrario nunca hubiese
permitido el acercamiento.

Cuando intenté enllavar mi cuarto resultó inútil, pues abría la puerta
con punzones, desarmadores y cuchillos; no sé cómo lo lograba, pero
siempre penetraba en mi cuarto, no tenía forma de impedírselo, me
sentía indefensa. Llegué, también inútilmente, a ubicar obstáculos
(sillas, el tocador, etc.) detrás de la puerta pero no lograba nada,
ahí estaba adentro como un fantasma omnipresente tras de mí todo el
tiempo. Me preguntaba insistentemente qué era aquello, porqué a mí me
sucedían esas cosas, refugiándome en mis sábanas, acostada temblaba en
mi cama, y él agrediendo mi cuerpo con sus movimientos. Yo sentía la
necesidad de escapar, de irme lejos, de no ver nada de lo que aquel
hombre hacía, de pronto me sentía lejos, como en un agujero vacío y
oscuro, donde me observaba sola, llorando y temblando.

Semanas antes de la Cruzada Nacional de Alfabetización, intensificó
sus abusos durante horas del día. Recuerdo, que él hizo un hoyo en la
puerta del baño para observarme, yo me enllavaba más por miedo que por
intimidad. El hoyo que hizo lo ocultó con un afiche, al descubrirlo
intenté taparlo con tape y otras cosas pero fue difícil. Fue entonces
que opté bañarme con camiseta y con ropa interior puestas. Sentía
mucha vergüenza y miedo de que al verme desnuda me agrediera
directamente.

La vigilancia y el control se perfeccionaron con distorsionadas
actitudes de padre y manipulaciones de todo tipo. Las llamadas
telefónicas preguntando sobre mi paradero se volvieron sistemáticas;
durante los paseos y comidas familiares me inhibía con sus miradas
sobre mí. Parte de su sistema contra mí fueron sus atenciones y la
satisfacción de mis necesidades, lo que le permitió un tipo de
acercamiento paterno, pero sin cesar su abuso deshonesto. En sus
ambivalencias de padre abusador, siempre estuvo ahí, para acosarme,
manosearme, vigilarme y espiar a mis amistades. Llegué a entender que
no tenía derecho a tener amigos ni amigas, muy escasas personas me
visitaron durante el período que permanecí en aquella casa.

Anteriormente, dije algo sobre manifestaciones de daño en mi salud.
Progresivamente se fueron presentando crisis de salivación excesiva y
de ahogo, el aliento se me escapaba, la respiración se me hacía
difícil. A pesar que personas cercanas me preguntaban sobre mis
reacciones y estado, no revelaba lo que me estaba pasando, en parte
por que no sabía que estas cosas eran consecuencia de lo que estaba
viviendo, y en parte también, porque la confianza la tenía
resquebrajada a esa corta edad. La verdad sólo yo la conocía, aunque
no estuviera muy bien enterada de las afectaciones que en mi salud
estaban ocasionando.

Recuerdo que en una ocasión busqué a mi madre para que me diese algo,
logrando tan sólo un comentario de que el asunto era nervioso y que
sabía bien las causas. Seguidamente, la escuché discutir violentamente
con Daniel Ortega, a quien le confirmó "yo ya sé lo que está
pasando... ¡sos un enfermo!". Sin embargo, de nada valió esa
discusión, pues al día siguiente las cosas volvieron a suceder como si
nada. No sé si llegarían a algo, pero evidentemente, si él se
comprometió a no insistir y molestarme no cumplió su palabra, y si
negó todo lo que le dijera mi madre, pues en su mentira continuó
abusando de mí y burlándose de ella.

Después de sus reuniones y fiestas de adultos, cuando todos ya estaban
ebrios y mi madre sin condiciones de escuchar gritos ni llantos, él
procedía con sus prácticas ya señaladas.

Me empecé a sentir rechazada por mi madre, cuando por mi estado físico
o conducta me ofendía, recriminando mi "cara de víctima", la que según
ella, molestaba y amargaba a todo el mundo; decía que mi tristeza y
aislamiento contagiaba a toda la familia. Ella criticó mis encierros
en la biblioteca, acusándome de pretender hacer creer de lo esforzada
que era; criticó mi timidez calificándome de amargada. Ella siempre
juzgó de manera negativa mi forma de vestir, mi peso, mis gestos,
estaba criticándome todo el tiempo. Sus pretextos para regañarme iban
en aumento y me ponía en vergüenza ante los demás. Fueron por estas
actitudes que me alejé de ella. La sentí tan lejana, a pesar de ser mi
madre, la sentí como ser extraño.

Cuando Daniel Ortega notaba mi tristeza por el maltrato recibido de mi
madre, se acercaba diciéndome que ella era histérica y rencorosa; a su
vez, me recomendaba no hacerle caso, que en cualquier cosa contara con
él. Fue así que cuando necesité algo, en vez de pedírselo a ella, de
quien seguramente recibiría ofensas y mal trato, mejor se lo
solicitaba a él. Esta nueva situación me generó mucho sentimiento de
culpa, pues sentía que aceptaba cosas de manos de mi agresor, pero en
realidad las necesitaba. También, llegué a sentir mucha confusión,
pues la persona a quien temía y me dañaba, se portaba supuestamente
atenta conmigo, tratando de satisfacer mis necesidades.

Los meses de la Cruzada Nacional de Alfabetización fueron de reposo,
pero pasaron muy pronto y tuve que regresar. Durante estos meses,
recuerdo que Daniel llegó a visitarme sin mi mamá, yo me escondí
inútilmente, pues mis compañeras de escuadra me obligaron, inocentes
de todo, a recibirlo.

El mismo día de mi regreso de la Cruzada Nacional de Alfabetización,
me recibió con frases como esta: "... ya tenes chichas. Volviste muy
bien, ya echaste nalgas...". Para esa fecha ya tenía amigas, pero él
se encargó de intervenir todas y cada una de mis relaciones de
amistad. Mostró exacerbado interés de conocerlas, preguntó sobre sus
hábitos, niveles de confiabilidad y procuró hacia ellas tratos
amables. Me interrogaba sobre la posibilidad de lesbianismo de mis
amigas y me acusaba de una posible atracción hacia eso. A algunas de
ellas les confié la persecución de la que era objeto de parte de
Daniel Ortega, quienes me dieron razones ingenuas de que tal vez se
tratase de un padre muy celoso. Una de ellas, que quizás logró intuir
lo que en verdad deseé decir, expresó que en las telenovelas sucedían
cosas similares.

Intenté tener novio en el colegio. Llegué a tener uno, de quién temí
le llegase a suceder algo malo y al final rompí con la relación. Yo
nunca logré sentirme bien con las escasas relaciones de amistad con
muchachos, mucho menos con aquellos que me atraían de manera especial,
pues me sentía sucia, marcada y culpable por lo que sucedía en la
casa. Yo, algo debía hacer y no podía. Me sentía culpable de no poder.
Pensé que los hombres me rechazarían, asumía mi fealdad tal y como mi
madre me la inculcaba y restregaba constantemente; no creí merecer
amor por todo lo que en mí estaba ocurriendo. Me daba vergüenza y
miedo pensar que otras personas supiesen todo. El mundo para mí fue mi
encierro, mi tristeza y mi soledad. El dolor sólo yo lo estaba
sintiendo, pero qué costoso estaba resultando aguantarlo, llevarlo de
la manera que lo estaba haciendo, con mis palabras en el vacío y la
oscuridad.

Nunca tuve con Daniel Ortega una relación de confianza, ésta fue muy
superficial, aunque para mí era el padre, el jefe de hogar y lo traté
siempre de USTED. Los temas de conversación generalmente eran en
público y propios de la formalidad padre-hija; aquellos temas eran
relativos al colegio. Las conversaciones en común se fueron
disminuyendo considerablemente, yo evadí su presencia la mayor
cantidad de veces. Me era difícil disimular mis emociones de
vergüenza, tristeza y rechazo. Mi madre, más de una vez, me llamó la
atención por no demostrarle afecto en público.

En la medida en que se intensificó el abuso me fue cada vez más
difícil. Sus juegos y manoseos sexuales se fueron incrementando, se
volvieron cada vez más lesivos. De mi parte, estaba sumida al miedo, a
mi horror a la noche y a la oscuridad, a mi temblores y visiones de
sombras rondando mi cuarto. El asco fue creciendo y mi sentimiento de
impotencia también, todo fue silencio excepto Alicia, la única persona
que me escuchó en todo ese período.

Empecé desde entonces a ser un ser silencioso y ensimismado.

YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Testimonio (III)

De los 19 a los 23 años: Intensificación del abuso e intentos de escapar

Cuando cumplí mis diecinueve años, las actividades que me distraían
eran las que realizaba en la Juventud Sandinista, donde se encontraban
mis amigos. Fuera de la casa no me sentí segura, pues mis males fueron
en aumento, emocionalmente estuve muy quebrantada, las jaquecas desde
meses atrás me atacaban constantemente, sufrí sonambulismo, bulimia y
reiteradas y profundas depresiones. Creí volverme loca.

Los lugares públicos y el grupo para mí fueron negados desde cuando
Daniel Ortega se propuso poseerme. Mis amigos me reclamaban mi falta
de sociabilidad y pensaron que era cuestión de distinción y falta de
humildad al no departir con ello. A la fecha, esta situación no está
totalmente superada.

A la edad de diecinueve años, con prolongados abusos y agresiones
sexuales, permanecí en cautiverio sufriendo constantes daños físicos,
morales y síquicos; reitero que emocionalmente estaba quebrantada,
sentía que mi madre no me amaba y no llegué a creer en la estima que
otras personas tenían para conmigo. Paradójicamente, la casa fue como
un obligado refugio, pues en definitivas entendí que allí se
encontraba mi "protector", que con seguridad me indicaba la dosis de
píldoras que debía tomar para eliminar mis jaquecas y depresiones. Fue
él, en verdad, que no me permitió ingerir más de una dosis por temor a
que yo pudiese cometer una locura.

Al comenzar el año 1986 sufrí de una crisis de salud muy severa, que
me impidió ingresar a la Universidad. Ésta consistió en intensos y
frecuentes dolores de cabeza, mareos y malestares gastro-intestinales
que me indujeron al uso abusivo de laxantes para limpiarme. También
hacía uso de las píldoras tranquilizantes que mi agresor me
suministraba pero que ya no surtía el mismo efecto, entonces procedí a
hacer mezclas de varios tipo de píldoras para sentirme aliviada
momentáneamente. A pesar de mi precario estado de salud él no cesó en
sus agresiones sexuales.

El chequeo médico vino cuando las cefaleas fueron cada vez más fuertes
y fulminantes, a grado tales que paralizó mi actividad intelectual
casi por completo y me impidió llevar una vida normal. Los diferentes
tipos de exámenes que me practicaron (electroencefalograma,
oftalmológicos, etc.), tanto en Cuba como en Nicaragua, concluyeron
que mis problemas eran de tipo sicosomáticos.

Preocupada por la continuidad de mis estudios, me preocupé por primera
vez de mi estado físico y acudí con mayor decisión al médico, a quien
le confié lo que me estaba sucediendo y lo que había sido de mi corta
vida. Quizás fue éste el primer intento que hice para huir de todo
aquello. Durante varios meses recibí atención médica para superar mis
problemas gastro-intestinal e intentar desarrollar una terapia
sicológica.

El Médico que me atendía, fue objeto de muchas presiones hasta ser
obligado a entregar mi expediente clínico a asistentes personales de
Daniel Ortega, además de montarle toda una trama en su contra para
evitar contacto conmigo. De mi precario estado de salud, se dijo
públicamente que era producto de un agotamiento físico, mental y
emocional, derivado de la confluencia de actividades políticas y
académicas.

La enfermedad agudizó mi aislamiento, la ausencia de madre, hermanos y
amigos fue evidente. Mis propios dolores de cabeza eran causa de mi
estado de aislamiento casi total, recuerdo que Ana Clemencia cuando en
una ocasión me visitó tuvo que marcharse porque de pronto me volvió el
mal que no me permitió sostener conversación.

Mi aislamiento por mi condición de salud fue tal, que hubieron días
que sólo tuve contacto humano con mi agresor y con Alicia; el primero,
en condiciones forzadas y en función de sus satisfacciones; y la
segunda, se acercaba para darme compañía en los momentos libres que
tenía en el cuido de mis hermanitos. Daniel Ortega llegó a llamarme
por teléfono hasta cada dos horas, y a veces en menor tiempo para
conocer de mi estado de salud, mostrando una supuesta preocupación,
siendo él mismo el causante de mi estado.

Siempre estuve sola, cercada, sitiada. Daniel Ortega llegó a ubicarse
como la única persona con quien tenía la posibilidad de sentirme
protegida y segura en términos de mi estado de salud. El sabía qué
hacer con mi salud, según llegué a pensar. Hubo momentos en que sentí
tanto miedo a las crisis nerviosas que prefería estar cerca de él a
pesar de sus vicios y brusquedades, lo importante para mí fue saber
qué hacer a la hora de mis depresiones y angustias que me hacían
sentir morir. Fue una constante tortura.

Realmente, en mí privó un sentimiento de dependencia. Él llegó a ser
una especie de persona omnipresente y todopoderosa, era mi única
opción posible, y a la vez, el ser del que más deseaba liberarme.
Obviamente, Daniel Ortega fue creando ambientes y situaciones
favorables a él para ubicarme en una relación de extrema dependencia y
respeto político, el grado fue tal, que llegué a creer que solamente
él era conocedor de mis estados emocionales y quien sabía
perfectamente el tipo de medicamento o píldora a suministrarme.

En el más soberano irrespeto a mi estado, Daniel Ortega empeoró sus
prácticas sexuales conmigo buscando lugares de mayores riesgos, me
citaba en la oscuridad de la cocina, a media noche o en horas de la
madrugada, me hizo caminar sin ropa por los rincones, moverme de
diferentes maneras buscando su excitación. Llegó, en un momento
determinado, a utilizar objetos contundentes y a proponerme
introducirlos en mi vagina.

Me trató peor que a una mujer que vende su cuerpo. Siempre se refirió
a mí ordenándome sobre cómo ubicarme para su mayor satisfacción, me
insultaba con palabras vulgares y morbosas. Siempre ordenó y no tuve
valor ni fuerza necesaria para resistirme.

Viví temiendo ser encontrada por alguien en la casa, viví pendiente de
esto todo el tiempo; por un lado deseé escapar definitivamente, y por
otro, me dio miedo que se conociera la verdad para no ser rechazada ni
odiada. A él siempre lo observé tranquilo, sin preocuparle nada de
estas cosas que yo pensaba y sentía.

Deseando huir de la situación insostenible en que me encontraba,
decidí realizar estudios de inglés en Inglaterra, constituyéndose
además en una segundo gesto de preocupación por mí, pues además de
pensar en mi superación académica, pensé en la oportunidad que se me
presentaba para escapar de aquel áspero mundo. Sin embargo, el intento
fue fallido, pues Daniel Ortega se encargó de llamar telefónicamente
todos los días, sin importarles horarios, fue igual una llamada a las
3 de la madrugada que a cualquier otra hora. No logré estar fuera de
su alcance.

Las llamadas telefónicas fueron un recursos que utilizó con bastante
frecuencia cuando no era posible el contacto físico, en ellas me pedía
que le recordara escenas de las prácticas sexuales para excitarse y
masturbarse. El teléfono llegó a significar para mí un objeto que
llegué a temer, del que sentí rechazo. Estas llamadas las hizo a
teléfonos públicos de la Escuela en Inglaterra, lo que me provocó
tensiones, claustrofobia, angustias, desesperaciones y miedo a un país
desconocido, a un ambiente distinto; entonces, a los quince días tuve
que regresar a Nicaragua.

Durante toda mi estancia en Inglaterra, una joven de Seguridad
personal me acompañó a solicitud de mi agresor. Yo confié en ella,
creo que necesitaba confiar en alguien. En lo que pudo me ayudó mucho.

Una vez de regreso, se acentuó la sensación de no tener escapatorias
ni varios miles de kilómetros de Nicaragua, estaba fuera del alcance
de la persecución y el acoso. Pensé que tenía que resignarme al fin.

En este período, más que ningún otro, llegué a creer con mayores
fuerzas que mi destino era soportar aquella vida, sus aberraciones. Me
preguntaba sobre la certeza de la supuesta estabilidad emocional que
le daba y del rol que, según él, yo tenía en la revolución: ser su
objeto sexual disponible permanentemente. Ese era, pues, mi aporte a
la revolución, según debía interpretar. De esa manera no sólo me
interné en el silencio, sino que obligó a estar sumergida en su
descomposición y corrupción desde el poder.

Mi madre, días después de mi regreso de Inglaterra, se sensibilizó -
eso creí- de mis problemas de salud e intentó ayudarme, me brindó la
posibilidad de colaborar con las actividades logísticas de su oficina,
en la Asociación de Trabajadores de la Cultura (Abril 1986), lo que me
permitió tenerla cercana y conocer sus grandes cualidades como artista
y profesional. Disfruté mucho acompañarla en sus reuniones, compartir
jornadas de ejercicios físicos; por primera vez en la vida mi madre me
valoraba y por lo menos me hizo creer que se sentía orgullosa de mi
trabajo.

La vigilancia se reforzó ante mi momentánea salida de su área de
control e influencia -me encontraba trabajando en la ASTC-. Cada vez
que a él se le hizo difícil localizarme, procedía a formular
interrogatorios sobre posibles relaciones con otros hombres,
inventando escenarios y tramas que eran parte de su excitación.

Desde los once años me sentí vigilada, desde entonces conocí el
espionaje. Viví en un permanente estado de sitio.

Hacia los hombres desarrollé temor, no me gustó sostener con ellos
ningún tipo de contacto físico, no aceptaba siquiera como saludo un
beso en la mejilla, detesté el licor y no me gustaban los cumplidos a
mis atributos físicos. Toda alusión a mi cuerpo la tomaba como ofensa,
pues lo que recibí siempre fue morbosidad. Por esa razón, nunca me
sentí a gusto en círculos o actividades social-recreativas.
Evidentemente, Daniel Ortega había logrado mi inhibición y
ensimismamiento, pues para mí, él era el prototipo de los hombres y no
deseé que nadie me hiciese más daño. Pensé que los hombres sólo sabían
de morbo. No conocía un hombre que me tuviese carino sin intenciones
sexuales, él no me permitió establecer ni profundizar relación con
algún hombre. Mi temor a él se trasladó a todos los hombres, y fue
como no querer recibir más daño.

En una ocasión, mi propia madre impidió relaciones de amistad con
posibilidades a noviazgo, cuando advirtió a un amigo con quien tuve
mucha identificación y afinidad, diciéndole: "ahí no te metas, no te
conviene... vas a hacerte daño". Exactamente no sé si se refirió al
cerco que tenía montado sobre mí Daniel Ortega, o, a mi actitud
respecto a él.

Yo no he logrado entender el porqué mi madre aparentó una actitud de
resignación ante la posesión que sobre mí tenía su compañero de vida.

Los intentos de vínculo afectivo con mi madre se vieron frustrados,
pues para mí resultó difícil ser usada por Daniel Ortega
sistemáticamente en la biblioteca de la casa y en su oficina, y luego
compartir tiempo de trabajo o de intercambio materno-filial. Hay que
recordar, que de ella solamente tenía las referencias de prepotente,
agresiva e impositiva que él mismo me inculcó. Sinceramente, llegué a
admirar su trabajo y a tenerle aprecio, por lo que hice esfuerzos por
evitar situaciones desagradables, como ejemplo que se manifestara algo
que dejara entrever la situación que sobre mí imponía su compañero.
Hubo momento que fingí estados de ánimos, que oculté situaciones y
nunca me permití pedirle ayuda por falta de confianza. Estaba segura
que si volvía a mencionar el asunto, de alguna manera me culparía y me
castigaría. Sí, tuve miedo a perderla de nuevo, aunque la recuperación
no había sido total. Mi aislamiento y soledad continuó siendo la
constante de mi vida.

Fue Daniel quien me obligó a suspender mis labores en la ASTC (inicios
de 1987), diciendo que mi madre empezaría a tratarme mal y a vengarse
con ofensas, que esa buena relación no duraría mucho. Nuevamente cedí
ante las presiones de mi agresor, le informé a mi madre mi decisión de
retirarme de su oficina, a la que reaccionó con resentimiento y
rechazo, pues pensó y reiteró el viejo argumento de que yo mantenía
una relación voluntaria con Daniel Ortega y me retiraba de la ASTC
para reiniciarla. Creo, que de alguna manera pensó, que tenerme cerca
de ella me protegía y me mantenía alejada de mi agresor. Ninguna de
las dos se atrevió a abordar el asunto de manera clara y contundente,
ya habían pasado cinco años desde la última alusión sobre el asunto.
Ambas estábamos siendo silenciadas por el poder de Daniel Ortega y sus
vicios.

La cercanía con mi madre duró apenas 7 meses. Esa fue la primera y
única oportunidad que ambas tuvimos, al menos en el ámbito de una
relación laboral. Como resultado inmediato de mi retiro retomó las
posiciones de antes, dejó de comunicarse conmigo totalmente y volví a
sentir su lacerante indiferencia.

En este período cumplí mi mayoría de edad, quizás por eso recibí un
trato que fue más allá de cualquier consideración a mi condición de
mujer, mi dignidad fue más severamente lesionada con sus exasperantes
prácticas sexuales. Sus atrevimientos llegaron a grados tales, que no
le importó citarme a la Casa de Gobierno, en el lugar de descanso de
su despacho, e intentar ahí mismo sostener relaciones en presencia de
terceros, obligándome a ingerir licor para vencer la vergüenza y la
timidez.

A nivel social, todavía mantuve un marco de relaciones restringidas,
pues debía compartimentación y secreto para beneficio de la
revolución, según me decía. Él continuó alimentando mis miedos y
dependencia.

Cuando estuve totalmente dependiente, yo misma, a veces, requería
llamarle ante la inminencia de una nueva crisis de salud, o bien,
pedirle autorización para participar en algún asunto especial de la
Juventud Sandinista. Mi agresor llamaba constantemente a la casa para
controlar mis entradas y salidas o saber de mi paradero cuando no me
encontraba en casa. Llegué a tener dos tipos de conducta e interacción
con él: la primera, durante sus prácticas sexuales donde yo no
hablaba, solamente recibía órdenes; y la segunda, cuando me llamaba
por teléfono asumiendo su papel de protector, de líder, de padre.
Siempre lo miré como si representaba a dos personas en una, eso
alimentó mis confusiones.

Para desahogarme hacía ejercicios constantemente. No he visitado a la
fecha una discoteca. Yo continuaba siendo un objeto sexual de él.

En este período, logré expresarle por primera vez mis sufrimientos, le
reclamé por sus ultrajes en sus prácticas sexuales, a lo que reaccionó
calificándome de lesbiana por no gustarme lo que me hacía y enseñaba,
para luego abundar en explicaciones persuasivas, tales como: mi
destino era ese, mi vida no era perfecta, que debía agradecer a la
vida ciertos privilegios y que la fatalidad la llevaba escrita en mis
ojos.

Fue en 1986 que intenté huir de la casa y de sus imposiciones brutales
e injustas, pero ésta no duró mucho porque me obligó a regresar
nuevamente. En esta ocasión estuve dos días donde una amiga y luego
donde mi tía Violeta, también le solicité apoyo a mi mamá, atendiendo
sus sugerencias de irme lejos, pero no lo hizo, más bien dijo que
procediera por mi propia cuenta.

Daniel Ortega emprendió una secreta pero intensa búsqueda de mi
persona, encabezada por mi hermano Rafael con el apoyo de escoltas.
Éste me ubicó en casa de una amiga y a pesar de mi negativa,
finalmente comprendí que mi amiga corría riesgos por el hecho de
refugiar a la hija del Presidente de la República de Nicaragua.

Busqué hablar con un amigo cercano a mi agresor, para persuadirle que
me dejara vivir en otro lugar y hacer mi vida. Esta persona sólo pudo
ofrecerme un local donde habitar. Una vez trasladada a ese lugar, la
persecución continuó.

De sus labios salieron argumentos como estos: "te quiero a ti no a tu
mamá, pero el costo político de que esto se sepa sería enorme",
tratando de convencerme de que lo suyo era amor y que por ello debía
sentirme orgullosa. Siempre me trabajó la mente para asumir una
complicidad natural, sin que me cuestionara su traición a mi madre ni
su inmoralidad.

Nuevamente regresé a la casa vecina de la familia Ortega Murillo. Mi
madre envió al mismo cuarto que ocupé a un menor, hijo de una las
trabajadoras domésticas, lo que no impidió su presencia a fin de tocar
mi cuerpo y ordenarme seguirlo. Cuando no era posible, me llamaba por
teléfono orientándome ir a la biblioteca, a la sala cuando estaba
vacía, al área cercana a la lavandería, obligándome a tener relaciones
en escritorios, en el piso, en muebles o dónde se le ocurría. A veces
me indicaba que me apareciera sin ropa interior.

Daniel Ortega conoció de mi participación en actividades políticas
fuera de Managua, mandó a sus escoltas por mí y me llevaron a la casa
de protocolo de la Comandancia General del Ejército, y bajo el
pretexto de que se sentía sumamente deprimido procedió una vez más a
usar mi cuerpo.

En varias ocasiones, mi madre supo de los encierros en la biblioteca,
dirigiéndose al lugar y emprendiéndola a golpes y patadas contra la
puerta, desde afuera gritaba que sabía quiénes nos encontrábamos allí.
Él me lanzaba por la ventana que comunica con la casa vecina que
estaba habitando, y por ese lado lograba escapar. Recuerdo claramente
los minutos prolongados de taquicardia y el pánico ante la posibilidad
de ser golpeada por mi madre. De aquella situación me sentía culpable
porque imaginaba lo humillante que también para mi madre representaba
aquella situación, aunque me considerara parte del problema. Ambas
estábamos siendo víctimas.

Escapar por una ventana me hizo sentir delincuente y sucia. Fue
denigrante huir a veces con la ropa interior en mis manos. Estuve
sometida a realizar relaciones sexuales forzosas y a estar bajo
presión constante por estar haciendo algo escondido y la posibilidad
de ser descubiertos por mi mamá.

Así fue también durante las campañas electorales (1984 y 1990), me
indicaba que estuviera despierta a su regreso en horas de la madrugada
para lo mismo. Yo debía estar siempre lista y dispuesta a trasladarme
a la biblioteca o que en algún rincón del cuarto o el baño, en una
silla, para no ser advertido por el niño que dormía conmigo, proceder
a abusar sexualmente de mi y ponerme de la manera que él deseara.
Muchas veces sentí que de no hacerlo estaba faltando a mi obligación.
Sí, era una especie de venadito amarrado a expensas del amo o su
dueño. Los malestares continuaban y se profundizaban. Durante todo
este tiempo mi agresor acostumbró el uso de preservativos.

En un intento de presionarme públicamente, mi madre confió a un
familiar cercano que por mi culpa Daniel Ortega se estaba alejando de
ella. Esta persona la emprendió contra mí, me culpabilizó y me pidió
dejar de hacer daño. Definitivamente, ya me sentía rechazada por todo
el mundo y hasta por mí misma.

YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Testimonio (II)

Comentario de frida
saben que no nos gusta exponer estos temas tan dolorosos pero creemos necesario no dejar pasar cada detalle que evidencie la degradación que el ser humano vive.....

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De los 15 a los 18 años: Violación continuada

Desde Costa Rica vino fraguando la violación y la apropiación de mí,
nadie podía detenerlo, siempre se encargó de aparentar lo contrario de
lo que en realidad fue conmigo; no lo detuvo nada, los esfuerzos de mi
tía Violeta fueron vanos y aquel débil reclamo de mi madre. A pesar de
las sospechas de personas que le rodeaban, no se atrevieron a tocarle
el tema ni a sugerirle nada. Él fue y sigue siendo un hombre de mucho
poder en este país.

Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con
exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la
alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con
agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío
intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo
deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento, eso lo juro por mi
abuelita a quien tengo presente. Mi voluntad ya había sido vencida por
él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y
así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas
y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a
mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso
sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su
placer, de mi dolor hizo caso omiso.

Desde entonces, para mí la vida tuvo un significado doloroso. Las
noches fueron mucho más temerarias, sus pasos los escuchabas en el
pasillo con su uniforme militar, recuerdo clarito el verde olivo y los
laureles bordados en su uniforme aún cuando él no se encontrara en el
país. Su imagen invadía toda aquella casa y me acechaba
constantemente, el terror fue una situación permanente en el ambiente
que habité, sintiéndome cada vez más impotente. Llegué a sentir que
era mi dueño y temí mucho la reacción de mi madre si le llegaba a
contar lo sucedido, estaba convencida de que no me creería, por eso
preferí callar. Para mi madre Daniel Ortega llegó a significar todo.

Sí, me llegué a sentir posesionada por él, por lo cual sería rechazada
y culpada por todo el mundo. A mí nunca me creerían -a cuenta de qué,
si era chavala y él les representaba muchos ideales-. Evidentemente,
todas esas personas han estado equivocadas, no conocen lo que en
verdad es.

En este período continué sintiendo que mi madre no me quería y me
debatí en un mundo de mucha negatividad, inseguridad e incertidumbre,
no llegué a pensar en mí en tanto mis deseos y aspiraciones, sino en
tanto el animalito que estaba cautivo en aquella casa, de quien hacía
uso y abuso el hombre que suponía ser mi padre. Razones para callar
las tuve desde mi propia realidad y temores, ¿a quién acudir?. Me
confundí tanto que lo llegué a considerar indispensable para mis
necesidades y protección en aquel ámbito solitario, lo poco que pude
haber recibido de aquella casa fue lo que él me ofreció a costa de mi
silencio y sumisión. Su total apoyo fue garantizado mientras mi
mansedumbre durara y me mostrara en todo momento dispuesta a ser
objeto de sus placeres sexuales.

En el último trimestre de 1982 me movilicé en una brigada de corte de
café. No duré todo el período porque tuve una severa crisis nerviosa
con fuertes dolores de cabeza, asfixia, vómitos y parálisis en las
caderas y piernas que obligaron mi regreso temprano. El médico que me
asistió diagnosticó causas sicosomáticas, yo no supe en ese entonces
qué significaba aquello, adquirí conciencia de la dimensión del daño
varios años después.

A pesar de haber cumplido el tratamiento indicado, las crisis
continuaron. Mis encierros en el baño fueron más frecuentes, no deseé
escuchar los regaños de mi madre porque no lograba sobreponerme,
afirmaba que era cosa mía. Semanas después, Daniel Ortega empezó a
suministrarme pastillas tranquilizantes (valium) a escondidas de mi
mamá, argumentando que con ellas no necesitaría nuevos contactos
médicos. Con esas dosis de pastillas transcurrí un buen tiempo, él,
personalmente, me las aseguraba.

Al año siguiente (1983), me cambié de colegio por vergüenza de mi
enfermedad y de mi regreso temprano de la jornada de corte. No deseaba
que nadie se enterara de lo que me sucedió. Fue entonces que ingresé
al Instituto Experimental México, donde incrementé mi participación
política y se afianza mi conciencia y compromiso revolucionario.

Cuando empecé mis actividades en la Juventud Sandinista 19 de Julio,
recuerdo perfectamente que Daniel Ortega se ofrecía para ayudarme a
realizar algunas tareas que me encomendaban, orientaba a sus
secretarias confeccionar tickets de kermes, pasar informes en limpios,
entre otras asuntos. Él siempre se mostró dispuesto a ayudarme en mis
actividades, buscó distintas formas para acercarse a mí, para lograr
concretar sus intenciones, tal y como sucedió cuando me hizo pasar a
su oficina personal, donde también abusó de mí.

Es a partir de mi incorporación política que Daniel Ortega vincula sus
actos en mi contra, en el contexto político del país y de la
Revolución Sandinista. Me decía insistentemente que yo contribuía a su
estabilidad emocional ante la supuesta frialdad de mi mamá. Así me lo
hizo creer y Ante mí, constantemente la descalificaba en su rol de
compañera de vida, promoviendo en mí una imagen distorsionada. Su
Chantaje llegó a tal punto que me provocó lástima y un sentido de
obligación moral.

Él construyó justificaciones a su conducta, bajo el argumento de que
yo, mediante la consumación del acto sexual, le proporcionaba
estabilidad emocional, aunque mi respuesta fuese de total pasividad, y
por ende, no existiera ningún tipo de intercambio, comunicación ni
afecto.

Él pensaba que alguien tan ocupado sólo necesitaba sexo y que yo era
la indicada a dárselo. Él me manipuló y me concibió como objeto sexual
de un líder que se lo merecía todo. Así fue que sucedió durante seis
años, haciéndome creer que con mi sacrificio aportaba y protegía a la
Revolución, por eso para mí no fue tan importante el valor y la estima
propia, todo lo que él hacía en mí era por la Revolución. Llegué a
sentir en mis hombros el insoportable y torturante peso de ésta.

Daniel Ortega decía que yo estaba emocialmente muy mal, que no podía
trabajar y me chantajeaba afirmando que cualquier decisión mía
afectaba su persona y a la Revolución, que solamente yo le daba
tranquilidad de espíritu y así podía cumplir mejor con los altos
deberes para los cuales lo citó la historia. En diferentes momentos,
me afirmó que la felicidad no existe, que la vida es un valle de
amarguras y que debía aprender a vivir con lo que él me daba, porque
nunca tendría algo más que eso. Buscar la felicidad para uno, en su
concepto, es un acto egoísta y ponerse por encima de la Revolución.

Cuando empecé a realizar actividades estudiantiles y políticas fuera
de la casa, ya contaba con mis quince años cumplidos. Las medidas de
seguridad -mejor dicho, de control- se incrementaron
considerablemente. Fue notorio que éstas se exacerbaron más en mí que
en cualquier otro miembro de mi familia e hijos de otros dirigentes.
Él me asignó un chofer y escoltas que en ocasiones me ayudaron a
burlar los horarios y sus medidas; éste fue un intento de evitar mi
vinculación con muchachos o amigos.

Daniel Ortega, personalmente, interrogaba a los conductores sobre las
actividades que yo realizaba, creo que en el fondo temía en la
posibilidad de que intimara con alguien y les confiara mi situación, o
que bien, a través de mis relaciones políticas y sociales adquiriera
conciencia de la gravedad de los hechos a los que él me estaba
sometiendo y el daño personal que me causaba. Llegué a creer que mi
sacrificio realmente aportaba a la Revolución. Sin embargo, nunca
estuve consciente de los altos costos que esto traía para mi
desarrollo individual.

Ahora, consciente y en pleno conocimiento del daño y de las secuelas,
entiendo que durante mi adolescencia generé mecanismos de evasión que
limitaron el desarrollo de mi propia conciencia, busqué formas de
escape, de olvido de la vida que tenía, pero era imposible, mi cabeza
era un rodeo de imágenes y fantasmas. La dimensión del daño lo entendí
varios años después, siempre fui una joven enfermiza, débil. Daniel
Ortega siempre pretendió mi encierro, nunca deseó mi crecimiento
personal y sicológico, mi despertar. Me mantuvo por muchos años en el
oscurantismo sobre la vida y sobre mí misma, me desplazaba en un mundo
muy limitado y restringido. Él es el culpable de la destrucción de mi
adolescencia y juventud. Los daños en mi cuerpo y en mi mente han
tenido consecuencias irreparables.

En esta etapa, Daniel Ortega esperaba mi regreso de clases todas las
tardes en la casa. Recuerdo, que intenté varias veces quedarme en el
Colegio con la excusa de participar en reuniones, pero orientaba al
Puesto de Mando localizarme vía telefónica. Una vez en casa, la escena
se repetía una y otra vez.

El acto sexual siempre siguió los mismos patrones de agresividad. En
varias ocasiones logré que no me quitara la ropa para no sentirme
desnuda. Me atemorizaba mucho la prolongación de las sesiones con la
puerta bajo llave, tenía que persuadirlo de que me dejara en paz, pero
él continuaba hasta satisfacerse completamente.

Durante aquellos actos cerraba los ojos, no quería verlo desnudo o
semi-desnudo. Por esa razón, no conozco partes de su cuerpo, pues me
resultaba asqueroso. Mis ojos cerrados fueron una especie de valla de
protección mental, aunque mi cuerpo estuviese siendo violado
continuamente. En la oscuridad interior logré soportar todos aquellos
bruscos e hirientes movimientos. Para mí eran, sencillamente,
inexplicables aquellos actos y actitudes hacia mí.

Sus prácticas sexuales, haciendo uso de mí, las realizó en sillas,
haciendo posiciones extrañas y me obligaba a decirle frases obscenas a
fin de excitarlo o realizar sus propias fantasías, las que nunca
fueron mías pues lo que viví fue un infierno. En su vulgaridad y
morbosidad, me hacía repetir insultos en mi contra u obligarme a
responderle afirmativamente a las siguientes preguntas: "¿Verdad que
sos puta?, ¿verdad que te gusta que te pegue?, ¿te gustaría hacerlo
con dos penes?", etc.

Daniel Ortega me infundió temores hacia mi madre. Me chantajeaba
diciéndome que ella sabía todo lo que pasaba y que su rechazo hacia mí
era para siempre. Mi madre, según él, jamás me perdonaría. Por otro
lado, la indiferencia y el maltrato de ella deterioró mucho la
comunicación entre las dos.

Las supuestas atenciones de mi agresor fueron en ascenso, incluso, en
cosas que me hicieron creer que se trataba de algún tipo de afecto,
aunque persistieron las lesiones a mi cuerpo y mi salud mental, eso me
causaba tremendas confusiones. En él siempre hubo una actitud obsesiva
a grados tales de hacerme poemas y cartas donde reiteraba sus mensajes
de chantajes afectivos, insistía en decirme hablarme de su supuesto
amor por mí, hizo múltiples llamadas telefónicas desde el exterior y
me traía regalos especiales al regreso de sus viajes, y según él,
dedicó tiempo para cultivarme, compensando así, seguramente, su daño.
Mi confusión fue tremenda, no sabía qué significaba Daniel Ortega en
mi vida, porque además de seguro agresor, de momentos se comportaba
como protector, lo miraba como líder político, sentía asco por su
vulgaridad, y no sé que más. Lo que es peor aún, llegué a sentir que
era la única persona que atendía mis necesidades humanas, pero a la
vez me concebía su propiedad personal y estuve sometida a sus
designios.

También me dio interpretaciones míticas de lo que estaba viviendo. Me
decía que la vida me había conducido hacia él, después de tantos años
de lucha, como una especie de premio y que esas condiciones difíciles
eran parte de mi destino. Él buscó formas de deformación de mi dolor y
sufrimiento, trató de justificar sus actos violentos y lo adjudicó a
algo predestinado. Me decía que en mis ojos se notaba mi
predestinación hacia él, quien me daba al fin y al cabo amor, aunque
éste fuese a como era.

Me fue imposible buscar ayuda en mis familiares maternos, pues la
política los dividió. Mi abuelito fue confiscado por la Revolución y
mis tías se separaron de mi madre por razones que desconozco. Esta
situación me agregaba mayor inseguridad, pensé que podrían rechazarme
por los problemas que tenían con mi mamá. Confiar en otras personas
era algo imposible, quizás por mi propia vergüenza y miedo.

A lo único que me atreví a compartir con algunas profesoras fueron los
problemas con mi madre, pero nunca dije los motivos reales. Y fue en
este momento de extrema necesidad de amistad y compañía que conocí a
Ana Clemencia, quien desde entonces ha sido para mí una gran amiga y
soporte importante a lo largo de muchos años.

Mi madre continuó teniendo evidencias de los actos de Daniel Ortega y
del deterioro de mi personalidad. En 1983 habló conmigo, diciéndome
que le estaba arruinando su vida y la de mis hermanos, me propuso que
me fuera a Cuba. Ella me estaba culpando de la situación y su solución
era irme al exterior -a una especie de exilio- para que Daniel Ortega
me dejara en paz y yo, a su vez, dejara en paz a ella y a la familia.
Resultó que YO era el problema de la familia. Para mi madre, aquella
relación era con mi consentimiento, lo que en verdad nunca ocurrió; yo
fui objeto de violaciones, abusos y agresiones permanentemente en su
propia casa por Daniel Ortega. Tuve mucho temor de irme a Cuba, pues
sentí que lo haría bajo condiciones de abandono y expulsión de mi
familia. También me sentí muy frágil, y tal como sucedió cuando fui a
la primera jornada de corte de café, mi salud sucumbió y me quebranté
ante imágenes, malestares emocionales y físicos, manifestaciones de
tristeza, angustias y feos recuerdos. Mis traumas y debilidades eran
cada vez mayores. Pensaba que si me iba a Cuba me enfermaría y que
perdería a mi familia. Daniel Ortega me decía que mi madre se vengaría
de por vida de mí, dado que siempre ha sido rencorosa y de esta forma
se deshacía de mí. No tuve más remedio que el silencio, pero dentro de
mí un mar de contradicciones y suposiciones me invadieron. No acepté
irme, tuve terror de caer enferma y no poder decir lo que en verdad me
ocurría, no poder decir las cosas que sucedían en mi cabeza.

El decaimiento y la depresión fueron mi constante, mis actividades
sociales se circunscribieron a las actividades políticas, los círculos
de amigos me los negué o fueron frustrados. No me atreví a establecer
relaciones de amistad por temor al rechazo, por la suciedad que sentí.
Mis dolores de cabeza se intensificaron, a lo que él justificaba como
producto de mis actividades políticas y los estudios, me instaba a
resistirlos por ser un asunto de conciencia, y me ponía ejemplos de
otros líderes.

La discriminación de mi madre llegó hasta desvalorizar mi
participación política, decía que mi objetivo era llamar la atención
de Daniel Ortega y competir con ella. Su rechazo continuó hasta el
punto de presionarme para que me trasladara a vivir a la casa vecina y
así, según ella, librarnos todos del conflicto. Entendí en sus
presiones rechazo y desprotección hacia mí, pues me estaba asumiendo
como el problema en su relación con Daniel Ortega. Desde su óptica yo
era la responsable de toda aquella situación.

Finalmente, sintiéndome rechazada y presionada me trasladé a la casa
contigua a la que habitamos, convirtiéndome en la vecina de mi propia
familia. Esta casa se comunica con la otra a través de un pasadizo, lo
que fue perfecto para mi agresor, pues se le facilitaban sus cruzadas
cuando lo deseaba sin vigilancia externa. En esta casa dormían las
trabajadoras domésticas, yo viví ese tiempo entre ellas, cruzándome
también de cuartos en busca de protección. Mis necesidades
alimenticias y de servicios fueron desatendidas por instrucciones de
mi madre, fue un castigo. Prohibió que me pasaran comidas, dejó de
abastecerme de ropa y suspendió toda comunicación conmigo, no me
dirigía la palabra para nada. Cuando deseaba ver a mis hermanitos
tenía que hacerlo a escondidas, en horas que ella no se encontrara a
fin de no provocarle molestias, o bien, que no me sorprendiera en las
entradas y salidas. Alicia muchas veces me los llevó a escondidas a la
otra casa para estar un rato con ello.

Las trabajadoras domésticas trataron de ayudarme, sentían mucha
lástima. Ellas se arriesgaron a darme de comer a escondidas, las
instrucción de mi madre fueron terminantes. A veces mi madre me vestía
con la misma ropa que les compraba a las trabajadoras. De esta
situación fue conocedor Daniel Ortega, quien solicitó de forma
sigilosa a las trabajadoras que me suministraran alimentos con mucha
prudencia; luego, me facilitó dinero para que contratara a una
empleada particular. Él, de alguna manera, se había constituido en la
única persona que mostró preocupación por atender mis necesidades
materiales.

Mi adolescencia y los primeros años de mi juventud, los concluí
marcada por las secuelas de seis años de agresión y acoso. Mi familia
no estaba siendo mi familia, me convertí en un ser solitario, cautivo
y triste. Mi situación era lamentable, estaba seriamente afectada y mi
crecimiento sicológico no fue normal. Las diversas crisis nerviosas
que enfrenté me hicieron muy frágil, con profundas depresiones y
vulnerabilidad. A mis quince años no tenía conciencia de mí misma, el
concepto auto-estima lo desconocía, nadie nunca me habló de ello.

En estos años, mi historia se resumió en ser el objeto sexual que
Daniel Ortega usó para satisfacerse, que con atenciones y
manipulaciones me hizo ser muy dependiente de él, a pesar de mi dolor
y rechazo. Yo nunca quise esa situación para mí, pero no sé cómo la
viví y traté de sobrevivir, quizás sin proponérmelo.

En dos benditas ocasiones participé en jornadas completas de cortes de
café en las haciendas de Matagalpa, gracias al apoyo que siempre me
brindaron mis amigas más cercanas. Él, al menos cada dos semanas,
buscó la forma de llegar a Matagalpa y a escondidas de mi madre me
visitaba o me mandaba a traer con sus agentes de seguridad, quienes me
llevaban a la casa de protocolo de Matagalpa. Recuerdo que en una
ocasión me hizo venir a Managua, sólo porque él así lo deseó y usar mi
cuerpo.

Durante ese tiempo mi agresor montó todo un cerco de seguridad en
torno mío. Las veces que yo salí a los cortes de café, por lo menos me
hizo acompañar de cinco escoltas, más el jefe. Su propósito fue
mantenerme aislada de los demás jóvenes, por esa razón siempre dormía
aparte, retirada de mi escuadra. Solamente dos o tres amigas podían
estar cercanas a mí, a las que dedicó atención especial cultivando una
especie de lealtad hacia él, pues creo que intuyó que sospechaban de
mi situación. A como fue normal entre las brigadistas, yo no recibí
ningún tipo de avituallamiento de mi madre, fue Alicia quien me
preparó los paquetitos y me los enviaba con él o mis amigas hasta
donde me encontraba; a mi madre yo no le importé.

Daniel Ortega, haciendo uso de su gran poder, intensificó su morbo y
fantasía sexuales usándome. Recuerdo que en uno de mis regresos de los
períodos de movilización, filmó el momento de una de tantas y
continuadas copulaciones no deseadas, luego me obligó a que viéramos
el video juntos, como una segunda tanda de placer para él. Después de
este nuevo ingrediente a sus aberraciones, me forzó a hacer el acto
sexual con él en presencia de terceros; también comenzó a utilizar
objetos, a golpearme, a comprarme ropa interior que lo estimulara y me
obligó a practicarle sexo oral con mucho maltrato. En muchas ocasiones
se propuso hacer el sexo contra natura, lo que de alguna forma logré
impedírselo, no sé cómo, pero se lo impedí. Me obligó a pronunciar
palabras y frases soeces para excitarse. Una vez avanzado el tiempo de
continuados abusos y violaciones, estiló hacer estas prácticas en la
biblioteca, en los pasillos de la actual casa de la familia Ortega
Murillo, la sala donde estaba el televisor (frente a la cocina), en
las áreas de lavandería, en el gimnasio y en la casa donde mi mamá me
mandó a vivir (adjunta a la principal). Todos estos actos fueron a
escondidas.

A los dieciocho años me gradué de bachiller en el Instituto
Experimental México, en diciembre de 1985.


YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Después de cinco años deben probar que fueron violadas

fuente Lourdes Godínez Leal

México, 15 oct 07 (CIMAC).- Las y los defensores de Inés y Valentina,
las indígenas tlapanecas violadas por militares en 2002 y 2003,
quienes pidieron una audiencia ante la Comisión Interamericana de
Derechos Humanos (CIDH) para denunciar la falta de justicia en ambos
casos, le solicitaron a ésta impulsar los casos a fondo y de ser
necesario, tramitarlos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos,
ante la "falta de voluntad del gobierno mexicano" de hacerle justicia
a ambas indígenas.

Durante la audiencia efectuada la tarde del viernes en Washington, el
primer caso analizado fue el de Inés en donde Mario Patrón, del Centro
de Derechos Humanos de Tlachinollan, acusó ante los integrantes de la
CIDH que "el Estado mexicano no ha garantizado una investigación
adecuada y a fondo mediante un recurso eficaz que de con el paradero,
identificación, procesamiento y sanción de los militares que violaron
a ambas mujeres".

En el caso de Inés, Patrón denunció la ineficiencia y retardo en la
averiguación ya que los estudios para determinar la violación sexual
le fueron practicados por el Ministerio Público un día después de la
agresión, no obstante, argumentó ante la CIDH, "se pudo comprobar la
presencia de líquido seminal".

Sin embargo, apuntó que esta prueba "fundamental" para identificar a
los "militares violadores y torturadores" de Inés se hizo "perdediza"
al llegar a la dirección pericial de la Procuraduría de Justicia de
Guerrero, quien en su oportunidad, manifestó, que las muestras se
echaron a perder por los químicos con las que fueron analizadas.

Lo que recuerda, valió una recomendación de la Comisión Nacional de
Derechos Humanos en 2003 (48/2003), argumentando que el MP militar
incurrió en un deber de omisión al no tener debido cuidado en la
cadena custodia de las pruebas, máxime en esta "fundamental" para
identificar a los agresores de Inés.

"Al día de hoy se hizo perdediza" y agrega el defensor de derechos
humanos de la Montaña: "la CNDH establece que las pruebas (químicas)
aplicadas a las muestras no eran destructivas", por lo que los
defensores de Inés, subrayan que hubo un "ánimo doloso de
encubrimiento a los militares".

Los peticionarios de la audiencia --Centro de Derechos Humanos
Tlachinollan, el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro y el
Cetil-- manifestaron su preocupación porque la averiguación previa ya
fue archivada por el Ejército, ya que según éste no existió el delito
de violación y por lo tanto no se investigó la tortura.

"Han pasado cinco años y medio y al día de hoy no hay identificación,
procesamiento y sanción de los responsables", señala Mario Patrón,
quien además recordó que hace un mes la CIDH tuvo que emitir medidas
cautelares para Inés, su esposo Fortunato Prisciliano Guerra y sus 4
hijos ante las amenazas de muerte recibidas luego de aceptar acudir a
esta instancia internacional a denunciar los hechos.

En el caso de Valentina, también denunció el retardo en la atención de
ésta y la negativa de una institución de salud a practicarle un
estudio ginecológico por considerar que ya habían pasado varios días
después de la agresión.

En este caso, Patrón denunció la intimidación que el ejército ha hecho
a Valentina quien en reiteradas ocasiones ha sido "acosada" por
militares que "suben a su comunidad" para que "identifique" a sus
agresores.

Como en el caso de Inés, el Ejército ha mandado a "reserva" el
expediente por considerar que no existían elementos que acreditaran su
violación.

A CINCO AÑOS, LA VIOLACIÓN ES CUESTIONADA

En tanto, la Subprocuradora Jurídica de Atención a Víctimas del delito
de la Procuraduría de Justicia del Estado de Guerrero, María de la Luz
Reyes Ríos, en representación del Estado mexicano señaló que a más de
cinco años de su violación, Inés tendrá que "completar" más
diligencias para "comprobar" que fue violada por militares.

Inés y Valentina tendrán que "aportar pruebas" para el retrato hablado
de sus agresores, dictamen psicológico y "la inspección de
confrontación de los presuntos responsables" aunque "les ofreció" que
será en donde Inés y Valentina y sus abogados indiquen y esta vez sí,
con personal femenino especializado en delitos sexuales y violencia
familiar.

MILITARES NIEGAN VIOLACIÓN

El mayor Carlos Sergio Ruvalcaba "justificó" que los casos no hayan
sido investigados en la jurisdicción militar porque de acuerdo a éste,
sólo se investigarán los delitos en que incurran los militares
derivados de actos del servicio, los que sucedan fuera de ahí, dijo,
"no son de su competencia".

Y agregó que cuando un militar incurre en una conducta "indebida"
fuera del ámbito de servicio "es juzgado por la vía civil", y que en
este caso la investigación realizada se archivó porque se "comprobó"
que los militares no incurrieron en delitos de disciplina militar y se
"mandó el desglose por competencia a la vía civil".

Más aún, negó que la Procuraduría militar haya tenido en sus manos las
muestras con semen que probaría que Inés fue violada.

LA CIDH CUESTIONA

El relator para México, cuestionó al Estado mexicano por qué insiste
en juzgar estos casos por la vía militar cuando en más de una ocasión,
puntualizó, se ha hecho la observación tanto al presidente en turno
como a los propios militares, que no existe razón ni en el artículo 13
constitucional ni en la jurisprudencia de la Suprema Corte de Justicia
de la Nación para que sea así.

Finalmente, la CIDH pidió copias de los expedientes tanto a los
peticionarios como al Estado mexicano y se comprometió a actuar
conforme procede.


YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

En Tlaxcala es visible la trata de mujeres

Comentario de Frida
La situación de trata de personas es cada vez mas evidente, uno foco rojo como ya lo habíamos comentado con anterioridad es Tlaxcala, donde la trata de personas y la prostitución infantil esta a la orden del día, la situación es que si realmente alguno de los gobernantes o quienes pretenden llegar a tomar ese poder estuvieran en la disposición de ayudar realmente a su pueblo pondrían ojos en esos temas, pero es demasiado, es ir contra muchos intereses que sabemos les perjudicarían a muchos, ¿incluidos a ellos?....


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Hypatia Velasco Ramírez/enviada

.- Mediante una ley promovida por la
ciudadanía, se intenta acabar con el delito, que aumentó en los
últimos 40 años. El sur de Tlaxcala es la zona de la entidad
identificada por su mayor ocurrencia de casos de trata de personas.

Su desarrollo económico fomenta el fenómeno de la prostitución, hay
centros nocturnos y operan redes organizadas de reclutamiento y
distribución de mujeres hacia otros estados del país, indica un
estudio del Centro Fray Julián Garcés, organismo no gubernamental que
ha estudiado a fondo el problema, y la Universidad Autónoma de
Tlaxcala.

Cuenta con dos corredores industriales, que van de la zona conurbada
Tlaxcala-Santa Ana Chiautempan hacia la ciudad de Puebla, donde ocurre
una alta transición rural-urbana, dice el estudio.

El comercio sexual forzado en Tlaxcala se evidenció en 2003, con la
detención en Estados Unidos de una red familiar procedente de esta
entidad que explotaba sexualmente a mujeres y niñas de entre 14 y 19
años, a quienes secuestraban y violentaban física y psicológicamente.

En este contexto, organizaciones civiles revisaron, por primera vez en
una entidad federativa, la legislación local desde la perspectiva de
los derechos humanos de las mujeres, con énfasis en la violencia
familiar, laboral y la trata para la prostitución, haciendo propuestas
para penalizar la trata de mujeres para la prostitución.

Es un problema que no se reconoció como público por mucho tiempo: no
se mencionaba, ni atacaba, "por miedo a las represalias o al
compromiso que puede provocar", señaló Liz Sánchez Reyna, del Centro
Fray Julián Garcés, durante un seminario sobre el tema.

Hasta el gobernador, Héctor Ortiz Ortiz, minimizó varias veces el
problema: "decía que no existía en Tlaxcala", recordó a CIMACnoticias
Irma Vázquez, también integrante del Centro.

En 2002, señalamos como problema grave para Tlaxcala la explotación de
mujeres con fines sexuales en las comunidades y municipios del sur del
estado, explicó Sánchez Reyna.

Así, el Centro Fray Julián y la Universidad Autónoma de esta entidad,
iniciaron la investigación, señalando el asentamiento de una red de
trata de mujeres para la prostitución.

MODUS OPERANDI

La trata para la prostitución se acentúa debido a la discriminación
que vive la población femenina, basada en las diferencias sexuales,
explica Sánchez Reyna.

Los modos de operar de los lenones, que pueden darse en forma
combinada, son: enamoramiento; compra-venta de mujeres en estados del
sur como Oaxaca y Chiapas o en comunidades indígenas y rurales;
secuestro, y mediante las redes familiares donde el "padrote" se
vuelve un apoyo para involucrar a las jóvenes en el negocio de la
prostitución.

Las mujeres son "atrapadas" por los lenones, privándolas de su
libertad, las reubican en otras ciudades o países en contra de su
voluntad y las sumergen en redes de prostitución establecidas en
lugares donde se da el fenómeno de la discriminación y violencia
contra el sexo femenino, señala la investigación.

PREOCUPACIÓN CIUDADANA

A raíz del estudio, y ante la preocupación ciudadana por el fenómeno,
se generó una Iniciativa Popular para reformar el Código Penal de
Tlaxcala y tipificar el delito de trata de personas.

Se hicieron formatos especiales, se mapearon distritos electorales,
con metas de distribución y recolección de firmas y se convocó a ONG
de otras entidades para el apoyo.

La ciudadanía tlaxcalteca se movilizó para impulsar la Iniciativa y
convertir la trata en delito, por lo cual Sánchez Reyna fue incluida
para aportar su experiencia "de incidencia en políticas públicas".

La Iniciativa se aprobó el pasado 21 de septiembre, para erradicar la
trata de personas y exigir el derecho de la víctima, así como la
actuación de las autoridades, que tienen "una responsabilidad
impostergable", que hace "necesaria y obligatoria la transformación de
sus instituciones".

Se publicó el pasado 27 de septiembre a través del Decreto 146 del
Poder Legislativo del estado que adiciona y deroga diversos artículos
del Código Penal estatal.
Como resultado de este proceso, la trata de mujeres para la
prostitución se ha colocado como un problema público y las autoridades
ya no pueden negarlo, dice Sánchez Reyna.

Apenas el 11 de octubre, la prensa local informó el surgimiento del
Comité Interinstitucional de Tlaxcala para la atención a las víctimas
de trata y tráfico, cuya presidenta es Claudia Cordero, procuradora
de la Defensa del Menor y la Mujer en el DIF.

Pero las OSC que promovieron la nueva ley se muestran escépticas, pues
no fueron incluidas en el Comité y les preocupa que Cordero no haya
sabido responder a la prensa sobre las modificaciones al Código Penal.

EN AUMENTO

Aunque sin datos precisos, las investigaciones coinciden en que el
lenocinio y la trata de mujeres en la entidad están en aumento durante
los últimos 40 años.

Ante ello, las autoridades estatales, incluida la Procuraduría General
de Justicia de la entidad, admiten su existencia y que afecta a un sin
número de mujeres y niñas, principalmente del sur.

Germán García Montealegre, titular de la Agencia Especializada para la
Atención de Lenocinio y Delitos Conexos en Tlaxcala, de la PGJE,
creada en marzo de 2006, señaló a CIMACnoticias que no tiene un número
exacto de las redes de lenocinio, "pues cuando se llegan a atrapar a
lenones las víctimas a veces los defienden ya que están amenazadas por
éstos".

Las víctimas son mujeres y niñas entre los 12 y 30 años, apuntó
García, y cuando son rescatadas le dan atención psicológica y médica
en el área de Periciales de la Agencia.

Sin embargo, cuando las víctimas son atraídas a través del
enamoramiento, las llevan a ciudades del norte: "los lenones se casan
con ellas, tienen hijas o hijos y luego las obligan a prostituirse
amenazándolas con que si no lo hacen algo les sucederá a sus niños",
señala García.

Las comunidades de Tlaxcala donde operan tratantes son Tenancingo,
donde se ejerce con mayor fuerza, Ayometla, Mazatecochco, Acuamanala,
Xicohtzinco, Papalotla y Zacatelco.

El problema está al descubierto, la ley lista y la ciudadanía
dispuesta, sólo falta acabar con él.



YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Solidaridad con familiares de Pasta de Conchos

A todos los mexicanos y mexicanas:

Las viudas de Pasta de Conchos están desde hace días en un plantón fuera de las oficinas de la Secretaría del Trabajo ubicada en Periférico y Camino al Ajusco, entrada por Períferico (junto a TV Azteca). desde ahí siguen exigiendo a las autoridades que les devuelvan los restos de sus seres queridos que tienen más de un año sepultados bajo los escombros que dejó una explosión (cuyo origen no se atreven a esclarecer cabalmente y tal encubrimiento hace pensar a muchos de nosotros que ahí, hay algo grave que quieren ocultar).

A pesar de promesas incumplidas y con el desdén de la empresa Minera México y de autoridades estatales y federales que se niegan a atender a los familiares de las decenas de mineros fallecidos, no existe ni siquiera un programa de rescate, pretextando problemas técnicos y supuestos riesgos para rescatistas, que ya han sido desmentidos por especialistas.

Ante esta situación las viudas y demás parientes de los mineros caídos en Pasta de Conchos han decidido plantarse en las puertas de la Secretaría del Trabajo hasta que se resuelvan positivamente sus justas demandas. "la recuperación de todos los cuerpos".

Su situación como es de imaginarse es muy precaria y su salud está en peligro. por ello apelamos a la solidaridad de todo mexicano a que apoye con víveres, agua, y cobijas a este campamento de la dignidad popular.

Se necesita con urgencia alimentos no perecederos, agua, suéteres, sacos, artículos de aseo personal y limpieza, ropas contra la lluvia, platos, vasos, cubiertos desechables, brigadas de apoyo en salud y medicas.

Se agradecerá que los lleven directamente al campamento ubicado en la secretaria del trabajo STPS en Periférico Sur # 4271 al costado(sur) de TV Azteca.

Adhesiones por el rescate de los cuerpos, tu registro, clic abajo

http://groups.msn.com/CrimenenPastadeConchos/

Información difundida por el Área de Comunicación y Visibilidad de Cencos
YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Vieja María de Ernesto Che Guevara

Vieja Maria, vas a morir.
quiero hablarte en serio:

Tu vida fue un rosario completo de agonías,
no hubo hombre amado, ni salud, ni dinero,
apenas el hambre para ser compartida;
quiero hablar de tu esperanza,
de las tres distintas esperanzas
que tu hija fabricó sin saber cómo.

Toma esta mano que parece de niño
en las tuyas pulidas por el jabón amarillo.
Restriega tus callos duros y los nudillos puros
en la suave vergüenza de mi mano de médico.

Escucha, abuela proletaria:
cree en el hombre que llega,
cree en el futuro que nunca verás.

Ni reces al dios inclemente
que toda una vida mintió tu esperanza;
ni pidas clemencia a la muerte
para ver crecer a tus caricias pardas;
los cielos son sordos y en ti manda el oscuro,
sobre todo tendrás una roja venganza
lo juro por la exacta dimensión de mis ideales.
Muere en paz, vieja luchadora.

Vas a morir, vieja Maria;
treinta proyectos de mortaja
dirán adiós con la mirada,
el día de estos que te vayas.

Vas a morir, vieja Maria,
quedarán mudas las paredes de la sala
cuando la muerte se conjugue con el asma
y copulen su amor en tu garganta.

Esas tres caricias construídas de bronce
(la única luz que alivia tu noche)
esos tres nietos vestidos de hambre,
añorarán los nudos de los dedos viejos
donde siempre encontraban alguna sonrisa.
Eso era todo, vieja Maria.

Tu vida fue un rosario de flacas agonías
no hubo hombre amado, salud, alegría,
apenas el hambre para ser compartida,
tu vida fue triste, vieja Maria.

Cuando el anuncio de descanso eterno
enturbia el dolor de tus pupilas,
cuando tus manos de perpetua fregona
absorban la ultima ingenua caricia,
piensas en ellos... y lloras,
pobre vieja Maria.

¡No, no lo hagas!
No ores al dios indolente
que toda una vida mintió tu esperanza
ni pidas clemencia a la muerte,
tu vida fue horriblemente vestida de hambre,
acaba vestida de asma.

Pero quiero anunciarte
en voz baja y viril de las esperanzas,
la más roja y viril de las venganzas
quiero jurarlo por la exacta
dimensión de mis ideales.

Toma esta mano de hombre que parece de niño
entra las tuyas pulidas por el jabón amarillo
restriega los callos duros y los nudillos puros
en la suave vergüenza de mis manos de médico.

Descansa en paz, vieja Maria,
descansa en paz, vieja luchadora,
tus nietos todos vivirán la aurora,
LO JURO.

Pronunciado por Hebe de Bonafini en la clase especial y pública sobre
la guerra imperialista, Universidad Popular de las Madres de Plaza de
Mayo

YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

A qué atendemos cuando nos referimos al capitalismo.

Fuente Yomango

Lo principal en una lucha es saber por qué se lucha, y una vez
atendido, estar dispuesto a luchar. Luchar, en sí mismo, no es más que
perseguir con ansia un objetivo claro, sacarlo a la luz. Una vez que
comprendemos, buscamos que los demás también lo hagan y para ello,
debemos hacernos escuchar, pues rara vez te ceden la palabra al
levantar la mano, y hay cosas que no pueden esperar. Hacernos escuchar
es luchar y para luchar debemos crear una forma de lucha, que la
convertiremos en arte. Un arte para combatir por nuestra
supervivencia. Y he aquí nuestra lucha, una lucha contra el
mecanicismo que adoptamos todos los días al entrar en el juego del
trabajo y el dinero. Y he aquí ningún enemigo, más que nosotros
mismos. He aquí un conformismo que hemos de superar, una lucha
personal, nuestra rebeldía contra una forma de vida, regida por el
consumismo y el materialismo. Ambos engendrados por el bien amado
capitalismo.

Es curioso como hace unos años, en la Revolución Industrial, pensarían
que la llegada de nuevas máquinas que hacían el trabajo por nosotros
nos llevarían a tener más tiempo y ser más felices. Sin embargo, a día
de hoy llevamos una jornada laboral más extensa que la de entonces.

También es curioso advertir que, en política, se ha rehusado utilizar
la palabra capitalismo. Esta palabra se ha borrado de discursos y
debates pues, aún, siendo nuestra sociedad capitalista, esto puede
llevar a un "malentendido" en el concepto. Y no nos queda más remedio
que reír o llorar, porque es lo que nos han enseñado a hacer,
volcarnos de forma estúpida a la inactividad y al conformismo.

El capitalismo es en sí mismo una aceptación social, de referencia
administrativa y organizativa, que deja de lado la cooperación
interpersonal para dar lugar a una macroindustrialización
interdisciplinar. El capitalismo es, en sí mismo, el convenio que da
un valor monetario a las cosas para que nosotros, con un sueldo,
podamos adquirir estas cosas. No es más que un complejo de producción
en cadena, donde nosotros, lejos de ser poseedores, somos poseídos.

Sin embargo, al ser un efecto que incide en nosotros, ello permite que
nosotros mismos podamos rechazarlo. Aquí es donde empieza nuestra
lucha:

Como ya hemos convenido, el capitalismo se nutre de dos focos:
consumismo y materialismo. El primero es causado por una serie de
tretas comerciales que, sin ser advertidas, atrapan sus objetivos
invadiendo el espacio público y personal.

El problema de la publicidad es su continua presencia, su "quieres
esto porque aun no lo tienes", su constante llamada. Del consumismo
deriva el materialismo, que viene a ser cuando lo material, lo
consumible, pasa a ser una prioridad (algo que es fácil que suceda).

De este modo nos encontramos con un continuo círculo ya que lo
consumible, como su propio nombre indica, tiene un final, y eso lleva
a querer adquirir de nuevo el producto.

Sin embargo el verdadero problema del capitalismo no es éste. El
verdadero problema es la actitud. La gente volcada al consumo adquiere
una actitud no humana, desaprensiva, pasiva y asocial en cuanto al
contacto humano real, algo ya muy perdido. Se pierden objetivos
primordiales, uno sólo se centra en la adquisición y deja de lado la
relación. Ya no hay una verdadera actitud social y humana, sino de
apariencia.

De todo esto llega un reto personal y primordial, el de vencer ese
impulso consumista que se hace crecer dentro de ti. De ello se retoma
la actividad, el movimiento; una revolución cultural y artística que
vence cánones y hace preguntas, una voz en alza que obliga a ser
escuchada, una llamada de atención. Para ello debemos primero dejar de
lado nuestra actitud ante el capitalismo, vencerlo dentro, liberarnos
de él; dejar de consumir productos, dejar de retroalimentarnos de
disfraces embelesados por la necesidad de posesión. Liberarse
significa desprenderse. Las cosas no nos dan libertad, nos la quitan.
La libertad no es poder patinar porque me compré unos patines, la
libertad es no necesitar los patines. Y uno no sabe si es realmente
libre si no se siente capaz de abandonarlo todo.

En este punto es donde empieza nuestra lucha: una vez nos vencimos a
nosotros mismos. Nuestra lucha está fuera, donde los demás nos oyen,
haciendo frente al ruido de todos los días. Y elegimos armas. Mis
armas son las suyas, y aprenderé a usarlas.

Mi primer arma: el producto. Me deshago de la actitud consumista y
aprendo a ver que las cosas están a mi alcance y que no tengo la
necesidad de consumir porque ahora puedo y es mi momento, sino que
siempre puedo acceder a lo que busco. Entonces dejo de lado el
consumismo y actúo por intereses más elevados y, para ellos, uso los
productos, como herramientas esta vez. Mi objetivo ya no es conseguir
un producto sino que accedo a él para completar un objetivo con
intereses culturales, artísticos, sociales, emocionales, etc. Mediante
el robo o la apropiación de bienes, quedo desprovisto de toda posesión
y la propiedad privada ya no existe sino para otros. Ya no existe un
interés en poseer, sino tan sólo en utilizar. Empiezo a liberarme, y
ya no es el objeto el que me posee, sino que no hay posesión, no hay
demencia.

Elijo arma de nuevo: la publicidad. Busco el contacto y para ello
quiero liberar. No quiero el contacto frío de una máquina, sino el de
una persona real. Empiezo a "ver" la publicidad, ya no son mensajes
aislados sino que me dicen algo, ahora atiendo a su mensaje y no pasa
desapercibido, por fin lucho contra algo tangible. Su mensaje
atraviesa cabezas a diario de gente que no opone resistencia, gente
que no escucha. Su mensaje nos hace aprender a desviar nuestra
consciencia cuando llega una información y actúa, por tanto, igual que
si me atacaran con miles de flashes y luego, ciego, intentase levantar
la vista. Sin embargo hoy he aprendido a mirar a otro lado, a ver a mi
enemigo, y ya no camino con la cabeza agachada, sino que veo a la
gente caminar mirando a una nada hueca, y de vez en cuando, atisbo una
mirada que me responde y se marca una sonrisa en nuestras caras.

Me cargo de munición: antipublicidad y contrapublicidad.

Busco suprimir y atentar contra la publicidad, empiezo a verla y
aprendo a eliminarla, las calles se ven más limpias. Entonces, juego
al otro lado y sustituyo su publicidad con mi expresión, con mi
creación, jamás sustituyo publicidad con publicidad, da igual la
intención. No busco dar información, no soy una máquina, busco
comunicar una idea, expresar un desaliento o una satisfacción, pero
nunca intento vender nada, no me vendo.

Encuentro un arma: la calle. Y veo que la gente, en la calle,
ensordece. Eso me demuestra que estoy listo para mi llamada de
atención:

"Yo al fin y al cabo sólo quiero que nos comuniquemos, que perdamos el
miedo al contacto y no sentir vacío al que me cruzo. Debemos pensar
que las cosas no tienen porque ser así, y que todavía podemos aprender
a ser humanos."

Entonces descubro que mis armas no eran las suyas, sino que yo sólo
las utilizaba con estilo y las aprovechaba. Descubro entonces que mis
armas son el arte; mis enseñanzas, la cultura; y mi habilidad, el
contacto personal.

Hay que enseñar a usar nuestras armas, y hacer del arte una cultura.
Hay que desarrollar nuestra habilidad y armarnos de enseñanzas, para
comunicar nuestra lucha."

YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA

Otro mundo, peor, es probable

Fuente Carlos Taibo
La apuesta inmoderada, a la que asistimos, en provecho de una
planetaria desregulación alimenta un caos que bien puede hacer que la
globalización escape a los intereses de quienes la pusieron en marcha.
Dos señales auguran ese horizonte: si la primera es el designio de
olvidar el papel que los Estados, colchones mitigadores de tensiones,
han desempeñado en el pasado, la segunda invita a escarbar en las
secuelas de la contabili­dad creativa. ¿No puede ocurrir que la
universalización de las prácticas ocultatorias conduzca a un escenario
en el que lo principal no sea ya la inadecuación de las fórmulas
abrazadas, sino, antes bien, una insorteable imposibilidad de conocer
lo que sucede? Al amparo de un capitalismo que va perdiendo los
frenos, ¿no será que el sistema ha dejado de emitir señales de dolor
que permitan identifi­car sus dolencias?

El optimismo desenfrenado que acompañó al fin de la historia
fukuyamiano se ha desinflado al calor del caos del que hablamos. Esto
ha sucedido en las propias sociedades opulentas del Norte, en las que
las generaciones más jóvenes han comprobado cómo la sensación de
progreso que acompañó a sus padres y abuelos se ha difuminado. En el
Sur, entre tanto, se revela por doquier la incapacidad del capitalismo
global para resolver problemas básicos en términos de justicia y
relación llevadera con el medio. Aunque todo lo anterior, además de
obligar a reflexionar sobre la idoneidad contemporánea del mercado,
augura un renacimiento de los movimientos de contestación, prefigura
también un escenario propicio para una suerte de obsceno darwinismo
social como el que blande una nueva derecha que, alejada de efluvios
ultramontanos, preconceptos religiosos y nacionalismos esencialistas,
ha hecho de un liberalismo extremo su sustento fundamental. Cobijada
tras el libre comercio y los alardes tecnológicos --que acabarán por
aligerar, como por arte de magia, todos los problemas--, esta nueva
derecha postula una estricta selección natural que debe dejar en el
camino a quienes no estén a la altura de las circunstancias, esto es,
a los desheredados de siempre. Que el fenómeno no es ni marginal ni
coyuntural lo testimonian por igual las querencias del actual
presidente norteamericano y el hecho de que buena parte de la
socialdemocracia haya aceptado los cimientos de ese discurso.

El liberalismo exultante bebe, claro, de un olvido: el de que en el
magma del capitalismo global no operan agentes con similares
capacidades y oportunidades. Cuando se esquiva este hecho, es fácil
que las críticas, a menudo fundadas, contra el intervencionismo
keynesiano conduzcan a la inequívoca conclusión de que el capitalismo
y el mercado en sus versiones más extremas configuran la panacea
resolutora de todos los males. Por detrás rezuma otra superstición: la
de que existe un desarrollo natural de las fuerzas productivas que,
casualmente vinculado con el capitalismo, debe quedar al margen de
toda corrección. Semejante parafernalia obedece, claro, al propósito
de ratificar atávicas exclusiones y desigualdades.

Agreguemos que el razonamiento de nuestro liberalismo destemido gusta
de abrazar la idea de que, en aquellos casos, numerosos, en los que
las evidencias sugieren que el capitalismo no ha dado respuesta
convincente a los problemas más elementales, ello es así, sin más, por
cuanto no se han aplicado consecuentemente sus reglas. Otro de los
estigmas del momento es el que conduce, en fin, a una suerte de
radical negacionismo en lo que hace a cuestiones tan enjundiosas como
el cambio climático y la carestía de las materias primas energéticas.
Quiere uno creer que el empeño de negar con firmeza que la especie
humana está dañando, de manera acaso irreversible, sutiles equilibrios
revela, del lado de nuestros liberales, una incipiente conciencia en
lo que atañe a la incapacidad del mercado, de la mano de su designio
de privilegiar los intereses individuales, para aportar remedios a
agresiones medioambientales y procesos de agotamiento de recursos cuya
magnitud ha retratado la abrumadora mayoría de los expertos.

Aunque no faltan quienes esperan hacer negocio del cambio climático,
no parece que tales esfuerzos vayan a torcer la apuesta general. Uno
de los adalides del liberalismo exultante, el presidente checo Vaclav
Klaus, sostiene impertérrito que, como "los marxistas" antaño, "los
ecologistas" de hoy quieren sustituir caprichosamente "la evolución
espontánea de la humanidad" por "una planificación centralizada y
mundializada". Mientras, los defensores del capitalismo global siguen
ofreciendo maltrechas respuestas a retos que cada vez son menos los
nuestros. Ahí está su empecinamiento en sostener que la globalización
es la principal garantía de crecimiento, en abierto desprecio de las
opiniones de quienes --al margen de dudar de lo anterior-- muestran
una cristalina conciencia de las numerosas lacras que acompañan a los
proyectos que se remiten en exclusiva al mentado crecimien­to. Como
bien decía Manu Chao en uno de los programas de Voces contra la
globalización, "este neoliberalismo salvaje no es una propuesta de
futuro. Sólo funciona a corto plazo. Quienes están ahí arriba no son
sino depredadores".

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad
Autónoma de Madrid.
YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA