A un año de la represión en Oaxaca, la noche que ardió
Publicado por Frida en 11/15/2007 06:02:00 p.m.a casi un año de la noche mas terrible vivida por los integrantes de la Asamblea Popular de Los Pueblos de Oaxaca, se inició el día de hoy un ayuno en protesta de el informe que el gobernador no presentó, fisicamente, pero que envió con el Secretario de Gobierno del Estado Manuel García Corpus.
A un año de las detenciones arbitrarias torturas e incomunicacion del 25 de noviembre de 2006, los presos politicos actualmente procesados y familiares seguimos en resistencia
A la opinion publica
A las organizaciones sociales
A las organizaciones religiosas
Al pueblo digno de oaxaca
A los organismos internacionales de derechos humanos
Al magisterio democratico
A la par del III Informe de Gobierno del Tirano, Asesino, Nefasto y Represor Ulises Ruiz Ortiz y a casi un año de la represión brutal de los Gobiernos Federal y Estatal en contra del pueblo de Oaxaca a través de las fuerzas federales en las que el Estado Mexicano le antepuso la salida violenta al conflicto político y social y no una solución dialogada, quienes con helicópteros, tanquetas, gases lacrimógenos y pimienta, armas de fuego de alto poder, equipo antimotines, sofocaron la manifestación pacífica del pueblo oaxaqueño, que protestaba por los abusos y arbitrariedades cometidos por Ulises Ruiz Ortiz, enlutando y desintegrando familias, a causa de las detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas y asesinatos durante la lucha social que a la fecha siguen impunes.
Siendo el 25 de noviembre de 2006 cuando se registró el mayor número de detenciones arbitrarias y tortura física y psicológica, dando un trato de delincuentes de alta peligrosidad a los detenidos, con lo que se inició el proceso de los traslados ilegales a distintos Centros Federales de mediana y máxima seguridad en el país, con lo que el estado mexicano hizo palpable la CRIMINALIZACION DE LA PROTESTA SOCIAL; por lo que a un año de estos lamentables sucesos, y debido a que quien se ostenta como mandatario estatal, se abstendrá de informar su reprobable actuación, se:
C O N V O C A
Al ?AYUNO POR LA LIBERTAD Y JUSTICIA POR LOS CAIDOS? a realizarse EL DIA 15 DE NOVIEMBRE DE 2007, DE 8:00 A 17:00 HORAS EN LA EXPLANADA DE CATEDRAL DE LA CIUDAD DE OAXACA, para dar a conocer que quienes fuimos arbitrariamente detenidos, estamos procesados por delitos que no cometimos, por lo que exigimos la libertad absoluta e incondicional de todos los procesados así como la libertad de los que aun siguen prisioneros en las mazmorras del estado y exigimos castigo a los autores intelectuales y materiales de los compañeros asesinados en la pasada jornada de lucha del pueblo digno de Oaxaca. También exigimos presentación con vida a los desaparecidos y cese a los perseguidos.
En virtud de la coincidencia de ideas y actitudes, por su alto espíritu solidario, anticipadamente agradecemos su presencia, toda vez que nos alentará a continuar en pie de lucha, pues esto nos demostrará que no estamos solos, y que unidos y organizados venceremos.
¡¡ POR UN OAXACA CON JUSTICIA Y DIGNIDAD ¡!
¡¡ PORQUE EL PRESO DE UNO, ES EL PRESO DE TODOS ¡!
C.O.F.A.D.A.P.P.O.
LIMEDDH
COMITÉ DE LIBERACION 25 DE NOVIEMBRE
VIUDAS A. C
GRUPO SOLIDADRIDAD CON OAXACA
ESPACIO DE LAS ORGANIZACIONES DE LA SOCIEDAD CIVIL
SECCION XXII
YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA
VERONICA VILLALVAZO
FRIDA
TELEVISIÓN, MITOINFORMACIÓN Y CONTROL SOCIAL
Publicado por Aguila en 11/15/2007 03:06:00 p.m.
La televisión es el medio de masas más extendido y la principal actividad de ocio en una sociedad desesperada por la comunicación efectiva. Para quien ha crecido con la televisión, cerca de diez años de su vida se invertirán delante de la pantalla. ¿Ocio? Quizá se pueda describir mejor lo que supone ver la televisión como una ocupación: la vemos desde el nacimiento hasta la muerte; se pasan más horas de una vida delante de la pantalla que trabajando. Con la llegada de un aparato que reproduce la voz de un extraño en casi todos los hogares occidentales, hemos hecho realidad una situación de dependencia que los escritores de ciencia-ficción de los años cincuenta sólo podían imaginar.
La televisión se distingue cualitativamente de las demás formas de comunicación en que requiere de nosotros una atención dispensada, casi siempre, de toda actividad y de todo objeto específico de pensamiento. Solemos encender la televisión en momentos precisos de la rutina cotidiana, a pesar de la uniformidad de los programas que nos proponen. Para la industria de los mass media (ya sean comerciales o de «servicio público»), esta atención concedida es una mercancía valiosa y la audiencia, un requisito económico. [...]
La televisión parece ofrecer un retrato coherente de lo que existe, de lo que es importante, de cómo se relacionan las cosas y de lo que es correcto en cualquier momento del tiempo (dentro del imponente despliegue de la incoherencia programada de una noche cualquiera). Proyecta una visión del mundo que es consistente sólo dentro de sus estrechos confines -parece tener sentido- siempre sin los «peros» y las síntesis de las contradicciones que tan útiles son en la comunicación personal [...]
La conformidad se obtiene en el acto de sentarse y encender el aparato [...] La televisión moldea la percepción a fin de que aceptemos nuestro papel en el orden existente, bien porque no veamos una alternativa vital más allá de esta vida de mierda, o bien porque nos hayamos acostumbrado a percibirlo como algo natural, inalterable, e incluso beneficioso. (...)
La televisión no es el marco más propicio para el desarrollo de las ideas y de la imaginación. La producción televisiva consiste en fabricar y distribuir bienes simbólicos en función de una parrilla precisa de programas. Sus contenidos y formatos reflejan la realidad como se ve desde la estructura industrial de los propios medios. Sobre todo para esta industria, el tiempo es oro, lo que hace que algunas elecciones de selección de información e imagen sean más fáciles y otras más difíciles. [...]
La presunta objetividad de la televisión necesita cultivar fraseólogos expertos en la medida en que lo que no es más que una mera opinión se torna más creíble si puede encontrarse a un personaje con alguna acreditación oficial. Una «jerarquía de la credibilidad» funciona de modo que las personas de elevada categoría social verán que sus ideas son aceptadas porque se supone que tienen acceso a una visión más amplia de la que carece la mayoría. En una sociedad basada en la especialización, en que parece imposible aprehender la totalidad, una estructura de información dirigida al consumo de masas tiene un enfoque elitista centrado en los que saben y son conocidos por ser conocidos. [...] El hecho de que estas personas gozan de mayor crédito sólo por ser quienes son, lo demuestra la declaración que en su día hizo el gobierno inglés respaldando el veto [de la BBC] al Sinn Fein: «Los que hacen apología del terrorismo reciben una falsa respetabilidad si los informativos los tratan como si fueran políticos constitucionalistas». [...]
La tecnología televisiva sólo es conveniente para un tipo concreto de comunicación; alcanza su máxima eficacia cuando transmite mensajes lineales, simplificados. Es especialmente buena para anunciar (es nuevo, cómpralo; o: es un héroe, confía en él y compra su estilo de vida con nuestro producto), pero para poca cosa más. Créase o no, todas las experiencias vitales no pueden transmitirse electrónicamente. [...]
El contenido de un programa siempre está subordinado a la presentación. [...] Las limitaciones del medio exigen que las imágenes y los asuntos abordados se presenten con dramatismo, distintos y sobre todo entretenidos, porque ver la tele es fundamentalmente una actividad estática. Lo que nos impide tirarla por la ventana no es otra cosa que el señuelo técnico de la sucesión rápida de imágenes, fundidos y collages de imágenes atropelladas. La presentación de cosas exóticas de otro mundo y de una realidad superior que la vida, pugna constantemente por salir de la autoperpetuadora espiral televisiva. La televisión es una licuadora casera y homogeneizadora de todo [...] Gran parte de los productos son autorreferenciales, pues hablan de otros programas y acontecimientos que sólo han existido en la tele; los espectadores esporádicos de televisión suelen encontrarla absolutamente ininteligible.
[...] El tiempo en el mundo televisivo es algo peculiar; no transcurre como la vida, ni se detiene como ella. El presente sólo es el momento en que se le retiene a uno para que vea lo que viene después. El futuro sólo cuenta como continuación, y el pasado no cuenta para nada; la urgencia está en lo instantáneo y, por tanto, en lo recambiado de inmediato. [...]
Recibimos en nuestros salones las ultimísimas novedades a diario, ahora, en este mismo minuto, mientras el espacio informativo se consume ante nuestros ojos. Las imágenes se ven reemplazadas nada más aparecer en un vacío, sin conexión con el pasado o el futuro: un presente ilusorio. Con la inmediatez, la fragmentación de la realidad está garantizada. [...]
La información se difunde en tales cantidades y a tal velocidad que la confirmación se vuelve imposible. La visión del mundo impuesta por la televisión comprime mil y un fragmentos en que todo es igual: lo que cuenta es la primacía de la televisión, que seguirá funcionando aunque la apagues. Es un instrumento caleidoscópico que se asegura de que nadie aprenda demasiado.
Gracias a las técnicas de compartimentación y de discontinuidad, las noticias llegan de ningún lugar y desaparecen enseguida para siempre. Una vez que un reportaje ha servido para su función primordial de entretenimiento, los programadores ponen algo distinto. Está agotado desde el mismo momento de su emisión; incluso si lo vemos en un vídeo, ya no es «actual» [1]. Si se tratara de un producto material, habría que deshacerse de él. ¿En qué estado le deja esto al telespectador? ¿Las informaciones entran por un oído y salen por el otro? Pues bien, sí y no. Se hizo un estudio en San Francisco para saber cuánta gente recuerda lo que ha visto en la televisión. Se llamó por teléfono a dos mil personas justo después del informativo de la tarde; les pidieron que enumerasen las informaciones que pudieran recordar. Más de la mitad de los que habían visto el informativo eran incapaces de señalar una sola.
El «experimento de Mulholland», realizado a principios de los años setenta, consistió en conectar diez adolescentes a otros tantos encefalógrafos (que miden la actividad de las ondas cerebrales) y sentarles delante de sus programas favoritos que ellos mismos habían escogido. El experimento esperaba ver aparecer un flujo de ondas beta, ondas rápidas que señalan una respuesta activa por parte de los adolescentes (como sucede durante una lectura o una conversación); en su lugar, los aparatos sólo registraron ondas alfa, más lentas, que suelen aparecer cuando una persona está en coma o en trance, sin interacción con el mundo exterior. Por otro lado, parece ser que los estereotipos presentados para el consumo y las imágenes de éxito y fracaso son interiorizados. El 27 de febrero de 1986, 14,4 millones de personas vieron en la serie East Enders cómo Angie intentaba suicidarse después de descubrir que su marido había vuelto a ponerle los cuernos. En el Hackney Hospital de Londres Este la cifra total de casos de envenenamiento deliberado reconocido durante la semana siguiente aumentó en un 300%. Más tarde, Angie y Den intentaron rehacer su relación yendo a un asesor matrimonial; el Consejo de Asesoría Matrimonial registró un aumento del 50% en el número de clientes necesitados de sus servicios. En estos casos, ¿aumenta la fuerza emocional de la acción mediante la personalización y la familiaridad? ¿Tendría el mismo efecto la retransmisión televisada de revueltas? Puede parecer que, hasta cierto punto, sí, pues la retransmisión de revueltas se ha visto sometida a censura para impedir la aparición de «disturbios por imitación». Que la televisión, como sugiere la derechona más torpe, pueda crear un cultura del disturbio, es más que dudoso. [...] Es más probable, sin embargo, que nos quedemos en casa con la esperanza de que podamos verlo todo, con repetición de las mejores tomas, en la tele. Con un poco de suerte, la revolución se televisará.
[...] La televisión impone constantemente imágenes que, en su inmediatez y su carácter directo, impiden el pensamiento conceptual. Inhibe el pensamiento induciéndonos a vivir mentalmente en un mundo de definiciones arbitrarias y fragmentarias y ecuaciones automáticas e ideológicas. Al alentarnos a aceptar ideas preconcebidas, fomenta en sus espectadores una pasividad mental manifiesta en una actividad puramente emocional (como el impulso de compra). Desde luego que podemos tomar nuestros deseos por realidad; pero asegúrate de que son tuyos. ¿Puede enseñarnos la televisión a ser radicales? Aunque podamos sufrir de ilusiones de masas, no hay fórmulas de desilusión de masas; todos los esfuerzos en este sentido no hacen más que embellecer nuestras ilusiones. [...]
La televisión llena el aislamiento con las imágenes dominantes, cuyo poder deriva precisamente del aislamiento. Mientras menguan nuestras posibilidades de relacionarnos personalmente, aumenta a cambio nuestra dependencia de la televisión para dar sentido a nuestra existencia. [...] Devoramos todos los medios a la espera de dar con una pista, alguna huella de significado en nuestras vidas y en nuestra experiencia cautiva. ¿Qué conseguimos? Una comunidad compartida que está siempre en otro lugar, sucedáneo de las vidas que hemos dejado de vivir. La televisión nos «une» en unidades familiares individuales para ver lo que «todo el mundo» cree, con el disfraz de «darnos lo que queremos». Enganchados por cada mentira y cada teleserie, nos educamos con historietas sobre la vida en otros entornos suburbanos [...]
Cierto que la televisión «vincula» a los que están demasiado alejados física o socialmente para estar en contacto unos con otros; podemos ver casi al instante acontecimientos que pueden estar sucediendo en países a miles de kilómetros de nosotros. Pero ¿qué podemos estar seguros de saber de lo que acontece allí? ¿Por qué estamos consumiendo esta información y qué vamos a hacer con ella? ¿Estamos convirtiéndonos en consumidores de conflictos y voyeurs de revoluciones distantes? [...]
La imagen actúa sobre nosotros de una manera que oculta su función ideológica precisamente porque parece reproducir antes que transformar. Su poder radica en su carácter visual como una auténtica muestra de la realidad, la prueba que ven nuestros propios ojos: «esto sucedió de verdad, míralo tú mismo». La televisión se basa sobre todo en la manipulación de emociones, sin tiempo para la reflexión; nos hace sentirnos parte del acontecimiento porque otros millones lo están viendo al mismo tiempo. Requiere una batalla mental constante recordarnos a nosotros mismos que la imagen electrónica es una ilusión creada mediante su manufactura, el proceso de edición.
Un equipo de investigación de la Universidad de Harvard comparó, a principios de los ochenta, la forma en que reaccionan los niños a lo que leen en un libro y a lo que ven en la televisión, presentando exactamente el mismo material a dos grupos de niños. El primer grupo escuchaba a una persona que les leía una historia; el segundo grupo asistía a la retransmisión de una película en la cual una voz en off leía la misma historia, mientras aparecían en pantalla las ilustraciones del libro. El narrador de carne y hueso y el de la televisión eran la misma persona.
Se comprobó que los niños del primer grupo habían retenido muchos más elementos de la historia que el segundo. Recordaban pasajes enteros palabra por palabra y numerosos detalles, mientras que el primer grupo de telespectadores había absorbido las imágenes, pero olvidado la mayoría de las palabras y los niños que lo componían no podían decir gran cosa sobre lo que habían visto. Habían recibido la historia como una «experiencia autorreferencial»: imágenes prácticamente sin relación con ninguna otra cosa. Los niños del otro grupo mostraron ser mucho mejores en materia de discusión y de conceptualización de la historia. Los resultados parecen indicar que no es el contenido de un programa de televisión lo que afecta negativamente a los telespectadores, sino el propio medio. La televisión es un medio perezoso que, al aportarnos una sucesión de imágenes, suprime el «razonamiento inferencial».
Los programas de televisión acentúan esta desconexión. Es un flujo constante: si no estamos de acuerdo con algo, no podemos volver atrás y volver a pensarlo. [...] Cuando vemos la televisión, no tenemos la oportunidad de participar en el discurso; éste no permite ninguna acción recíproca (dar y tomar) entre emisor y receptor. La capacidad de responder en los mismos términos al ritmo de nuestro propio intelecto se nos deniega y somos atraídos a un consumo acrítico de los postulados y las connotaciones que se hacen. Si seguimos sin estar de acuerdo, sólo nos queda el democrático derecho de apagar la tele. Sólo una parte de la relación empieza la comunicación, la misma parte que ilustra la charla y que, antes de que llegue el turno de preguntas, cambia a otro asunto. [...] La televisión es un factor determinante de la creciente privatización de la vida social, junto con productos como el coche privado y estructuras como los centros comerciales, que en Occidente ha hecho posibles la abundancia capitalista (por lo menos en un número apreciable). En todas estas cosas, la socialización dentro de familias autosuficientes y en ámbitos de ocio enormemente regulados ha hecho bastante innecesaria la necesidad de una coerción continua y abierta (aunque no la videovigilancia en la calle). La vida social -ahí fuera- parece cada vez más hostil y extraña en la televisión y por culpa de la televisión [...]. Nos inoculan e involucran en la vida social desde la seguridad de nuestros propios hogares. El truco de magia de la televisión es [...] producir y descargar a la vez ansiedad, incitando a un frenesí de apatía, al mismo tiempo origen y solución de un contacto permanentemente pospuesto.
La tecnología del aislamiento llama todas las noches a sus feligreses a la comunión ritual, para revivir como un solo cuerpo los traumas y las fantasías de la sociedad de máxima seguridad que hay fuera. Tal como sucede con la religión, la televisión es efectiva en la medida en que encontremos en ella algo de nuestra propia experiencia: esos raros instantes de humanidad que capturamos a veces en una caja que niega dicha humanidad a diario. Es capciosa en su incitación a contemplar, mientas suspiramos aliviados de que, por suerte, «no soy yo» la víctima que sufre ante las cámaras. En esta comunidad virtual, el espectador puede ver guerras como si fueran de fantasía o alborozarse por su equipo favorito, cierto que sin experimentarlo, pero desde luego con ardiente devoción. El distanciamiento de una actividad, por muy terrorífica que sea, hace posible que se la acepte con más facilidad.
Ya sea una programación izquierdista o de derechas, el producto televisado sigue siendo programación. Su objetivo: crear un buen ciudadano, consumir productos, adoptar estilos de vida. En contraste con un totalitarismo concentrado, la dominación se logra no mediante métodos de adhesión forzosa a un líder y una única ideología sino con la multiplicación de opiniones y el vacío y los asuntos políticos virtuales y la implicación «voluntaria» y la participación de todos los espectadores en una elección de intereses, identificaciones y roles. El control social se mantiene en ambos sistemas, pero el nivel de abundancia determina el camino que se sigue para llegar a él.
Crear sustitutivos de la vida real es importantísimo en estas condiciones. Una pasividad absorta es la meta del nuevo régimen, del mismo modo que la publicidad de estilos de vida sustituye a la promoción de la verdadera utilidad de un producto. Los medios cubrirán cualquier cosa que pueda convertirse en mercancía sobre esta base. [...] Cuanto más exótico es el artista o la materia abordada, mejor será para el marketing empresarial. Los espacios de las minorías atraen especialmente a la hastiada clase media blanca de los noventa, una clase que siempre ha desdeñado, y después adulado, tanto a la cultura de la clase alta como a la de la clase trabajadora para ocultar su propia carencia de cultura. El espectáculo responde a su frustración con la rutinaria uniformidad del mínimo común denominador diversificándose en nuevos roles e insatisfacciones integradas hechas a medida parea grupos sociales específicos. La recuperación (absorción de todo movimiento espontáneo de vivir sin controles) es una mullida almohada más fácil de aceptar que la brutalidad del fascismo cultural.
El «arte» sirve al poder como una separación de la vida cuando lo producen especialistas y -como se sigue de esto- lo consume una masa sin capacidad creadora. La expresión verbal y física de la manera en que vivimos se resitúa en el papel determinado por el espectáculo y se le hace funcionar para la identificación pasiva. Es la nueva cárcel para las tan subversivas fuerzas de la creación individual. Si las pinturas, los pinceles y los lienzos (hoy las cámaras) estuvieran a disposición de todo el mundo, sugería el situacionista Vaneigem, el sistema podría tener la esperanza de dotar a la gente de la conciencia de artista, es decir: la conciencia de alguien que hace una profesión de mostrar su creatividad en los museos y escaparates de la cultura. Peter Suchin, en su reseña para el nº 9 de Here and Now de la exposición de la Internacional Situacionista de 1989 en el ICA de Londres, señalaba que, cuando una persona que estaba repartiendo panfletos denunciando la institucionalización de la IS se quedó sin material, los representantes de la galería se apresuraron a fotocopiar más para él.
El «derecho» a la expresión, como el «derecho al conocimiento», sólo tiene sentido en una realidad virtual y mediática. La conversión de la comunicación entre seres humanos en una mercancía es la economía política del emisor activo y el consumidor/receptor pasivo. La solución no estriba en una programación más «democrática», que practique una discriminación positiva a la minoría que le apetezca a uno, sino en la creación de nuestros propios medios autónomos de comunicación.
La publicidad puede hacer que la gente tome conciencia de una campaña y que participe en ella; puede sacar a la luz algo que las autoridades quieren mantener oculto. También puede ser inútil, o incluso perjudicial. Si un acontecimiento no sale en la tele, ¿ha tenido lugar? Juzgar las luchas por su repercusión en los medios afecta a la importancia que la gente concede a una cuestión y al modo y al tiempo en que podría implicarse en ello. ¿Cómo te sientes tú cuando ves manifestaciones, o incluso disturbios, por la tele? ¿Te has decidido tú a actuar alguna vez gracias a lo que has visto por la televisión? La mediación aumenta la distancia de la audiencia respecto a los manifestantes; quizá sintamos algo de simpatía, pero empatía... nunca. Se trata de unos pocos hablando a muchos, actores que interpretan para edificar a la audiencia. Los llamamientos a las masas nunca amenazan la estructura básica de la propia sociedad de masas. Atacamos al espectáculo con la misma arma que el orden de la pasividad imprime en nuestras vidas diarias.
[...] La liberación empieza cuando ya no queramos ni necesitemos que nos digan qué día hace hoy.
Instituto de Desingeniería Social de Oxford
(Extracto)
[1] La noción de «actualidad» conlleva una necesaria superfluidad hacia todo lo que ha pasado antes. El conocimiento se convierte en una mercancía muy perecedera de utilidad efímera. Si queremos hablar de cómo vivimos se supone que tenemos que decir lo que parece «suceder», en las noticias, hoy. Los que deseen comunicarse mediante la palabra escrita o hablada están obligados o inducidos a orientar su atención hacia la última novedad, acontecimiento o moda pasajera. Como la definición de «importancia» cambia a diario, no nos queda más remedio que sumarnos a este flujo sin sentido o parecer completamente desubicados.
La televisión se distingue cualitativamente de las demás formas de comunicación en que requiere de nosotros una atención dispensada, casi siempre, de toda actividad y de todo objeto específico de pensamiento. Solemos encender la televisión en momentos precisos de la rutina cotidiana, a pesar de la uniformidad de los programas que nos proponen. Para la industria de los mass media (ya sean comerciales o de «servicio público»), esta atención concedida es una mercancía valiosa y la audiencia, un requisito económico. [...]
La televisión parece ofrecer un retrato coherente de lo que existe, de lo que es importante, de cómo se relacionan las cosas y de lo que es correcto en cualquier momento del tiempo (dentro del imponente despliegue de la incoherencia programada de una noche cualquiera). Proyecta una visión del mundo que es consistente sólo dentro de sus estrechos confines -parece tener sentido- siempre sin los «peros» y las síntesis de las contradicciones que tan útiles son en la comunicación personal [...]
La conformidad se obtiene en el acto de sentarse y encender el aparato [...] La televisión moldea la percepción a fin de que aceptemos nuestro papel en el orden existente, bien porque no veamos una alternativa vital más allá de esta vida de mierda, o bien porque nos hayamos acostumbrado a percibirlo como algo natural, inalterable, e incluso beneficioso. (...)
La televisión no es el marco más propicio para el desarrollo de las ideas y de la imaginación. La producción televisiva consiste en fabricar y distribuir bienes simbólicos en función de una parrilla precisa de programas. Sus contenidos y formatos reflejan la realidad como se ve desde la estructura industrial de los propios medios. Sobre todo para esta industria, el tiempo es oro, lo que hace que algunas elecciones de selección de información e imagen sean más fáciles y otras más difíciles. [...]
La presunta objetividad de la televisión necesita cultivar fraseólogos expertos en la medida en que lo que no es más que una mera opinión se torna más creíble si puede encontrarse a un personaje con alguna acreditación oficial. Una «jerarquía de la credibilidad» funciona de modo que las personas de elevada categoría social verán que sus ideas son aceptadas porque se supone que tienen acceso a una visión más amplia de la que carece la mayoría. En una sociedad basada en la especialización, en que parece imposible aprehender la totalidad, una estructura de información dirigida al consumo de masas tiene un enfoque elitista centrado en los que saben y son conocidos por ser conocidos. [...] El hecho de que estas personas gozan de mayor crédito sólo por ser quienes son, lo demuestra la declaración que en su día hizo el gobierno inglés respaldando el veto [de la BBC] al Sinn Fein: «Los que hacen apología del terrorismo reciben una falsa respetabilidad si los informativos los tratan como si fueran políticos constitucionalistas». [...]
La tecnología televisiva sólo es conveniente para un tipo concreto de comunicación; alcanza su máxima eficacia cuando transmite mensajes lineales, simplificados. Es especialmente buena para anunciar (es nuevo, cómpralo; o: es un héroe, confía en él y compra su estilo de vida con nuestro producto), pero para poca cosa más. Créase o no, todas las experiencias vitales no pueden transmitirse electrónicamente. [...]
El contenido de un programa siempre está subordinado a la presentación. [...] Las limitaciones del medio exigen que las imágenes y los asuntos abordados se presenten con dramatismo, distintos y sobre todo entretenidos, porque ver la tele es fundamentalmente una actividad estática. Lo que nos impide tirarla por la ventana no es otra cosa que el señuelo técnico de la sucesión rápida de imágenes, fundidos y collages de imágenes atropelladas. La presentación de cosas exóticas de otro mundo y de una realidad superior que la vida, pugna constantemente por salir de la autoperpetuadora espiral televisiva. La televisión es una licuadora casera y homogeneizadora de todo [...] Gran parte de los productos son autorreferenciales, pues hablan de otros programas y acontecimientos que sólo han existido en la tele; los espectadores esporádicos de televisión suelen encontrarla absolutamente ininteligible.
[...] El tiempo en el mundo televisivo es algo peculiar; no transcurre como la vida, ni se detiene como ella. El presente sólo es el momento en que se le retiene a uno para que vea lo que viene después. El futuro sólo cuenta como continuación, y el pasado no cuenta para nada; la urgencia está en lo instantáneo y, por tanto, en lo recambiado de inmediato. [...]
Recibimos en nuestros salones las ultimísimas novedades a diario, ahora, en este mismo minuto, mientras el espacio informativo se consume ante nuestros ojos. Las imágenes se ven reemplazadas nada más aparecer en un vacío, sin conexión con el pasado o el futuro: un presente ilusorio. Con la inmediatez, la fragmentación de la realidad está garantizada. [...]
La información se difunde en tales cantidades y a tal velocidad que la confirmación se vuelve imposible. La visión del mundo impuesta por la televisión comprime mil y un fragmentos en que todo es igual: lo que cuenta es la primacía de la televisión, que seguirá funcionando aunque la apagues. Es un instrumento caleidoscópico que se asegura de que nadie aprenda demasiado.
Gracias a las técnicas de compartimentación y de discontinuidad, las noticias llegan de ningún lugar y desaparecen enseguida para siempre. Una vez que un reportaje ha servido para su función primordial de entretenimiento, los programadores ponen algo distinto. Está agotado desde el mismo momento de su emisión; incluso si lo vemos en un vídeo, ya no es «actual» [1]. Si se tratara de un producto material, habría que deshacerse de él. ¿En qué estado le deja esto al telespectador? ¿Las informaciones entran por un oído y salen por el otro? Pues bien, sí y no. Se hizo un estudio en San Francisco para saber cuánta gente recuerda lo que ha visto en la televisión. Se llamó por teléfono a dos mil personas justo después del informativo de la tarde; les pidieron que enumerasen las informaciones que pudieran recordar. Más de la mitad de los que habían visto el informativo eran incapaces de señalar una sola.
El «experimento de Mulholland», realizado a principios de los años setenta, consistió en conectar diez adolescentes a otros tantos encefalógrafos (que miden la actividad de las ondas cerebrales) y sentarles delante de sus programas favoritos que ellos mismos habían escogido. El experimento esperaba ver aparecer un flujo de ondas beta, ondas rápidas que señalan una respuesta activa por parte de los adolescentes (como sucede durante una lectura o una conversación); en su lugar, los aparatos sólo registraron ondas alfa, más lentas, que suelen aparecer cuando una persona está en coma o en trance, sin interacción con el mundo exterior. Por otro lado, parece ser que los estereotipos presentados para el consumo y las imágenes de éxito y fracaso son interiorizados. El 27 de febrero de 1986, 14,4 millones de personas vieron en la serie East Enders cómo Angie intentaba suicidarse después de descubrir que su marido había vuelto a ponerle los cuernos. En el Hackney Hospital de Londres Este la cifra total de casos de envenenamiento deliberado reconocido durante la semana siguiente aumentó en un 300%. Más tarde, Angie y Den intentaron rehacer su relación yendo a un asesor matrimonial; el Consejo de Asesoría Matrimonial registró un aumento del 50% en el número de clientes necesitados de sus servicios. En estos casos, ¿aumenta la fuerza emocional de la acción mediante la personalización y la familiaridad? ¿Tendría el mismo efecto la retransmisión televisada de revueltas? Puede parecer que, hasta cierto punto, sí, pues la retransmisión de revueltas se ha visto sometida a censura para impedir la aparición de «disturbios por imitación». Que la televisión, como sugiere la derechona más torpe, pueda crear un cultura del disturbio, es más que dudoso. [...] Es más probable, sin embargo, que nos quedemos en casa con la esperanza de que podamos verlo todo, con repetición de las mejores tomas, en la tele. Con un poco de suerte, la revolución se televisará.
[...] La televisión impone constantemente imágenes que, en su inmediatez y su carácter directo, impiden el pensamiento conceptual. Inhibe el pensamiento induciéndonos a vivir mentalmente en un mundo de definiciones arbitrarias y fragmentarias y ecuaciones automáticas e ideológicas. Al alentarnos a aceptar ideas preconcebidas, fomenta en sus espectadores una pasividad mental manifiesta en una actividad puramente emocional (como el impulso de compra). Desde luego que podemos tomar nuestros deseos por realidad; pero asegúrate de que son tuyos. ¿Puede enseñarnos la televisión a ser radicales? Aunque podamos sufrir de ilusiones de masas, no hay fórmulas de desilusión de masas; todos los esfuerzos en este sentido no hacen más que embellecer nuestras ilusiones. [...]
La televisión llena el aislamiento con las imágenes dominantes, cuyo poder deriva precisamente del aislamiento. Mientras menguan nuestras posibilidades de relacionarnos personalmente, aumenta a cambio nuestra dependencia de la televisión para dar sentido a nuestra existencia. [...] Devoramos todos los medios a la espera de dar con una pista, alguna huella de significado en nuestras vidas y en nuestra experiencia cautiva. ¿Qué conseguimos? Una comunidad compartida que está siempre en otro lugar, sucedáneo de las vidas que hemos dejado de vivir. La televisión nos «une» en unidades familiares individuales para ver lo que «todo el mundo» cree, con el disfraz de «darnos lo que queremos». Enganchados por cada mentira y cada teleserie, nos educamos con historietas sobre la vida en otros entornos suburbanos [...]
Cierto que la televisión «vincula» a los que están demasiado alejados física o socialmente para estar en contacto unos con otros; podemos ver casi al instante acontecimientos que pueden estar sucediendo en países a miles de kilómetros de nosotros. Pero ¿qué podemos estar seguros de saber de lo que acontece allí? ¿Por qué estamos consumiendo esta información y qué vamos a hacer con ella? ¿Estamos convirtiéndonos en consumidores de conflictos y voyeurs de revoluciones distantes? [...]
La imagen actúa sobre nosotros de una manera que oculta su función ideológica precisamente porque parece reproducir antes que transformar. Su poder radica en su carácter visual como una auténtica muestra de la realidad, la prueba que ven nuestros propios ojos: «esto sucedió de verdad, míralo tú mismo». La televisión se basa sobre todo en la manipulación de emociones, sin tiempo para la reflexión; nos hace sentirnos parte del acontecimiento porque otros millones lo están viendo al mismo tiempo. Requiere una batalla mental constante recordarnos a nosotros mismos que la imagen electrónica es una ilusión creada mediante su manufactura, el proceso de edición.
Un equipo de investigación de la Universidad de Harvard comparó, a principios de los ochenta, la forma en que reaccionan los niños a lo que leen en un libro y a lo que ven en la televisión, presentando exactamente el mismo material a dos grupos de niños. El primer grupo escuchaba a una persona que les leía una historia; el segundo grupo asistía a la retransmisión de una película en la cual una voz en off leía la misma historia, mientras aparecían en pantalla las ilustraciones del libro. El narrador de carne y hueso y el de la televisión eran la misma persona.
Se comprobó que los niños del primer grupo habían retenido muchos más elementos de la historia que el segundo. Recordaban pasajes enteros palabra por palabra y numerosos detalles, mientras que el primer grupo de telespectadores había absorbido las imágenes, pero olvidado la mayoría de las palabras y los niños que lo componían no podían decir gran cosa sobre lo que habían visto. Habían recibido la historia como una «experiencia autorreferencial»: imágenes prácticamente sin relación con ninguna otra cosa. Los niños del otro grupo mostraron ser mucho mejores en materia de discusión y de conceptualización de la historia. Los resultados parecen indicar que no es el contenido de un programa de televisión lo que afecta negativamente a los telespectadores, sino el propio medio. La televisión es un medio perezoso que, al aportarnos una sucesión de imágenes, suprime el «razonamiento inferencial».
Los programas de televisión acentúan esta desconexión. Es un flujo constante: si no estamos de acuerdo con algo, no podemos volver atrás y volver a pensarlo. [...] Cuando vemos la televisión, no tenemos la oportunidad de participar en el discurso; éste no permite ninguna acción recíproca (dar y tomar) entre emisor y receptor. La capacidad de responder en los mismos términos al ritmo de nuestro propio intelecto se nos deniega y somos atraídos a un consumo acrítico de los postulados y las connotaciones que se hacen. Si seguimos sin estar de acuerdo, sólo nos queda el democrático derecho de apagar la tele. Sólo una parte de la relación empieza la comunicación, la misma parte que ilustra la charla y que, antes de que llegue el turno de preguntas, cambia a otro asunto. [...] La televisión es un factor determinante de la creciente privatización de la vida social, junto con productos como el coche privado y estructuras como los centros comerciales, que en Occidente ha hecho posibles la abundancia capitalista (por lo menos en un número apreciable). En todas estas cosas, la socialización dentro de familias autosuficientes y en ámbitos de ocio enormemente regulados ha hecho bastante innecesaria la necesidad de una coerción continua y abierta (aunque no la videovigilancia en la calle). La vida social -ahí fuera- parece cada vez más hostil y extraña en la televisión y por culpa de la televisión [...]. Nos inoculan e involucran en la vida social desde la seguridad de nuestros propios hogares. El truco de magia de la televisión es [...] producir y descargar a la vez ansiedad, incitando a un frenesí de apatía, al mismo tiempo origen y solución de un contacto permanentemente pospuesto.
La tecnología del aislamiento llama todas las noches a sus feligreses a la comunión ritual, para revivir como un solo cuerpo los traumas y las fantasías de la sociedad de máxima seguridad que hay fuera. Tal como sucede con la religión, la televisión es efectiva en la medida en que encontremos en ella algo de nuestra propia experiencia: esos raros instantes de humanidad que capturamos a veces en una caja que niega dicha humanidad a diario. Es capciosa en su incitación a contemplar, mientas suspiramos aliviados de que, por suerte, «no soy yo» la víctima que sufre ante las cámaras. En esta comunidad virtual, el espectador puede ver guerras como si fueran de fantasía o alborozarse por su equipo favorito, cierto que sin experimentarlo, pero desde luego con ardiente devoción. El distanciamiento de una actividad, por muy terrorífica que sea, hace posible que se la acepte con más facilidad.
Ya sea una programación izquierdista o de derechas, el producto televisado sigue siendo programación. Su objetivo: crear un buen ciudadano, consumir productos, adoptar estilos de vida. En contraste con un totalitarismo concentrado, la dominación se logra no mediante métodos de adhesión forzosa a un líder y una única ideología sino con la multiplicación de opiniones y el vacío y los asuntos políticos virtuales y la implicación «voluntaria» y la participación de todos los espectadores en una elección de intereses, identificaciones y roles. El control social se mantiene en ambos sistemas, pero el nivel de abundancia determina el camino que se sigue para llegar a él.
Crear sustitutivos de la vida real es importantísimo en estas condiciones. Una pasividad absorta es la meta del nuevo régimen, del mismo modo que la publicidad de estilos de vida sustituye a la promoción de la verdadera utilidad de un producto. Los medios cubrirán cualquier cosa que pueda convertirse en mercancía sobre esta base. [...] Cuanto más exótico es el artista o la materia abordada, mejor será para el marketing empresarial. Los espacios de las minorías atraen especialmente a la hastiada clase media blanca de los noventa, una clase que siempre ha desdeñado, y después adulado, tanto a la cultura de la clase alta como a la de la clase trabajadora para ocultar su propia carencia de cultura. El espectáculo responde a su frustración con la rutinaria uniformidad del mínimo común denominador diversificándose en nuevos roles e insatisfacciones integradas hechas a medida parea grupos sociales específicos. La recuperación (absorción de todo movimiento espontáneo de vivir sin controles) es una mullida almohada más fácil de aceptar que la brutalidad del fascismo cultural.
El «arte» sirve al poder como una separación de la vida cuando lo producen especialistas y -como se sigue de esto- lo consume una masa sin capacidad creadora. La expresión verbal y física de la manera en que vivimos se resitúa en el papel determinado por el espectáculo y se le hace funcionar para la identificación pasiva. Es la nueva cárcel para las tan subversivas fuerzas de la creación individual. Si las pinturas, los pinceles y los lienzos (hoy las cámaras) estuvieran a disposición de todo el mundo, sugería el situacionista Vaneigem, el sistema podría tener la esperanza de dotar a la gente de la conciencia de artista, es decir: la conciencia de alguien que hace una profesión de mostrar su creatividad en los museos y escaparates de la cultura. Peter Suchin, en su reseña para el nº 9 de Here and Now de la exposición de la Internacional Situacionista de 1989 en el ICA de Londres, señalaba que, cuando una persona que estaba repartiendo panfletos denunciando la institucionalización de la IS se quedó sin material, los representantes de la galería se apresuraron a fotocopiar más para él.
El «derecho» a la expresión, como el «derecho al conocimiento», sólo tiene sentido en una realidad virtual y mediática. La conversión de la comunicación entre seres humanos en una mercancía es la economía política del emisor activo y el consumidor/receptor pasivo. La solución no estriba en una programación más «democrática», que practique una discriminación positiva a la minoría que le apetezca a uno, sino en la creación de nuestros propios medios autónomos de comunicación.
La publicidad puede hacer que la gente tome conciencia de una campaña y que participe en ella; puede sacar a la luz algo que las autoridades quieren mantener oculto. También puede ser inútil, o incluso perjudicial. Si un acontecimiento no sale en la tele, ¿ha tenido lugar? Juzgar las luchas por su repercusión en los medios afecta a la importancia que la gente concede a una cuestión y al modo y al tiempo en que podría implicarse en ello. ¿Cómo te sientes tú cuando ves manifestaciones, o incluso disturbios, por la tele? ¿Te has decidido tú a actuar alguna vez gracias a lo que has visto por la televisión? La mediación aumenta la distancia de la audiencia respecto a los manifestantes; quizá sintamos algo de simpatía, pero empatía... nunca. Se trata de unos pocos hablando a muchos, actores que interpretan para edificar a la audiencia. Los llamamientos a las masas nunca amenazan la estructura básica de la propia sociedad de masas. Atacamos al espectáculo con la misma arma que el orden de la pasividad imprime en nuestras vidas diarias.
[...] La liberación empieza cuando ya no queramos ni necesitemos que nos digan qué día hace hoy.
Instituto de Desingeniería Social de Oxford
(Extracto)
[1] La noción de «actualidad» conlleva una necesaria superfluidad hacia todo lo que ha pasado antes. El conocimiento se convierte en una mercancía muy perecedera de utilidad efímera. Si queremos hablar de cómo vivimos se supone que tenemos que decir lo que parece «suceder», en las noticias, hoy. Los que deseen comunicarse mediante la palabra escrita o hablada están obligados o inducidos a orientar su atención hacia la última novedad, acontecimiento o moda pasajera. Como la definición de «importancia» cambia a diario, no nos queda más remedio que sumarnos a este flujo sin sentido o parecer completamente desubicados.
¿QUE PODEMOS ESPERAR DEL AGOTAMIENTO DEL PETRÓLEO?
Publicado por Aguila en 11/15/2007 03:04:00 p.m.
Los Amigos de Ludd
Cuestiones de principio
El petróleo, durante el siglo XX, ha sido el gran aliado material del capitalismo y, por ende, del sistema de dominación social. En consecuencia, y dado el carácter finito de este recurso, está destinado a convertirse también en su gran punto de debilidad estratégica. Esto constituye en esencia el carácter ambiguo y frágil de la organización económica mundial. No se puede ignorar que pueblos y civilizaciones anteriores agotaron atolondradamente elementos y bienes materiales que hacían posible su forma de existencia. Las enormes deforestaciones de siglos precedentes, la existencia de grandes regiones erosionadas, dan testimonio de ello. Pero el petróleo, como en algunos aspectos el carbón, ha permitido una apropiación novedosa de la naturaleza al hacer posible una movilidad sin restricciones. Esta movilidad hizo posible que las industrias de transformación pudiesen disponerse de forma heterogénea con respecto a las fuentes de materias primas, que el comercio mundial y las comunicaciones lograsen una integración impensable en épocas anteriores, que se expandieran sin límites las areas de inversión y recuperación del capital, que el radio de actividad diaria de un sólo individuo se ampliase a la escala del planeta. El petróleo ha sido la condición material por la cual se ha intentado lograr la desmaterialización de todo lo que condicionaba antaño la economía. Esta desmaterialización no tiene por base sino las enormes redes de transporte, la agricultura industrial motorizada y la proliferación de materiales de síntesis: sobre esta base ha podido constituirse la economía global de servicios, con las grandes urbes como nodos donde se concentra el poder y desde donde se gestionan las inversiones y la alocación de los recursos. En las áreas urbanas de occidente ha podido crecer este tipo de empleo subsidiario, de gestión y de dirección, y de los servicios técnicos que les son imprescindibles, creándose sectores de la actividad completamente aislados de la producción de alimentos y de recursos primarios como el agua y los combustibles. Esta extensión de la producción desmaterializada es, obviamente, una ilusión sostenida sobre el control policiacio y militar de la energía y las materias primas del planeta, donde el conocido despilfarro energético no es su mero efecto perverso, sino la condición indispensable para que este sistema pueda perdurar.
Los derivados del petróleo han modelado la vida económica de occidente: su mundo material está levantado sobre la movilidad y la mecanización, sobre los materiales de sustitución y las industrias petroquímicas, sobre la especulación del oro negro y el culto del automóvil.
La dependencia de este recurso energético ha seguido una escala inquietante desde el fin de la Primera Guerra Mundial, moviendo los hilos de la llamada geoestrategia y provocando tensiones inéditas. Por lo demás, su aplicación masiva al transporte, la agricultura y las industrias de transformación, han puesto estas actividades fuera de toda racionalidad ecológica, lo que convertirá el siglo XXI en un paso angosto, tal vez infranqueable, para la especie humana. Todo lo dicho anteriormente no dejan de ser evidencias. Lo que viene a continuación hace referencia a las opiniones y análisis sobre el inminente, al decir de algunos, agotamiento del petróleo barato.
Desde mediados de los años noventa, ha crecido la inquietud sobre esta cuestión, en especial desde las aportaciones realizadas por geólogos como Campbell, Lahèrrere, Deffeyes, etc., No discutiremos aquí tanto la validez de sus afirmaciones, lo que quedaría fuera de nuestra capacidad, como las implicaciones que el agotamiento o escasez del petróleo puedan tener en nuestras perspectivas de transformación social.
Mediatizados como estamos por la difusión de opiniones parciales e interesadas, y dado lo dificultoso que es dar con una inteligencia que pueda unificar todas las informaciones y factores que intervienen, ¿cómo podríamos nosotros aceptar sin más la inminencia sobre el agotamiento del petróleo? Dejamos a otros, mejor dotados o más audaces que nosotros, la ardua tarea de especular sobre la evolución futura de la industria petrolera, pero indudablemente no por ello renunciemos a la reflexión de lo que el fin del petróleo podría suponer para nuestras aspiraciones colectivas.
La cuestión central que este breve ensayo quiere plantear es la siguiente. El petróleo ha sido el flujo que ha movilizado la economía occidental durante más de un siglo. Muchas voces se levantan hoy para anunciar que la producción petrolera está cercana a su culmen y que a partir de ahí, el precio del crudo se encarecerá a tal punto que necesariamente asistiremos a una crisis energética, dañándose gravemente el comportamiento económico de todo el planeta. Las consecuencias, de producirse este hecho, serían sin duda grandiosas y espectaculares. Pero lo que nos interesa aquí es dilucidar si la caída más o menos acelerada del régimen petrolero abre una brecha para nuevas posibilidades sobre las que reconstruir una sociedad autónoma, radicalmente diferente a la que conocemos. En efecto, más allá de una cierta inquietud ecologista, empeñada en una transición sostenible que nos lleve a una futura sociedad de energías limpias y ciudades radiantes, lo que nos incumbe es analizar de qué manera estos discursos proecológicos ocultan cuestiones de mayor calado, como por ejemplo, de qué modo podemos retomar la presunta crisis energética que se avecina para subvertir el modelo de cultura material y de distribución del poder que hoy delimitan nuestra forma de vida. En suma, la caída de un régimen energético pujante y poderoso como es el de los hidrocarburos ¿encierra alguna posibilidad por mínima que sea de debilitamiento del sistema de dominación? Responder apresuradamente a esta cuestión, sea en un sentido o en otro, significaría ignorar su complejidad. De momento, extenderemos la cuestión de forma más detallada.
El petróleo en la historia
La historia del petróleo está cuajada de enseñanzas sobre las ambiciones de riqueza y poder de las industrias y estados. Podríamos delimitar esta historia en dos grandes y complejas etapas que nos llevarían hasta las crisis de los años setenta. La primera etapa iría desde 1859, año en que se abre el primer pozo petrolífero a manos del legendario Drake, y que va hasta la Segunda Guerra Mundial, época en que Norteamérica comenzaría a perder su papel de primer exportador de petróleo. Esta etapa contiene la formación de los grandes imperios petroleros (Standard Oil, Royal Dutch-Shell, Anglo-Persian, Gulf), las primeras y terribles luchas por el control de los mercados internacionales, la búsqueda de yacimientos de Venezuela a México, de la antigua Persia a Indonesia. De la guerra colonizadora por dominar los países donde se encontraba el petróleo. La Primera Guerra Mundial fue ya una guerra donde los motores de explosión cambiaron el aparato bélico, y donde el aprovisionamiento de combustible pasó a primer plano. A partir de ahí, el parque automovilístico comenzaría su crecimiento. Los años que siguieron a la Gran Guerra de 1914 se distinguieron por una lucha intensa de las grandes potencias por acceder a los territorios de la antigua Turquía y, más tarde, la zona del Golfo Pérsico. La guerra de precios marcaría una enorme inestabilidad para el mercado. Sólo dos décadas más tarde, hacia 1928, se alcanzaría una cierta estabilidad con los acuerdos de Achnacarry, firmados en conjunto por los representantes de la Royal Dutch-Shell, la Standard Oil de New Jersey y la Anglo-Iranian, y más tarde sancionados por otras compañías. Este acuerdo establecía en verdad una cartelización que de forma tácita dominaría el mercado internacional durante años, ajustando los precios del crudo con los parámetros del Golfo de Méjico. En cualquier caso, toda esta etapa incluye la escalada creciente de las compañías norteamericanas en el Oriente Medio, primero en los antiguos territorios de Turquía, después en Bahrein, Kuwait y Arabia Saudí. La novedad de este período la constituye la primera ofensiva de «descolonización» petrolera, cuando el gobierno de Méjico, en 1937, emprende la nacionalización de su producción. Así mismo, el rasgo que resalta de esta época es el predominio del mercado petrolero de Estados Unidos, cuya producción se vio colosalmente reforzada por los yacimientos del Este de Tejas a partir de los años treinta. En 1938, Estados Unidos controlaba todavía el 63% de la producción mundial, y sólo a partir de mediados de los cincuenta su producción disminuiría con relación a la de Oriente Medio. Ni que decir tiene que la Segunda Guerra Mundial fue, en buena medida, una «guerra del petróleo», siendo la falta de abastecimiento de combustible una de los factores que determinaron la derrota del ejército alemán.
Esta primera etapa, como se ve, sentó las bases históricas y geográficas de la industria petrolera, y dio paso a lo que podríamos considerar como un período de conflictos larvados, de una mayor delimitación de las zonas petroleras y de una estabilidad frágil que estallaría a principios de los años setenta. Señalaremos, sobre todo, tres grandes tendencias de onda larga en esta segunda etapa. La primera es el indudable crecimiento de la importancia de Oriente Medio en cuanto a volumen de producción, con las preocupaciones estratégicas que eso acarreaba a las naciones poderosas de occidente. Surgía el sentimiento de orgullo nacional de los países exportadores, que condujo a las crisis de Irán en 1951, y a la del canal de Suez en 1956, con el precedente de Venezuela. Ambas revueltas se resolvieron con una clara derrota de la influencia británica en la zona, para contento de Estados Unidos, que de esa forma lograba mayores cuotas de participación en la explotación del petróleo y en el control de ambos países. El intento de nacionalización de Mossadegh en Irán terminaría en 1954, con la creación de la NIOC (Compañía Nacional Iraní del Petróleo), un consorcio internacional donde la propiedad de los yacimientos pasaba a manos de Irán y donde las compañías norteamericanas obtenían un jugoso 40% de participación, estando representados igualmente la British Petroleum, la Royal Dutch-Shell y los intereses petroleros franceses. Pero las reivindicaciones de los países exportadores iban a tomar fuerza, instigados por el gobierno de Venezuela, hasta la fundación de la OPEP. Esta se crearía en 1960, y fue sobre todo mediada esa década cuando se verá claramente que los países exportadores estaban dispuestos a ganar el control total sobre el crudo, abriéndose pocos años más tarde el proceso de nacionalizaciones que conoceremos en Libia, Irak, Perú, Bolivia, Venezuela, etc.
La segunda tendencia alude al efecto que el petróleo barato llegado de Oriente Medio estaba logrando sobre Europa: declive del carbón y reestructuración del modo de vida siguiendo las pautas dictadas por los combustibles derivados del petróleo. En los años cincuenta comenzaría la inquietud de los Estados por la búsqueda de fuentes de energías seguras o innovadoras, se fundaría Euratom, el organismo europeo para la energía nuclear.
Finalmente, la tercera tendencia se relaciona igualmente con el efecto que la expansión del petróleo de bajo coste de Oriente Medio estaba teniendo sobre la producción interior norteamericana. En 1959, Eisenhower promulgarías las cuotas a la importación, como medida proteccionista. A mediados de los años sesenta, las grandes compañías anglo-americanas empezarían a sentir una baja en su tasa de beneficios, lo que les llevaría ya en aquel momento a la búsqueda desesperada de zonas de extracción alternativas como en Prudhoe Bay (Alaska, 1968) en Latinoamérica, en el Mar del Norte, o en Noruega, donde los primeros pozos se abren en 1969. Estas tres tendencias, como vemos, sumadas al crecimiento del gigante ruso, que pronto empezaría a aumentar su producción de gas y petróleo, concluirán en la crisis de 1973, cuyas implicaciones se dejarán sentir durante toda la década de los setenta [1].
El petróleo sigue entonces unido a la conflictividad y la guerra sucia. Como ejemplo de ello, baste citar los intereses de la compañía Elf, envueltos en la guerra de secesión en Nigeria, a finales de los años sesenta. O, como menciona de pasada Richard O’Connor a propósito de la guerra de Viet-Nam: «Por encima de las consideraciones emotivas que envuelven, el problema vietnamita, se halla el factor de que las costas del Sudeste de Asia dominan uno de los más grandes golletes marítimos: el estrecho de Malaca, y por lo tanto controla el paso de las flotas de barcos-cisterna.» [2] Todo el periodo, no hay que olvidarlo está además dominado por el concepto y la estrategia de la Revolución Verde, vergonzosa forma de colonización donde países enteros de África, Asia o Centroamérica son introducidos a los métodos y prácticas de la agricultura industrial, haciendo las pequeñas economías campesinas cada vez más dependientes de la motorización y las industrias petroquímicas. En el occidente opulento, la guerra silenciosa del petróleo había conquistado la vida cotidiana de sus habitantes, sumergiéndolos en todo tipo de derivados del petróleo y esclavizándoles a sus automóviles.
Todo esto por lo que respecta a la prehistoria del petróleo, es decir, las fases previas a las crisis de los años setenta. Hay que decir que ya a partir de la primera guerra mundial, la cuestión del agotamiento inminente del petróleo inquietó periodicamente los intereses industriales norteamericanos. En los años setenta esta inquietud se superó progresivamente, ya que las dos crisis petroleras de 1973 y 1979 obligaron a las compañías a diversificar y ampliar sus prospecciones e hizo que los estados se plantearan políticas de ahorro. El crecimiento productivo de Méjico o la URSS, la explotación del petróleo del Mar de Norte, la búsqueda de otras fuentes de energía, la inversión en tecnología extractiva, fueron factores que descargaron parcialmente el peso de la dependencia con respecto al petróleo-OPEP.
En los años ochenta, dentro del marco de la Agencia Internacional de la Energía, los países occidentales se comprometieron a crear las llamadas «reservas estratégicas» de crudo, reservas que podían servir para mantenerse en los período de crisis de abastecimiento. En 1985 se había producido una caída de los precios del crudo, y fue a partir de entonces que los países de Europa reiniciaron un despegue económico y abandonaron paulatinamente sus políticas de contención energética. A partir de aquella época la OPEP conseguiría una cierta estabilidad del precio del crudo, que duraría hasta finales de los años noventa. Esta estabilidad no fue rota por la guerra del Golfo [3], no obstante, los años noventa traerían un periodo de sanciones a la exportación para países como Irak, Libia o Sudán. Es un lugar común afirmar que la guerra lanzada contra Irak en 1990 fue motivada sobre todo con el fin de sacar la producción petrolera iraquí del mercado internacional, y asegurar de esa forma una especie de enorme «reserva estratégica» para el futuro. No se puede olvidar que con el inicio de esta ofensiva Estados Unidos e Inglaterra se aseguraban un nuevo control estratégico sobre la zona del Golfo.
Todos estos capítulos nos conducen a la situación actual, después de la invasión de Afganistán y la de Irak, en 2002 y 2003, respectivamente, la pasada guerra en el Líbano y la inquietud creciente por el control de zonas estratégicas como el mar del Caspio, el Africa subsahariana o Venezuela. Si a todo esto añadimos la aparición en escena de gigantes sedientos de combustible como China o India, tenemos todos los ingredientes necesario para abrir un período tenso y dramático, con precios muy elevados del crudo y el anuncio de su inminente escasez.
¿Una geología subversiva?
Hasta aquí no hemos hecho sino mostrar algunos trazos históricos y cronológicos que nos pueden ayudar a delimitar el terreno donde ha surgido el interrogante sobre el agotamiento del petróleo barato. La crisis de escasez que se anuncia hoy podría resultar creible si se constata que los años sesenta del pasado siglo marcaron la época de mayores descubrimientos de yacimientos, época desde la cual asistimos a un lento pero firme declive en el ritmo de los descubrimientos.
En su artículo ya clásico, publicado en la revista Scientific American, en 1998, y titulado «Fin de la era del petróleo barato» -que aquí apareció por las mismas fechas en su trasunto castellano Investigación y ciencia- Colin J. Campbell y Jean H. Lahèrrere, ambos geólogos veteranos y retirados, trazaban una línea de delimitación entre las previsiones de escasez de las crisis de los años setenta y la crisis actual de la que ellos se hacen portavoces. Refiriéndose a las predicciones de entonces, escribían:
«Sus predicciones apocalípticas fueron reacciones emocionales y políticas, los expertos sabían, ya entonces, que tales pronósticos carecían de base. Unos años antes se habían descubierto enormes campos en la vertiente norte de Alaska y bajo las aguas del Mar del Norte, cerca de la costa europea. Hacia 1973 el mundo había consumido, de acuerdo con las mejores estimaciones, alrededor de un octavo de su riqueza en crudo accesible. Dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) los cienco miembros de Oriente Medio convinieron en subir los precios, no porque hubiera peligro de escasez, sino porque habían decidido hacerse con el 36% del mercado. Más tarde, cuando la demanda cayó y el flujo de petróleo fresco procedente de Alaska y del Mar del Norte debilitó la presión ejercida por la OPEP, los precios se desplomaron.»
Campbell, con su libro The coming oil crisis (1997) y Lahèrrere, autor de distintos ensayos y estudios, defienden desde hace una década la proximidad del declive del petróleo, dentro del siglo XXI, anunciando que antes de 2010 se alcanzará probablemente el cénit de la producción, lo que marcará el fin del petróleo barato. Como se sabe, ambos se han inspirado en los trabajos de Marion King Hubbert, geólogo que trabajó para la Shell, y que en 1956 predijo que para el año 1970 aproximadamente, se produciría el cénit de la producción petrolera estadounidense, lo que efectivamente ocurrió. Otros geólogos, investigadores y periodistas se han sumado, con sus estudios y aportaciones, a esta corriente de opinión que poco a poco ha comenzado a entrar en el debate público, al menos en algunos ámbitos. Pero el debate continúa, de alguna manera, soterrado. En Estados Unidos, mientras tanto, se han publicado ya libros de divulgación como el de Richard Heinberg, The party’s over [4], mientras que en Francia se publicó La vie après la pétrole, de Jean-Luc Wingert, con prólogo de Lahèrrere, libro al que después han seguido otros varios en francés sobre la misma cuestión [5].
Desde luego, a esta corriente anunciadora del cenit petrolero no faltan sus oponentes negacionistas. Uno de ellos, ilustre, y al que podríamos considerar como el Herodoto de la historia del petróleo, es Daniel Yergin, que en 1991 publicó su monumental The Prize, libro histórico sobre la industria petrolera desde sus orígenes. Hoy Yergin, dirige una consultoría sobre temas energéticos y no otorga ninguna validez a los que anuncian la proximidad del agotamiento del petróleo [6].
Lo que resulta llamativo es que la opinión más autorizada en torno a las informaciones sobre el cenit petrolero provenga del mundo de la geología. ¿Qué habría sido del capitalismo industrial en el siglo XX sin esta ciencia aparentemente neutra y minuciosa? Los avances de la geología, la geofísica y la geoquímica, hicieron posible que la prospección de yacimientos petrolíferos pudiera alcanzar una precisión y eficacia cada vez mayores. La geología al servicio de la industria petrolera hizo que la ciencia de la tierra se convirtiera en la ciencia del saqueo de la tierra. Pero cuando los límites de las reservas de este planeta parecen exhaustas, cuando la aventura de juventud de la geología petrolera ha perdido muchos de sus encantos, algunos geólogos parecen dispuestos a hacer sonar la alarma del desequilibrio y el caos económico. La paradoja de esta geología de senectud es su incapacidad para reconocer la responsabilidad de toda ciencia en el desarrollo de las industrias y sus fines arbitrarios: toda ciencia puesta al servicio de la gran empresa capitalista se convierte en ciencia subversiva y amenaza con destruir su mismo objeto de estudio. En el libro mencionado de Colin Campbell, The coming oil crisis, aparece una entrevista a Walter Ziegler, eminente geofísico en la vanguardia de la prospección petrolera. La figura de Ziegler es crucial, ya que desde los inicios de su carrera en los años cincuenta, al servicio de la Shell, pudo recorrer buena parte del planeta y ser testigo de la evolución de la industria petrolera en las últimas décadas. Ziegler es además un representante típico del geólogo embarcado en la gran empresa capitalista de mitad de siglo, que asumía su trabajo como una vía hacia la libertad y la aventura. El mismo, reconoce al final de su entrevista con Campbell, su intuición temprana sobre el fin del petróleo:
“Nuestros estudios han confirmado más allá de toda duda que el globo tiene decididamente un potencial finito para la exploración petrolera. Las implicaciones son colosales. El mundo tiene finalmente que confrontar el hecho de la inminencia de cambios en su forma de vida. No tiene más opción que ajustarse a limitaciones en los recursos. «¡Ya no hay más caramelos, niños!» El juego casi ha terminado.”
Todo esto resulta altamente educativo. Es normal que los profesionales técnicos que estuvieron a la cabeza del movimiento de explotación de los recursos petroleros desde los tiempos de la guerra fría, como es el caso de Ziegler, conozcan a fondo la materia de la que hablan. Pero no hay que olvidar que ya desde los años sesenta y setenta se alzaron voces de alarma ante esta absurda y suicida escalada energética. La geología comprometida de Campbell, Lahèrrere y demás, llega un poco tarde: es como una sabiduría post festum. Estos hombres, que tanto han contribuido a crear la situación desastrosa que se cierne sobre nosotros, parecen deplorar y temer justamente las consecuencias radicales de tal situación, y olvidan que no hay ciencia neutra, que no hay saber técnico que no tenga una parte de responsabilidad en los procesos de degradación de materias y energías que constituye hoy la base de la dominación social en todo el planeta. En su libro, y de forma tímida, Campbell parece reconocer las virtudes de una economía más localizada y sencilla en la utilización de los recursos, nos anuncia un futuro donde tal vez sea posible equilibrar la ecuación del consumo y adquirir un papel más consciente en nuestra relación con la naturaleza. ¡Gracias Señor Campbell, tomaremos nota! En contraste, el geólogo Kenneth S. Deffeyes, divulgador del cénit y discípulo de Hubbert, se muestra implacable con las veleidades ecológicas de sus contemporáneos. En las primeras páginas de su libro Hubbert’s Peak. The Impending world oil shortage (2001) afirmaba sin pestañear:
«Una actitud posible, que personalmente no tengo en cuenta, nos dice que estamos arruinando la Tierra, saqueando los recursos, ensuciando el aire, y que sólo deberíamos comer alimentos orgánicos y montar en bicicleta. Sentimientos de culpabilidad no pueden evitar el caos que nos amenaza. Monto en bicicleta y camino mucho, pero confieso que parte de mi motivación es la situación miserable del aparcamiento en Princenton. La agricultura orgánica solo puede alimentar una pequeña parte de la población mundial; el aporte mundial de estiercol de vaca es limitado. No es probable que una civilización mejor surja espontanemente de un montón de conciencias culpables. (...)»
Esta declaración habla por sí sola. Sólo nos cabe esperar otra monografía complementaria, esta vez dedicada al cénit de estiercol de vaca, ya que el Sr. Deffeyes parece tener información muy actualizada al respecto.
Del petróleo hacia la nada
El declive de la producción petrolera nos obliga a un inmenso esfuerzo mental para representarnos una sociedad privada del petróleo sin que a la vez esta imagen llegue a borrar de nuestra memoria el modo de vida que conocieron nuestros bisabuelos. La motorización supuso la ruptura violenta con el mundo anterior, que estaba hecho de limitaciones que hoy resultan incomprensibles a la mente moderna. El problema pues no es sólo que los últimos días del petróleo dibujen delante de nosotros un futuro incierto; lo más grave sería que hicieran ilegible nuestro pasado. Hoy no se puede pensar el horizonte futuro sin tener en cuenta los límites modestos de donde venimos. Las instituciones y costumbres que se han perpetuado bajo la motorización impiden hoy reconocer nuestras necesidades en otra forma que no sea la de la motorización. Cabe pensar que la industria petrolera, que nació como una forma de guerra contra la libertad y la autonomía posibles, morirá ahogando igualmente la reflexión sobre un porvenir deseable. Sería urgente oponer nuestra crítica a los propagandistas del fin del petróleo, pues la mayoría de ellos sólo traducen a un lenguaje edulcorado y aceptable para las mayorías electoras el trasfondo real del problema.
Dado que, como decíamos al principio de este texto, las posibilidades de los combustibles y derivados del petróleo han abierto la vía para la expansión económica y cultural del mundo, tenemos que tratar de ver de que manera esta expansión ha instituido una nueva forma de dominación, y no solamente la forma perversa de un exceso de poder económico e industrial. Es cierto que desde la perspectiva actual, esto sólo puede ser un ejercicio intelectual aislado y más bien artificioso, ya que no se corresponde con ninguna inquietud profunda compartida colectivamente. Por otro lado, es indudable que el laberinto técnico heredado después de más de dos siglos de revoluciones industriales no puede ser desarticulado en dos días, y hoy se trataría más bien de sondear si existen indicios de que algo puede cambiar en un futuro a medio o largo plazo. ¿De qué forma es reapropiable la sociedad heredera del siglo XX, profundamente transformada por los combustibles fósiles? ¿Qué queda en nuestra humana naturaleza y en la naturaleza que nos rodea que no esté un poco afectado o totalmente destruido y que pueda llevarnos hacia la autonomía material y política?
La cuestión sobre el control de la energía nos recuerda la cuestión del control del poder sin más. No es claro que la desaparición de un recurso físico como es el petróleo pueda aflojar aunque sea poco ese control sobre la vida social que las élites ejercen sobre las mayorías. En cualquier caso ese control, si se da la escasez de un recurso tan importante como es el petróleo, cambiaría forzosamente de forma. El dilema es evidente: si las élites quieren seguir aferradas al superpoder técnico, financiero y político que han conocido durante el último siglo, en caso de enfrentarse a la escasez de un apoyo técnico como es el petróleo, la situación entonces se agravaría enormemente, dibujándose un cuadro de una tensión bélica, armamentística y policial inéditas. Hay una correlación indudable entre la afluencia de petróleo y la forma de poder tal y como la conocemos actualmente. La substitución del petróleo en un período relativamente corto de tiempo en algunas areas como la del transporte es practicamente imposible. En otras areas, se trataría de hacer resurgir plenamente formas de energía como la nuclear o el carbón, con todo lo que ello implica. Se quiera ver o no, una escasez próxima de petróleo significa el surgimiento de una situación imprevisible y catastrófica. Por tanto, es una situación desesperada en un doble sentido: la escasez de petróleo pone en cuestión la continuidad del control sobre el poder que las élites han ejercido hasta ahora, pero no ofrece ninguna garantía de que esto pueda abrir una vía para la reapropiación de dicho control a manos de las poblaciones.
Los voceros del cénit del petróleo, como el ya mencionado Colin Campbell, pretenden llamar a la conciencia pública de las naciones y persuadirlas de entrar en una vía tranquila hacia otras formas energéticas. En el breve texto llamado Protocolo de Rímini, que Campbell redactó personalmente, se propone una reducción general del consumo de hidrocarburos ajustando oferta y demanda del crudo en relación a la caída de la productividad anual. La finalidad sería poder «planificar de manera ordenada la transición al entorno mundial de suministros energéticos reducidos, preparándose con antelación para evitar el gasto energético, estimular las energías sustitutorias y alargar la vida del petróleo que quede, (...)»
La filosofía de este texto apela al espíritu cooperativo y equitativo de las naciones, lo que supone ignorar que la explotación y el empleo del petróleo han constituido las claves para que unas naciones oprimieran a otras, y para que, en general, dentro de cada nación la opresión se articulara en la forma que conocemos. Por tanto, las esperanzas incorporadas en la famosa «transición energética» están rellenas de lealtad para el mundo tal y como lo conocemos. Nada nuevo bajo el sol. Para estos privilegiados intérpretes del cénit petrolero, se trataría de que los excesos del poder no pongan en peligro el propio proyecto del poder: la extensión de la economía industrial y sus redes de jerarquización y control a todo el planeta.
El mundo ecologista, en general, contempla la posibilidad de la escasez de petróleo como una oportunidad histórica hacia la soñada sociedad de energías renovables. Por su parte, Jeremy Rifkin, ha sabido intuir la estrecha relación entre el declive de la producción petrolera y la puesta en cuestión de la capacidad del sistema para concentrar y acumular el poder, lo que significaría que el planeta está preparado para la descentralización energética y la recuperación del mando local, todo ello gracias al benéfico hidrógeno [7].
La transición energética ideada por muchos ecólogos, sociólogos y observadores ambientales podría ser interpretada, de hecho, como un golpe de timón en un mundo asolado por la opulencia y los excedentes de intermediarios e instituciones superfluas: esta sociedad del exceso está preñada de sus posibilidades de descentralización, se nos viene a decir. El conocimiento técnico ya ha sido alcanzado y las claves para una nueva sociedad ya están ahí, el problema es que los intereses del viejo régimen moribundo no dejan que esta sociedad aparezca... El problema de la descentralización y de la transición energética así tratado, nos trae a la memoria lo que la autora Hazel Henderson escribiía a finales de los años setenta sobre el concepto milagroso de «devolución espontánea»:
«(...) cuando las economías industriales alcanzan un cierto límite de producción centralizada, intensiva en capital, han de cambiar el rumbo, poniendo proa hacia actividades económicas y configuraciones políticas más descentralizadas, utilizando una toma de decisiones y unas redes de información más lateralmente ligadas, si quieren superar los cuellos de botella que para la información presentan unas instituciones excesivamente jerárquicas y burocratizadas. Me he referido a este cambio de dirección como escenario de un proceso de «devolución espontánea», en el que los ciudadanos comienzan simplemente a reclamar el poder que una vez delegaron en políticos, funcionarios y burócratas, así como el poder de tomar decisiones tecnológicas de largo alcance que delegaron en prominentes hombres de negocios.» [8]
Si se nos permite la metáfora, la aplicación del petróleo en la sociedad moderna ha constituido la gran entrega, la gran delegación de las poblaciones de su capacidad de decisión en manos de determinadas oligarquías y estructuras técnicas, redes de transporte, comunicación e intercambio. Si es cierto que se acerca un día en que el sistema se verá gravemente afectado por la carestía del petróleo ¿se producirá un equivalente de esta gentil «devolución espontánea» del control del poder y del control sobre los recursos? ¿se convertiría la transición energética en un proceso suave de dispersión de los centros de toma decisiones? ¿Habrá un traspaso de las competencias hacia el plano local si el funcionamiento de la economía se ve forzosamente inmovilizado? ¿Regresaremos hacia una cierta autarquía? Lo más amable que se puede señalar a los que albergan esta esperanza es que dediquen un momento al estudio de la historia: verán allí que las instituciones del poder nunca han servido como puente hacia formas superiormente morales o más equitativas de organizar la sociedad, y que normalmente agonizaron destruyendo y agotando todo lo que mantenía activa la sociedad que dominaban. La edad del agotamiento del petróleo podría ser tan despótica y vacía de horizontes, o más, de lo que pudo serlo la edad de su abundancia.
Conclusión
El agotamiento del petróleo podría quedar muy lejano aún, lo suficiente para que no afectase al tiempo de nuestras vidas. Pero también podría ser un acontecimiento inminente. ¿Qué podríamos esperar en ese caso?
Por todo lo dicho anteriormente, debemos deducir que el petróleo es uno de los pilares del poder centralizado y tiránico que hoy mueve el mundo. En el caso de que el agotamiento del petróleo entrase en una escalada de desajuste de oferta y demanda muy abrupta, el sistema de dominación se tambalearía en sus cimientos, y su capacidad de control correría un grave peligro.
Ciertamente, en un escenario ideal, la escasez de combustibles llevaría forzosamente a una relocalización económica, lo que implicaría una descentralización sobre el control de los recursos y, más allá, la posibilidad de refundar las bases de la autonomía a una escala incompatible con el sistema de opresión tal y como lo conocemos hoy. Como vemos, en este escenario ideal, el agotamiento del petróleo lleva a una contradicción abierta con el sistema. Pero no podemos engañarnos al respecto, el ejemplo de la historia muestra que los viejos sistemas de poder nunca cedieron suavemente ante el peso de sus contradicciones, normalmente se deslizaron pesadamene hacia una disgregación caótica y destructiva, arrastrando consigo todo lo demás. En el caso de nuestra civilización existen además dos circunstancias agravantes: la extensión de su dominio cubre la totalidad del planeta, pero además sus manipulaciones han perturbado globalmente la biosfera. La primera circunstancia nos obliga a proyectarnos en un desastre que puede afectar a la especie humana como tal, la segunda circunstancia pone en cuestión cualquier tentativa de reapropiación material colectiva.
A priori, no podemos esperar nada del fin del petróleo que pueda secundar nuestras perspectivas, lo que no niega que debamos estar vigilantes para aprovechar cualquier brecha que se abra en un hipotético período de post-abundancia.
Los Amigos de Ludd
[1] Como se sabe, la crisis petrolera que estalla en octubre del 73 con el comienzo del conflicto entre Israel y algunas potencias árabes, llevará a un rápido encarecimiento del crudo e incluso al embargo para países como Estados Unidos, que apoyan a Israel. Sin embargo, el conflicto bélico fue solo la tapadera de una compleja trama de intereses donde las compañías petroleras y la administración norteamericana estaban especialmente interesados en una revalorización del petróleo de Oriente Medio para recuperar la tasa de sus beneficios y reforzar la política estratégica norteamericana en la zona.
[2] En Los barones del petróleo p. 276 (Barcelona 1974)
[3] A raíz de la guerra, el precio del petróleo experimenta una violenta subida, pero breve; los precios del petróleo oscilan entorno a los veinte dólares desde febrero a diciembre de 1991. Y seguirá un descenso gradual del precio hasta 1998, año en que se produce una enorme caída (por debajo incluso de los diez dólares).
[4] Ver la crítica que hicimos de este libro en el boletín nº8 de Los Amigos de Ludd febrero 2005.
[5] De las cosas que se han publicado por aquí, en papel impreso, destacaríamos el dossier que sacó en abril la revista Mientras Tanto. Aunque, ciertamente, no coincidimos con el tono general y las opiniones de la editorial y los artículos, muy del estilo izquierda verde, creemos que constituye un conjunto interesante de materiales para entrar en la cuestión.
[6] Resulta curioso, cuando menos, que en una obra tan documentada como la de Yergin, no aparezca ni una sola referencia a los hallazgos de Hubbert.
[7] Para ver una crítica a las ideas de Rifkin, ver «En el estado social del hidrógeno» Los Amigos de Ludd nº5.
[8] Tomado del libro Para Schumacher Editorial Blume 1980.
Cuestiones de principio
El petróleo, durante el siglo XX, ha sido el gran aliado material del capitalismo y, por ende, del sistema de dominación social. En consecuencia, y dado el carácter finito de este recurso, está destinado a convertirse también en su gran punto de debilidad estratégica. Esto constituye en esencia el carácter ambiguo y frágil de la organización económica mundial. No se puede ignorar que pueblos y civilizaciones anteriores agotaron atolondradamente elementos y bienes materiales que hacían posible su forma de existencia. Las enormes deforestaciones de siglos precedentes, la existencia de grandes regiones erosionadas, dan testimonio de ello. Pero el petróleo, como en algunos aspectos el carbón, ha permitido una apropiación novedosa de la naturaleza al hacer posible una movilidad sin restricciones. Esta movilidad hizo posible que las industrias de transformación pudiesen disponerse de forma heterogénea con respecto a las fuentes de materias primas, que el comercio mundial y las comunicaciones lograsen una integración impensable en épocas anteriores, que se expandieran sin límites las areas de inversión y recuperación del capital, que el radio de actividad diaria de un sólo individuo se ampliase a la escala del planeta. El petróleo ha sido la condición material por la cual se ha intentado lograr la desmaterialización de todo lo que condicionaba antaño la economía. Esta desmaterialización no tiene por base sino las enormes redes de transporte, la agricultura industrial motorizada y la proliferación de materiales de síntesis: sobre esta base ha podido constituirse la economía global de servicios, con las grandes urbes como nodos donde se concentra el poder y desde donde se gestionan las inversiones y la alocación de los recursos. En las áreas urbanas de occidente ha podido crecer este tipo de empleo subsidiario, de gestión y de dirección, y de los servicios técnicos que les son imprescindibles, creándose sectores de la actividad completamente aislados de la producción de alimentos y de recursos primarios como el agua y los combustibles. Esta extensión de la producción desmaterializada es, obviamente, una ilusión sostenida sobre el control policiacio y militar de la energía y las materias primas del planeta, donde el conocido despilfarro energético no es su mero efecto perverso, sino la condición indispensable para que este sistema pueda perdurar.
Los derivados del petróleo han modelado la vida económica de occidente: su mundo material está levantado sobre la movilidad y la mecanización, sobre los materiales de sustitución y las industrias petroquímicas, sobre la especulación del oro negro y el culto del automóvil.
La dependencia de este recurso energético ha seguido una escala inquietante desde el fin de la Primera Guerra Mundial, moviendo los hilos de la llamada geoestrategia y provocando tensiones inéditas. Por lo demás, su aplicación masiva al transporte, la agricultura y las industrias de transformación, han puesto estas actividades fuera de toda racionalidad ecológica, lo que convertirá el siglo XXI en un paso angosto, tal vez infranqueable, para la especie humana. Todo lo dicho anteriormente no dejan de ser evidencias. Lo que viene a continuación hace referencia a las opiniones y análisis sobre el inminente, al decir de algunos, agotamiento del petróleo barato.
Desde mediados de los años noventa, ha crecido la inquietud sobre esta cuestión, en especial desde las aportaciones realizadas por geólogos como Campbell, Lahèrrere, Deffeyes, etc., No discutiremos aquí tanto la validez de sus afirmaciones, lo que quedaría fuera de nuestra capacidad, como las implicaciones que el agotamiento o escasez del petróleo puedan tener en nuestras perspectivas de transformación social.
Mediatizados como estamos por la difusión de opiniones parciales e interesadas, y dado lo dificultoso que es dar con una inteligencia que pueda unificar todas las informaciones y factores que intervienen, ¿cómo podríamos nosotros aceptar sin más la inminencia sobre el agotamiento del petróleo? Dejamos a otros, mejor dotados o más audaces que nosotros, la ardua tarea de especular sobre la evolución futura de la industria petrolera, pero indudablemente no por ello renunciemos a la reflexión de lo que el fin del petróleo podría suponer para nuestras aspiraciones colectivas.
La cuestión central que este breve ensayo quiere plantear es la siguiente. El petróleo ha sido el flujo que ha movilizado la economía occidental durante más de un siglo. Muchas voces se levantan hoy para anunciar que la producción petrolera está cercana a su culmen y que a partir de ahí, el precio del crudo se encarecerá a tal punto que necesariamente asistiremos a una crisis energética, dañándose gravemente el comportamiento económico de todo el planeta. Las consecuencias, de producirse este hecho, serían sin duda grandiosas y espectaculares. Pero lo que nos interesa aquí es dilucidar si la caída más o menos acelerada del régimen petrolero abre una brecha para nuevas posibilidades sobre las que reconstruir una sociedad autónoma, radicalmente diferente a la que conocemos. En efecto, más allá de una cierta inquietud ecologista, empeñada en una transición sostenible que nos lleve a una futura sociedad de energías limpias y ciudades radiantes, lo que nos incumbe es analizar de qué manera estos discursos proecológicos ocultan cuestiones de mayor calado, como por ejemplo, de qué modo podemos retomar la presunta crisis energética que se avecina para subvertir el modelo de cultura material y de distribución del poder que hoy delimitan nuestra forma de vida. En suma, la caída de un régimen energético pujante y poderoso como es el de los hidrocarburos ¿encierra alguna posibilidad por mínima que sea de debilitamiento del sistema de dominación? Responder apresuradamente a esta cuestión, sea en un sentido o en otro, significaría ignorar su complejidad. De momento, extenderemos la cuestión de forma más detallada.
El petróleo en la historia
La historia del petróleo está cuajada de enseñanzas sobre las ambiciones de riqueza y poder de las industrias y estados. Podríamos delimitar esta historia en dos grandes y complejas etapas que nos llevarían hasta las crisis de los años setenta. La primera etapa iría desde 1859, año en que se abre el primer pozo petrolífero a manos del legendario Drake, y que va hasta la Segunda Guerra Mundial, época en que Norteamérica comenzaría a perder su papel de primer exportador de petróleo. Esta etapa contiene la formación de los grandes imperios petroleros (Standard Oil, Royal Dutch-Shell, Anglo-Persian, Gulf), las primeras y terribles luchas por el control de los mercados internacionales, la búsqueda de yacimientos de Venezuela a México, de la antigua Persia a Indonesia. De la guerra colonizadora por dominar los países donde se encontraba el petróleo. La Primera Guerra Mundial fue ya una guerra donde los motores de explosión cambiaron el aparato bélico, y donde el aprovisionamiento de combustible pasó a primer plano. A partir de ahí, el parque automovilístico comenzaría su crecimiento. Los años que siguieron a la Gran Guerra de 1914 se distinguieron por una lucha intensa de las grandes potencias por acceder a los territorios de la antigua Turquía y, más tarde, la zona del Golfo Pérsico. La guerra de precios marcaría una enorme inestabilidad para el mercado. Sólo dos décadas más tarde, hacia 1928, se alcanzaría una cierta estabilidad con los acuerdos de Achnacarry, firmados en conjunto por los representantes de la Royal Dutch-Shell, la Standard Oil de New Jersey y la Anglo-Iranian, y más tarde sancionados por otras compañías. Este acuerdo establecía en verdad una cartelización que de forma tácita dominaría el mercado internacional durante años, ajustando los precios del crudo con los parámetros del Golfo de Méjico. En cualquier caso, toda esta etapa incluye la escalada creciente de las compañías norteamericanas en el Oriente Medio, primero en los antiguos territorios de Turquía, después en Bahrein, Kuwait y Arabia Saudí. La novedad de este período la constituye la primera ofensiva de «descolonización» petrolera, cuando el gobierno de Méjico, en 1937, emprende la nacionalización de su producción. Así mismo, el rasgo que resalta de esta época es el predominio del mercado petrolero de Estados Unidos, cuya producción se vio colosalmente reforzada por los yacimientos del Este de Tejas a partir de los años treinta. En 1938, Estados Unidos controlaba todavía el 63% de la producción mundial, y sólo a partir de mediados de los cincuenta su producción disminuiría con relación a la de Oriente Medio. Ni que decir tiene que la Segunda Guerra Mundial fue, en buena medida, una «guerra del petróleo», siendo la falta de abastecimiento de combustible una de los factores que determinaron la derrota del ejército alemán.
Esta primera etapa, como se ve, sentó las bases históricas y geográficas de la industria petrolera, y dio paso a lo que podríamos considerar como un período de conflictos larvados, de una mayor delimitación de las zonas petroleras y de una estabilidad frágil que estallaría a principios de los años setenta. Señalaremos, sobre todo, tres grandes tendencias de onda larga en esta segunda etapa. La primera es el indudable crecimiento de la importancia de Oriente Medio en cuanto a volumen de producción, con las preocupaciones estratégicas que eso acarreaba a las naciones poderosas de occidente. Surgía el sentimiento de orgullo nacional de los países exportadores, que condujo a las crisis de Irán en 1951, y a la del canal de Suez en 1956, con el precedente de Venezuela. Ambas revueltas se resolvieron con una clara derrota de la influencia británica en la zona, para contento de Estados Unidos, que de esa forma lograba mayores cuotas de participación en la explotación del petróleo y en el control de ambos países. El intento de nacionalización de Mossadegh en Irán terminaría en 1954, con la creación de la NIOC (Compañía Nacional Iraní del Petróleo), un consorcio internacional donde la propiedad de los yacimientos pasaba a manos de Irán y donde las compañías norteamericanas obtenían un jugoso 40% de participación, estando representados igualmente la British Petroleum, la Royal Dutch-Shell y los intereses petroleros franceses. Pero las reivindicaciones de los países exportadores iban a tomar fuerza, instigados por el gobierno de Venezuela, hasta la fundación de la OPEP. Esta se crearía en 1960, y fue sobre todo mediada esa década cuando se verá claramente que los países exportadores estaban dispuestos a ganar el control total sobre el crudo, abriéndose pocos años más tarde el proceso de nacionalizaciones que conoceremos en Libia, Irak, Perú, Bolivia, Venezuela, etc.
La segunda tendencia alude al efecto que el petróleo barato llegado de Oriente Medio estaba logrando sobre Europa: declive del carbón y reestructuración del modo de vida siguiendo las pautas dictadas por los combustibles derivados del petróleo. En los años cincuenta comenzaría la inquietud de los Estados por la búsqueda de fuentes de energías seguras o innovadoras, se fundaría Euratom, el organismo europeo para la energía nuclear.
Finalmente, la tercera tendencia se relaciona igualmente con el efecto que la expansión del petróleo de bajo coste de Oriente Medio estaba teniendo sobre la producción interior norteamericana. En 1959, Eisenhower promulgarías las cuotas a la importación, como medida proteccionista. A mediados de los años sesenta, las grandes compañías anglo-americanas empezarían a sentir una baja en su tasa de beneficios, lo que les llevaría ya en aquel momento a la búsqueda desesperada de zonas de extracción alternativas como en Prudhoe Bay (Alaska, 1968) en Latinoamérica, en el Mar del Norte, o en Noruega, donde los primeros pozos se abren en 1969. Estas tres tendencias, como vemos, sumadas al crecimiento del gigante ruso, que pronto empezaría a aumentar su producción de gas y petróleo, concluirán en la crisis de 1973, cuyas implicaciones se dejarán sentir durante toda la década de los setenta [1].
El petróleo sigue entonces unido a la conflictividad y la guerra sucia. Como ejemplo de ello, baste citar los intereses de la compañía Elf, envueltos en la guerra de secesión en Nigeria, a finales de los años sesenta. O, como menciona de pasada Richard O’Connor a propósito de la guerra de Viet-Nam: «Por encima de las consideraciones emotivas que envuelven, el problema vietnamita, se halla el factor de que las costas del Sudeste de Asia dominan uno de los más grandes golletes marítimos: el estrecho de Malaca, y por lo tanto controla el paso de las flotas de barcos-cisterna.» [2] Todo el periodo, no hay que olvidarlo está además dominado por el concepto y la estrategia de la Revolución Verde, vergonzosa forma de colonización donde países enteros de África, Asia o Centroamérica son introducidos a los métodos y prácticas de la agricultura industrial, haciendo las pequeñas economías campesinas cada vez más dependientes de la motorización y las industrias petroquímicas. En el occidente opulento, la guerra silenciosa del petróleo había conquistado la vida cotidiana de sus habitantes, sumergiéndolos en todo tipo de derivados del petróleo y esclavizándoles a sus automóviles.
Todo esto por lo que respecta a la prehistoria del petróleo, es decir, las fases previas a las crisis de los años setenta. Hay que decir que ya a partir de la primera guerra mundial, la cuestión del agotamiento inminente del petróleo inquietó periodicamente los intereses industriales norteamericanos. En los años setenta esta inquietud se superó progresivamente, ya que las dos crisis petroleras de 1973 y 1979 obligaron a las compañías a diversificar y ampliar sus prospecciones e hizo que los estados se plantearan políticas de ahorro. El crecimiento productivo de Méjico o la URSS, la explotación del petróleo del Mar de Norte, la búsqueda de otras fuentes de energía, la inversión en tecnología extractiva, fueron factores que descargaron parcialmente el peso de la dependencia con respecto al petróleo-OPEP.
En los años ochenta, dentro del marco de la Agencia Internacional de la Energía, los países occidentales se comprometieron a crear las llamadas «reservas estratégicas» de crudo, reservas que podían servir para mantenerse en los período de crisis de abastecimiento. En 1985 se había producido una caída de los precios del crudo, y fue a partir de entonces que los países de Europa reiniciaron un despegue económico y abandonaron paulatinamente sus políticas de contención energética. A partir de aquella época la OPEP conseguiría una cierta estabilidad del precio del crudo, que duraría hasta finales de los años noventa. Esta estabilidad no fue rota por la guerra del Golfo [3], no obstante, los años noventa traerían un periodo de sanciones a la exportación para países como Irak, Libia o Sudán. Es un lugar común afirmar que la guerra lanzada contra Irak en 1990 fue motivada sobre todo con el fin de sacar la producción petrolera iraquí del mercado internacional, y asegurar de esa forma una especie de enorme «reserva estratégica» para el futuro. No se puede olvidar que con el inicio de esta ofensiva Estados Unidos e Inglaterra se aseguraban un nuevo control estratégico sobre la zona del Golfo.
Todos estos capítulos nos conducen a la situación actual, después de la invasión de Afganistán y la de Irak, en 2002 y 2003, respectivamente, la pasada guerra en el Líbano y la inquietud creciente por el control de zonas estratégicas como el mar del Caspio, el Africa subsahariana o Venezuela. Si a todo esto añadimos la aparición en escena de gigantes sedientos de combustible como China o India, tenemos todos los ingredientes necesario para abrir un período tenso y dramático, con precios muy elevados del crudo y el anuncio de su inminente escasez.
¿Una geología subversiva?
Hasta aquí no hemos hecho sino mostrar algunos trazos históricos y cronológicos que nos pueden ayudar a delimitar el terreno donde ha surgido el interrogante sobre el agotamiento del petróleo barato. La crisis de escasez que se anuncia hoy podría resultar creible si se constata que los años sesenta del pasado siglo marcaron la época de mayores descubrimientos de yacimientos, época desde la cual asistimos a un lento pero firme declive en el ritmo de los descubrimientos.
En su artículo ya clásico, publicado en la revista Scientific American, en 1998, y titulado «Fin de la era del petróleo barato» -que aquí apareció por las mismas fechas en su trasunto castellano Investigación y ciencia- Colin J. Campbell y Jean H. Lahèrrere, ambos geólogos veteranos y retirados, trazaban una línea de delimitación entre las previsiones de escasez de las crisis de los años setenta y la crisis actual de la que ellos se hacen portavoces. Refiriéndose a las predicciones de entonces, escribían:
«Sus predicciones apocalípticas fueron reacciones emocionales y políticas, los expertos sabían, ya entonces, que tales pronósticos carecían de base. Unos años antes se habían descubierto enormes campos en la vertiente norte de Alaska y bajo las aguas del Mar del Norte, cerca de la costa europea. Hacia 1973 el mundo había consumido, de acuerdo con las mejores estimaciones, alrededor de un octavo de su riqueza en crudo accesible. Dentro de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) los cienco miembros de Oriente Medio convinieron en subir los precios, no porque hubiera peligro de escasez, sino porque habían decidido hacerse con el 36% del mercado. Más tarde, cuando la demanda cayó y el flujo de petróleo fresco procedente de Alaska y del Mar del Norte debilitó la presión ejercida por la OPEP, los precios se desplomaron.»
Campbell, con su libro The coming oil crisis (1997) y Lahèrrere, autor de distintos ensayos y estudios, defienden desde hace una década la proximidad del declive del petróleo, dentro del siglo XXI, anunciando que antes de 2010 se alcanzará probablemente el cénit de la producción, lo que marcará el fin del petróleo barato. Como se sabe, ambos se han inspirado en los trabajos de Marion King Hubbert, geólogo que trabajó para la Shell, y que en 1956 predijo que para el año 1970 aproximadamente, se produciría el cénit de la producción petrolera estadounidense, lo que efectivamente ocurrió. Otros geólogos, investigadores y periodistas se han sumado, con sus estudios y aportaciones, a esta corriente de opinión que poco a poco ha comenzado a entrar en el debate público, al menos en algunos ámbitos. Pero el debate continúa, de alguna manera, soterrado. En Estados Unidos, mientras tanto, se han publicado ya libros de divulgación como el de Richard Heinberg, The party’s over [4], mientras que en Francia se publicó La vie après la pétrole, de Jean-Luc Wingert, con prólogo de Lahèrrere, libro al que después han seguido otros varios en francés sobre la misma cuestión [5].
Desde luego, a esta corriente anunciadora del cenit petrolero no faltan sus oponentes negacionistas. Uno de ellos, ilustre, y al que podríamos considerar como el Herodoto de la historia del petróleo, es Daniel Yergin, que en 1991 publicó su monumental The Prize, libro histórico sobre la industria petrolera desde sus orígenes. Hoy Yergin, dirige una consultoría sobre temas energéticos y no otorga ninguna validez a los que anuncian la proximidad del agotamiento del petróleo [6].
Lo que resulta llamativo es que la opinión más autorizada en torno a las informaciones sobre el cenit petrolero provenga del mundo de la geología. ¿Qué habría sido del capitalismo industrial en el siglo XX sin esta ciencia aparentemente neutra y minuciosa? Los avances de la geología, la geofísica y la geoquímica, hicieron posible que la prospección de yacimientos petrolíferos pudiera alcanzar una precisión y eficacia cada vez mayores. La geología al servicio de la industria petrolera hizo que la ciencia de la tierra se convirtiera en la ciencia del saqueo de la tierra. Pero cuando los límites de las reservas de este planeta parecen exhaustas, cuando la aventura de juventud de la geología petrolera ha perdido muchos de sus encantos, algunos geólogos parecen dispuestos a hacer sonar la alarma del desequilibrio y el caos económico. La paradoja de esta geología de senectud es su incapacidad para reconocer la responsabilidad de toda ciencia en el desarrollo de las industrias y sus fines arbitrarios: toda ciencia puesta al servicio de la gran empresa capitalista se convierte en ciencia subversiva y amenaza con destruir su mismo objeto de estudio. En el libro mencionado de Colin Campbell, The coming oil crisis, aparece una entrevista a Walter Ziegler, eminente geofísico en la vanguardia de la prospección petrolera. La figura de Ziegler es crucial, ya que desde los inicios de su carrera en los años cincuenta, al servicio de la Shell, pudo recorrer buena parte del planeta y ser testigo de la evolución de la industria petrolera en las últimas décadas. Ziegler es además un representante típico del geólogo embarcado en la gran empresa capitalista de mitad de siglo, que asumía su trabajo como una vía hacia la libertad y la aventura. El mismo, reconoce al final de su entrevista con Campbell, su intuición temprana sobre el fin del petróleo:
“Nuestros estudios han confirmado más allá de toda duda que el globo tiene decididamente un potencial finito para la exploración petrolera. Las implicaciones son colosales. El mundo tiene finalmente que confrontar el hecho de la inminencia de cambios en su forma de vida. No tiene más opción que ajustarse a limitaciones en los recursos. «¡Ya no hay más caramelos, niños!» El juego casi ha terminado.”
Todo esto resulta altamente educativo. Es normal que los profesionales técnicos que estuvieron a la cabeza del movimiento de explotación de los recursos petroleros desde los tiempos de la guerra fría, como es el caso de Ziegler, conozcan a fondo la materia de la que hablan. Pero no hay que olvidar que ya desde los años sesenta y setenta se alzaron voces de alarma ante esta absurda y suicida escalada energética. La geología comprometida de Campbell, Lahèrrere y demás, llega un poco tarde: es como una sabiduría post festum. Estos hombres, que tanto han contribuido a crear la situación desastrosa que se cierne sobre nosotros, parecen deplorar y temer justamente las consecuencias radicales de tal situación, y olvidan que no hay ciencia neutra, que no hay saber técnico que no tenga una parte de responsabilidad en los procesos de degradación de materias y energías que constituye hoy la base de la dominación social en todo el planeta. En su libro, y de forma tímida, Campbell parece reconocer las virtudes de una economía más localizada y sencilla en la utilización de los recursos, nos anuncia un futuro donde tal vez sea posible equilibrar la ecuación del consumo y adquirir un papel más consciente en nuestra relación con la naturaleza. ¡Gracias Señor Campbell, tomaremos nota! En contraste, el geólogo Kenneth S. Deffeyes, divulgador del cénit y discípulo de Hubbert, se muestra implacable con las veleidades ecológicas de sus contemporáneos. En las primeras páginas de su libro Hubbert’s Peak. The Impending world oil shortage (2001) afirmaba sin pestañear:
«Una actitud posible, que personalmente no tengo en cuenta, nos dice que estamos arruinando la Tierra, saqueando los recursos, ensuciando el aire, y que sólo deberíamos comer alimentos orgánicos y montar en bicicleta. Sentimientos de culpabilidad no pueden evitar el caos que nos amenaza. Monto en bicicleta y camino mucho, pero confieso que parte de mi motivación es la situación miserable del aparcamiento en Princenton. La agricultura orgánica solo puede alimentar una pequeña parte de la población mundial; el aporte mundial de estiercol de vaca es limitado. No es probable que una civilización mejor surja espontanemente de un montón de conciencias culpables. (...)»
Esta declaración habla por sí sola. Sólo nos cabe esperar otra monografía complementaria, esta vez dedicada al cénit de estiercol de vaca, ya que el Sr. Deffeyes parece tener información muy actualizada al respecto.
Del petróleo hacia la nada
El declive de la producción petrolera nos obliga a un inmenso esfuerzo mental para representarnos una sociedad privada del petróleo sin que a la vez esta imagen llegue a borrar de nuestra memoria el modo de vida que conocieron nuestros bisabuelos. La motorización supuso la ruptura violenta con el mundo anterior, que estaba hecho de limitaciones que hoy resultan incomprensibles a la mente moderna. El problema pues no es sólo que los últimos días del petróleo dibujen delante de nosotros un futuro incierto; lo más grave sería que hicieran ilegible nuestro pasado. Hoy no se puede pensar el horizonte futuro sin tener en cuenta los límites modestos de donde venimos. Las instituciones y costumbres que se han perpetuado bajo la motorización impiden hoy reconocer nuestras necesidades en otra forma que no sea la de la motorización. Cabe pensar que la industria petrolera, que nació como una forma de guerra contra la libertad y la autonomía posibles, morirá ahogando igualmente la reflexión sobre un porvenir deseable. Sería urgente oponer nuestra crítica a los propagandistas del fin del petróleo, pues la mayoría de ellos sólo traducen a un lenguaje edulcorado y aceptable para las mayorías electoras el trasfondo real del problema.
Dado que, como decíamos al principio de este texto, las posibilidades de los combustibles y derivados del petróleo han abierto la vía para la expansión económica y cultural del mundo, tenemos que tratar de ver de que manera esta expansión ha instituido una nueva forma de dominación, y no solamente la forma perversa de un exceso de poder económico e industrial. Es cierto que desde la perspectiva actual, esto sólo puede ser un ejercicio intelectual aislado y más bien artificioso, ya que no se corresponde con ninguna inquietud profunda compartida colectivamente. Por otro lado, es indudable que el laberinto técnico heredado después de más de dos siglos de revoluciones industriales no puede ser desarticulado en dos días, y hoy se trataría más bien de sondear si existen indicios de que algo puede cambiar en un futuro a medio o largo plazo. ¿De qué forma es reapropiable la sociedad heredera del siglo XX, profundamente transformada por los combustibles fósiles? ¿Qué queda en nuestra humana naturaleza y en la naturaleza que nos rodea que no esté un poco afectado o totalmente destruido y que pueda llevarnos hacia la autonomía material y política?
La cuestión sobre el control de la energía nos recuerda la cuestión del control del poder sin más. No es claro que la desaparición de un recurso físico como es el petróleo pueda aflojar aunque sea poco ese control sobre la vida social que las élites ejercen sobre las mayorías. En cualquier caso ese control, si se da la escasez de un recurso tan importante como es el petróleo, cambiaría forzosamente de forma. El dilema es evidente: si las élites quieren seguir aferradas al superpoder técnico, financiero y político que han conocido durante el último siglo, en caso de enfrentarse a la escasez de un apoyo técnico como es el petróleo, la situación entonces se agravaría enormemente, dibujándose un cuadro de una tensión bélica, armamentística y policial inéditas. Hay una correlación indudable entre la afluencia de petróleo y la forma de poder tal y como la conocemos actualmente. La substitución del petróleo en un período relativamente corto de tiempo en algunas areas como la del transporte es practicamente imposible. En otras areas, se trataría de hacer resurgir plenamente formas de energía como la nuclear o el carbón, con todo lo que ello implica. Se quiera ver o no, una escasez próxima de petróleo significa el surgimiento de una situación imprevisible y catastrófica. Por tanto, es una situación desesperada en un doble sentido: la escasez de petróleo pone en cuestión la continuidad del control sobre el poder que las élites han ejercido hasta ahora, pero no ofrece ninguna garantía de que esto pueda abrir una vía para la reapropiación de dicho control a manos de las poblaciones.
Los voceros del cénit del petróleo, como el ya mencionado Colin Campbell, pretenden llamar a la conciencia pública de las naciones y persuadirlas de entrar en una vía tranquila hacia otras formas energéticas. En el breve texto llamado Protocolo de Rímini, que Campbell redactó personalmente, se propone una reducción general del consumo de hidrocarburos ajustando oferta y demanda del crudo en relación a la caída de la productividad anual. La finalidad sería poder «planificar de manera ordenada la transición al entorno mundial de suministros energéticos reducidos, preparándose con antelación para evitar el gasto energético, estimular las energías sustitutorias y alargar la vida del petróleo que quede, (...)»
La filosofía de este texto apela al espíritu cooperativo y equitativo de las naciones, lo que supone ignorar que la explotación y el empleo del petróleo han constituido las claves para que unas naciones oprimieran a otras, y para que, en general, dentro de cada nación la opresión se articulara en la forma que conocemos. Por tanto, las esperanzas incorporadas en la famosa «transición energética» están rellenas de lealtad para el mundo tal y como lo conocemos. Nada nuevo bajo el sol. Para estos privilegiados intérpretes del cénit petrolero, se trataría de que los excesos del poder no pongan en peligro el propio proyecto del poder: la extensión de la economía industrial y sus redes de jerarquización y control a todo el planeta.
El mundo ecologista, en general, contempla la posibilidad de la escasez de petróleo como una oportunidad histórica hacia la soñada sociedad de energías renovables. Por su parte, Jeremy Rifkin, ha sabido intuir la estrecha relación entre el declive de la producción petrolera y la puesta en cuestión de la capacidad del sistema para concentrar y acumular el poder, lo que significaría que el planeta está preparado para la descentralización energética y la recuperación del mando local, todo ello gracias al benéfico hidrógeno [7].
La transición energética ideada por muchos ecólogos, sociólogos y observadores ambientales podría ser interpretada, de hecho, como un golpe de timón en un mundo asolado por la opulencia y los excedentes de intermediarios e instituciones superfluas: esta sociedad del exceso está preñada de sus posibilidades de descentralización, se nos viene a decir. El conocimiento técnico ya ha sido alcanzado y las claves para una nueva sociedad ya están ahí, el problema es que los intereses del viejo régimen moribundo no dejan que esta sociedad aparezca... El problema de la descentralización y de la transición energética así tratado, nos trae a la memoria lo que la autora Hazel Henderson escribiía a finales de los años setenta sobre el concepto milagroso de «devolución espontánea»:
«(...) cuando las economías industriales alcanzan un cierto límite de producción centralizada, intensiva en capital, han de cambiar el rumbo, poniendo proa hacia actividades económicas y configuraciones políticas más descentralizadas, utilizando una toma de decisiones y unas redes de información más lateralmente ligadas, si quieren superar los cuellos de botella que para la información presentan unas instituciones excesivamente jerárquicas y burocratizadas. Me he referido a este cambio de dirección como escenario de un proceso de «devolución espontánea», en el que los ciudadanos comienzan simplemente a reclamar el poder que una vez delegaron en políticos, funcionarios y burócratas, así como el poder de tomar decisiones tecnológicas de largo alcance que delegaron en prominentes hombres de negocios.» [8]
Si se nos permite la metáfora, la aplicación del petróleo en la sociedad moderna ha constituido la gran entrega, la gran delegación de las poblaciones de su capacidad de decisión en manos de determinadas oligarquías y estructuras técnicas, redes de transporte, comunicación e intercambio. Si es cierto que se acerca un día en que el sistema se verá gravemente afectado por la carestía del petróleo ¿se producirá un equivalente de esta gentil «devolución espontánea» del control del poder y del control sobre los recursos? ¿se convertiría la transición energética en un proceso suave de dispersión de los centros de toma decisiones? ¿Habrá un traspaso de las competencias hacia el plano local si el funcionamiento de la economía se ve forzosamente inmovilizado? ¿Regresaremos hacia una cierta autarquía? Lo más amable que se puede señalar a los que albergan esta esperanza es que dediquen un momento al estudio de la historia: verán allí que las instituciones del poder nunca han servido como puente hacia formas superiormente morales o más equitativas de organizar la sociedad, y que normalmente agonizaron destruyendo y agotando todo lo que mantenía activa la sociedad que dominaban. La edad del agotamiento del petróleo podría ser tan despótica y vacía de horizontes, o más, de lo que pudo serlo la edad de su abundancia.
Conclusión
El agotamiento del petróleo podría quedar muy lejano aún, lo suficiente para que no afectase al tiempo de nuestras vidas. Pero también podría ser un acontecimiento inminente. ¿Qué podríamos esperar en ese caso?
Por todo lo dicho anteriormente, debemos deducir que el petróleo es uno de los pilares del poder centralizado y tiránico que hoy mueve el mundo. En el caso de que el agotamiento del petróleo entrase en una escalada de desajuste de oferta y demanda muy abrupta, el sistema de dominación se tambalearía en sus cimientos, y su capacidad de control correría un grave peligro.
Ciertamente, en un escenario ideal, la escasez de combustibles llevaría forzosamente a una relocalización económica, lo que implicaría una descentralización sobre el control de los recursos y, más allá, la posibilidad de refundar las bases de la autonomía a una escala incompatible con el sistema de opresión tal y como lo conocemos hoy. Como vemos, en este escenario ideal, el agotamiento del petróleo lleva a una contradicción abierta con el sistema. Pero no podemos engañarnos al respecto, el ejemplo de la historia muestra que los viejos sistemas de poder nunca cedieron suavemente ante el peso de sus contradicciones, normalmente se deslizaron pesadamene hacia una disgregación caótica y destructiva, arrastrando consigo todo lo demás. En el caso de nuestra civilización existen además dos circunstancias agravantes: la extensión de su dominio cubre la totalidad del planeta, pero además sus manipulaciones han perturbado globalmente la biosfera. La primera circunstancia nos obliga a proyectarnos en un desastre que puede afectar a la especie humana como tal, la segunda circunstancia pone en cuestión cualquier tentativa de reapropiación material colectiva.
A priori, no podemos esperar nada del fin del petróleo que pueda secundar nuestras perspectivas, lo que no niega que debamos estar vigilantes para aprovechar cualquier brecha que se abra en un hipotético período de post-abundancia.
Los Amigos de Ludd
[1] Como se sabe, la crisis petrolera que estalla en octubre del 73 con el comienzo del conflicto entre Israel y algunas potencias árabes, llevará a un rápido encarecimiento del crudo e incluso al embargo para países como Estados Unidos, que apoyan a Israel. Sin embargo, el conflicto bélico fue solo la tapadera de una compleja trama de intereses donde las compañías petroleras y la administración norteamericana estaban especialmente interesados en una revalorización del petróleo de Oriente Medio para recuperar la tasa de sus beneficios y reforzar la política estratégica norteamericana en la zona.
[2] En Los barones del petróleo p. 276 (Barcelona 1974)
[3] A raíz de la guerra, el precio del petróleo experimenta una violenta subida, pero breve; los precios del petróleo oscilan entorno a los veinte dólares desde febrero a diciembre de 1991. Y seguirá un descenso gradual del precio hasta 1998, año en que se produce una enorme caída (por debajo incluso de los diez dólares).
[4] Ver la crítica que hicimos de este libro en el boletín nº8 de Los Amigos de Ludd febrero 2005.
[5] De las cosas que se han publicado por aquí, en papel impreso, destacaríamos el dossier que sacó en abril la revista Mientras Tanto. Aunque, ciertamente, no coincidimos con el tono general y las opiniones de la editorial y los artículos, muy del estilo izquierda verde, creemos que constituye un conjunto interesante de materiales para entrar en la cuestión.
[6] Resulta curioso, cuando menos, que en una obra tan documentada como la de Yergin, no aparezca ni una sola referencia a los hallazgos de Hubbert.
[7] Para ver una crítica a las ideas de Rifkin, ver «En el estado social del hidrógeno» Los Amigos de Ludd nº5.
[8] Tomado del libro Para Schumacher Editorial Blume 1980.
Jesús va en Rolls-Royce a la iglesia del reverendo Dólar
Publicado por Aguila en 11/15/2007 03:02:00 p.m.
Jorge Majfud
En un movimiento político algo inusual, el senador republicano por Iowa, Charles Grassley, ha iniciado una investigación sobre posibles malas prácticas económicas de los mayores televangelistas de Estados Unidos.
De ahí se ha derivado al cuestionamiento sobre una práctica común en la mayoría de los países del continente: las iglesias están eximidas de pagar impuestos, mientras sus líderes, pastores y empresarios se vuelven cada día más ricos. Esta práctica de privilegio para las iglesias se ampara, en Estados Unidos y en América Latina, bajo el aceptado principio de libertad de religión. No está claro, sin embargo, por qué el pago de impuestos por parte de una iglesia podría significar un ataque a la libertad de culto. La prescripción de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios no corre en estos casos.
En una reciente entrevista en vivo por CNN (7 de noviembre), Kyra Phillips y Don Lemon cuestionaron a nuestro vecino de College Park de Georgia, el multimillonario reverendo Creflo Dollar, por poseer dos Rolls-Royces, jets privados, casas y apartamentos de varios millones de dólares cada uno además de una iglesia multimillonaria enriquecida por las donaciones de ricos y pobres, muchos de ellos con serias dificultades económicas.
Estos ministerios califican como iglesias y no están obligados a llenar declaraciones de impuestos como sí deben hacerlo otras "non-profit organizations" (organizaciones sin fines de lucro). La tradición de justificar las riquezas materiales mientras se predica el desprendimiento de lo mundano para la salvación del alma es muy antigua. La Iglesia católica —con excepciones, como los teólogos de la liberación y otros "curas de barrio"— ha sido, desde hace mucho tiempo, especialista en la materia. En el caso de las megaiglesias protestantes, además de una práctica empresarial, la tradición está apoyada por la ética calvinista: la riqueza no es un obstáculo para entrar al Paraíso sino una prueba de las preferencias de Dios que ha resuelto castigar a los pobres por su pobreza. Este aspecto teológico es muy semejante al karma hindú y sus resultados sociales también: la moral de la casta alta es consumida, principalmente, por las castas más bajas. En todo caso, los pobres sirven para que los ricos ejerzan su compasión.
Uno de los periodistas de Atlanta le recordó al reverendo Dólar la recomendación que hiciera Jesús al joven rico que fue a pedirle consejo, de desprenderse de sus bienes materiales para entrar al Reino de los cielos. Recomendación que terminó con la tristeza del hombre rico y la observación del Maestro sobre la dificultad que podía tener para entrar al Cielo, como la de un camello que quisiera pasar por el ojo de una aguja. No obstante, el reverendo Dólar razonó que si eso fuese exactamente así, ningún rico podría entrar al Paraíso. De este razonamiento se deduce que el Mesías debía estar bromeando o tal vez exageraba un poco. Está bien que el Hijo de Dios haya bajado a la tierra con un montón de utopías subversivas, pero tampoco era para tanto. Con la realidad no se puede.
Citando artículo y versículo correspondiente, el reverendo recordó que, en realidad, Jesús había dicho que por cada cosa que uno se desprenda iba a recibir un premio multiplicado varias veces. Algunos pensamos que Jesús se refería aun premio moral o al Reino de los Cielos; no al Reino del Dinero. Pero siempre es tiempo de aprender. Por esta nueva razón teológica, la riqueza de un hombre con fe significa que ha sido premiado por el Cielo por su hábito de desprenderse generosamente de una parte de sus posesiones. No otra es la lógica de la Bolsa de valores: quien invierte, se desprende de algo para multiplicarlo. Ningún empresario razonable espera invertir un dólar en Wall Street, en Amsterdam o en Shanghai y recibir un beso o el ascenso espiritual del que hablaba el Buda. Se espera recibir más de lo mismo.
En el siglo XVI invertir en indulgencias significaba que por unos cuantos florines de oro un violador podía obtener el perdón del Vaticano y, consecuentemente, el perdón de Dios. Más antiguo, y todavía en curso, es el lavado de la conciencia con el buen uso de la limosna. La institución de la limosna es fundamental, porque el desprendimiento debe ser voluntario y sin comprometer las ganancias. Como dicen muchos conservadores religiosos por televisión, con su eterna ansiedad proselitista, sólo así, por un acto de voluntad, se prueba la bondad del donante. Si la bondad pasa por el Estado, mediante el compulsivo cobro de impuestos a los ricos, Dios no puede distinguir los buenos de los malos. Tampoco puede Dios recibir en el Paraíso a toda la Humanidad. El Paraíso es un resort VIP con acceso limitado, no un derecho democrático. Algunas iglesias, incluso, han definido el número exacto de miembros posibles. Como si en el día de la creación de la Humanidad, Dios se hubiese divertido imaginando un Infierno eterno donde arderían sus pequeñas creaciones, para regocijo de sus pocos preferidos que contemplarían desde las alturas semejante espectáculo de tortura colectiva o, peor, dando vuelta la cara al horrible destino de sus hermanos. No vamos a decir que necesitamos un Dios más humanista, porque no vamos a decirle a Dios lo que tiene que hacer. Pero no haría mal una lectura más humanista de las Sagradas Escrituras para dejar de atribuirle a Dios conductas tan sectarias, elitistas y materialistas.
El mexicano José Vasconcelos, fervoroso opositor de la hegemonía norteamericana, recordó en La raza cósmica (1925) una fiesta diplomática en Brasil: "Contrastó visiblemente la pobreza de la recepción americana con el lujo de otras recepciones; pero en honor a la verdad, a mí me parece admirable y digno de imitación el proceder yanqui, pues no tienen los Gobiernos el derecho de hacer derroches con el dinero del pueblo". Sin embargo, así como Estados Unidos había sido fundado por revolucionarios que se oponían a la tradición monárquica y religiosa de Europa y ahora se identifica con los valores opuestos del conservadurismo ortodoxo, así también el original espíritu "republicano" que fue sinónimo de austeridad y democracia hoy representa la ostentación y el elitismo. Así también el cristianismo primitivo fue todo lo contrario al hoy triunfante cristianismo del emperador (San) Constantino.
Casi al final de la entrevista, el periodista le preguntó si pensaba que Jesús hubiese andado en un Rolls Royce, a lo que el reverendo Dólar contestó, con calma, algo así como: "Pienso que sí. ¿Por qué no? El Señor anduvo en un burro en el que ningún otro hombre antes había andado".
Dejo al lector que descubra la lógica de este reverendo razonamiento teológico.
Jorge Majfud
The University of Georgia
November 2007
En un movimiento político algo inusual, el senador republicano por Iowa, Charles Grassley, ha iniciado una investigación sobre posibles malas prácticas económicas de los mayores televangelistas de Estados Unidos.
De ahí se ha derivado al cuestionamiento sobre una práctica común en la mayoría de los países del continente: las iglesias están eximidas de pagar impuestos, mientras sus líderes, pastores y empresarios se vuelven cada día más ricos. Esta práctica de privilegio para las iglesias se ampara, en Estados Unidos y en América Latina, bajo el aceptado principio de libertad de religión. No está claro, sin embargo, por qué el pago de impuestos por parte de una iglesia podría significar un ataque a la libertad de culto. La prescripción de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios no corre en estos casos.
En una reciente entrevista en vivo por CNN (7 de noviembre), Kyra Phillips y Don Lemon cuestionaron a nuestro vecino de College Park de Georgia, el multimillonario reverendo Creflo Dollar, por poseer dos Rolls-Royces, jets privados, casas y apartamentos de varios millones de dólares cada uno además de una iglesia multimillonaria enriquecida por las donaciones de ricos y pobres, muchos de ellos con serias dificultades económicas.
Estos ministerios califican como iglesias y no están obligados a llenar declaraciones de impuestos como sí deben hacerlo otras "non-profit organizations" (organizaciones sin fines de lucro). La tradición de justificar las riquezas materiales mientras se predica el desprendimiento de lo mundano para la salvación del alma es muy antigua. La Iglesia católica —con excepciones, como los teólogos de la liberación y otros "curas de barrio"— ha sido, desde hace mucho tiempo, especialista en la materia. En el caso de las megaiglesias protestantes, además de una práctica empresarial, la tradición está apoyada por la ética calvinista: la riqueza no es un obstáculo para entrar al Paraíso sino una prueba de las preferencias de Dios que ha resuelto castigar a los pobres por su pobreza. Este aspecto teológico es muy semejante al karma hindú y sus resultados sociales también: la moral de la casta alta es consumida, principalmente, por las castas más bajas. En todo caso, los pobres sirven para que los ricos ejerzan su compasión.
Uno de los periodistas de Atlanta le recordó al reverendo Dólar la recomendación que hiciera Jesús al joven rico que fue a pedirle consejo, de desprenderse de sus bienes materiales para entrar al Reino de los cielos. Recomendación que terminó con la tristeza del hombre rico y la observación del Maestro sobre la dificultad que podía tener para entrar al Cielo, como la de un camello que quisiera pasar por el ojo de una aguja. No obstante, el reverendo Dólar razonó que si eso fuese exactamente así, ningún rico podría entrar al Paraíso. De este razonamiento se deduce que el Mesías debía estar bromeando o tal vez exageraba un poco. Está bien que el Hijo de Dios haya bajado a la tierra con un montón de utopías subversivas, pero tampoco era para tanto. Con la realidad no se puede.
Citando artículo y versículo correspondiente, el reverendo recordó que, en realidad, Jesús había dicho que por cada cosa que uno se desprenda iba a recibir un premio multiplicado varias veces. Algunos pensamos que Jesús se refería aun premio moral o al Reino de los Cielos; no al Reino del Dinero. Pero siempre es tiempo de aprender. Por esta nueva razón teológica, la riqueza de un hombre con fe significa que ha sido premiado por el Cielo por su hábito de desprenderse generosamente de una parte de sus posesiones. No otra es la lógica de la Bolsa de valores: quien invierte, se desprende de algo para multiplicarlo. Ningún empresario razonable espera invertir un dólar en Wall Street, en Amsterdam o en Shanghai y recibir un beso o el ascenso espiritual del que hablaba el Buda. Se espera recibir más de lo mismo.
En el siglo XVI invertir en indulgencias significaba que por unos cuantos florines de oro un violador podía obtener el perdón del Vaticano y, consecuentemente, el perdón de Dios. Más antiguo, y todavía en curso, es el lavado de la conciencia con el buen uso de la limosna. La institución de la limosna es fundamental, porque el desprendimiento debe ser voluntario y sin comprometer las ganancias. Como dicen muchos conservadores religiosos por televisión, con su eterna ansiedad proselitista, sólo así, por un acto de voluntad, se prueba la bondad del donante. Si la bondad pasa por el Estado, mediante el compulsivo cobro de impuestos a los ricos, Dios no puede distinguir los buenos de los malos. Tampoco puede Dios recibir en el Paraíso a toda la Humanidad. El Paraíso es un resort VIP con acceso limitado, no un derecho democrático. Algunas iglesias, incluso, han definido el número exacto de miembros posibles. Como si en el día de la creación de la Humanidad, Dios se hubiese divertido imaginando un Infierno eterno donde arderían sus pequeñas creaciones, para regocijo de sus pocos preferidos que contemplarían desde las alturas semejante espectáculo de tortura colectiva o, peor, dando vuelta la cara al horrible destino de sus hermanos. No vamos a decir que necesitamos un Dios más humanista, porque no vamos a decirle a Dios lo que tiene que hacer. Pero no haría mal una lectura más humanista de las Sagradas Escrituras para dejar de atribuirle a Dios conductas tan sectarias, elitistas y materialistas.
El mexicano José Vasconcelos, fervoroso opositor de la hegemonía norteamericana, recordó en La raza cósmica (1925) una fiesta diplomática en Brasil: "Contrastó visiblemente la pobreza de la recepción americana con el lujo de otras recepciones; pero en honor a la verdad, a mí me parece admirable y digno de imitación el proceder yanqui, pues no tienen los Gobiernos el derecho de hacer derroches con el dinero del pueblo". Sin embargo, así como Estados Unidos había sido fundado por revolucionarios que se oponían a la tradición monárquica y religiosa de Europa y ahora se identifica con los valores opuestos del conservadurismo ortodoxo, así también el original espíritu "republicano" que fue sinónimo de austeridad y democracia hoy representa la ostentación y el elitismo. Así también el cristianismo primitivo fue todo lo contrario al hoy triunfante cristianismo del emperador (San) Constantino.
Casi al final de la entrevista, el periodista le preguntó si pensaba que Jesús hubiese andado en un Rolls Royce, a lo que el reverendo Dólar contestó, con calma, algo así como: "Pienso que sí. ¿Por qué no? El Señor anduvo en un burro en el que ningún otro hombre antes había andado".
Dejo al lector que descubra la lógica de este reverendo razonamiento teológico.
Jorge Majfud
The University of Georgia
November 2007
NOTAS SOBRE LA INSTITUCIONALIZACIÓN DE LO SOCIAL
Publicado por Aguila en 11/15/2007 03:00:00 p.m.
«Nos arrebatan la capacidad de soñar. A menudo pedimos lo que ya están dispuestos a darnos.»
Introducción
La capacidad de analizar la realidad que nos rodea y de pensar y desear un modelo social distinto constituyen la base psicológica y la subjetividad necesarias para afrontar cualquier transformación de la realidad. Las «condiciones materiales» en las que nos desenvolvemos son también fundamentales, pero de algún modo tiene que existir un deseo y haber una conciencia de nuestras necesidades para que aquellos puedan desarrollarse. En este sentido, el concepto de alienación es importante para entender porqué en situaciones donde existen «la condiciones objetivas» las personas no son conscientes o no desean rebelarse o hacer un uso amplio de su libertad frente a situaciones de opresión, ya sea esta económica o más espiritual.
En este texto se pretende abordar la cuestión de cómo se ha reducido la capacidad de vida autónoma individual y colectiva y de cómo el poder (bien sea estatal o paraestatal) ha ido acaparando cada vez mayores parcelas de este terreno perdido. Este proceso es complejo, contradictorio y multifactorial, y presenta diferentes caras según la zona del planeta donde nos ubiquemos. Aquí analizaré brevemente algunas implicaciones de esta situación en el mundo occidental y, más en concreto, en ciertos aspectos referentes al contexto vasco, que es reflejo visible de una tendencia general en la llamada Europa del capital.
Alienación
La alienación y el control físico-mental son elementos presentes en la historia de la humanidad, pero en el actual mundo globalizado el sistema de adoctrinamiento y la dependencia de los individuos han llegado a cotas inimaginables. La extensión de los aparatos ideológicos del poder del Estado (escuela, medios de comunicación, consumo, ideología del bienestar, etc.) ha alcanzado prácticamente a todos los espacios donde se desenvuelve la vida social, sometiéndolos a su dictadura, sutil a menudo, pero siempre implacable.
Desde que las personas nacen son objeto de una guerra psicológica sistemática que busca el control del pensamiento (en el sentido orwelliano) y la conformación de una personalidad adaptada. Esta labor formativa no es perfecta y genera anomalías y contradicciones, que tratan de despolitizarse y ser reducidas a expresiones meramente patológicas o criminales. Este modelo de control se complementa además con la lucha por la destrucción de las referencias alternativas. La extensión suicida del orden capitalista mediante el imperialismo económico, ideológico y militar (a través de la acción de los estados, empresas y de organismos como el FMI, Banco Mundial, OMC, ONU, etc.) busca el dominio y la mercantilización de todos los aspectos de la vida. Un mundo global es un mundo progresivamente complejo, basado en la urbanización acelerada, en un modelo energético gigantista y en una gestión burocrática y autoritaria dependiente de un perpetuo desarrollo tecnológico. En este esquema no caben las formas de vida y de relación con el mundo regidas por otros valores, escalas y prácticas que plasmen y ejemplifiquen concepciones no capitalistas, que buscan la mayor armonía e identificación posibles con un entorno en el cual somos tan sólo una parte.
Institucionalización
Nos encontramos pues sometidos mayoritariamente a un sistema de dependencia y de artificialización social que conlleva un progresivo alejamiento de lo que sería el control directo sobre las bases materiales de nuestra vida. En el contexto occidental actual se da un proceso de deterioro y atomización social, de destrucción de las redes humanas de solidaridad y de emergencia del «sálvese quien pueda» como secuelas de una derrota generalizada. El Estado [1] asegura su dominio y la integración [2] de los individuos (el consenso social), prometiendo seguridad y orden y colonizando e institucionalizando [3] la vida colectiva. El Estado, por supuesto, no es algo monolítico ni ajeno a los individuos, sino que penetra y permea el tejido social y establece interrelaciones constantes.
Paralelo al proceso de pérdida de poder de los estados nacionales en el contexto internacional, a la extensión del modelo neoliberal y a la constitución de la Unión Europea, se han intensificado las políticas de gestión institucionalizada de determinadas parcelas de lo público. Este hecho ha sido reforzado por el realismo progresista y ciudadanista que reivindican la ampliación e intensificación del área de las políticas públicas, poniendo énfasis en su correcta gestión. La propuesta consiste en reforzar las estructuras estatales -en clave de gestión tecnocrática de lo social o de democracia participativa- como respuesta al avance del modelo desregularizador y privatizador, relegando en la práctica el redescubrimiento, la potenciación o la creación de formas de autogestión y organización comunitarias. Lo estatal-público y lo común entran en escena como dos concepciones a menudo confundidas, pero que implican opciones diferenciadas. Tal como afirma Ramón Germinal, «La mayoría de las personas confunden lo público con lo común. Escuela pública, sanidad pública, transportes públicos, calles públicas, etc., lo público es gestionado por las instituciones del Estado, lo que llaman administraciones públicas, ya sean Ayuntamientos, Juntas, Consejerías, Patronatos o Ministerios, salvo las ‘excepciones’ de concesiones administrativas a empresas privadas (gestión del agua, escuelas concertadas, etc.) En esto consiste el Estado del bienestar implantado en los países europeos después de la segunda guerra mundial. El contrato social establecido desde aquellas fechas por los gobiernos de turno y los sindicatos permitió al Estado apoderarse de la gestión de los bienes comunales para gestionarlos públicamente. (...) Lo público lo gestiona el Estado, lo comunal lo autogestionan los miembros de la comunidad. (...)
La izquierda estatista e incluso sectores antiestatistas han contribuido con su defensa de lo público a confundir los caminos, a escoger en esta encrucijada. La avanzadilla neoliberal de los años ochenta decía que el Estado debía devolver a la sociedad lo que se había apropiado cuarenta años antes con las políticas de gestión pública; dicho que se convirtió en un hecho con las privatizaciones de los años anteriores. Toda la izquierda defendió y defiende la gestión pública, estatal, arrinconando en la memoria lo comunal.» [4]
La democracia, como escuela de ciudadanía, ha reforzado la construcción de nuevos sujetos más institucionalizados. Está entrando en el mundo adulto una generación cuyas vidas han sido atravesadas en su totalidad por las instituciones. Sus trayectorias comienzan en el parto, siguen en la guardería [5] y la escuela y terminan en un asilo. Se produce así una naturalización de las imposiciones históricas y una incapacidad de pensar más allá de lo dado. Los cambios sociales (modelos familiares, estilos de vida y valores, incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo [6], etc.) han transformado también las concepciones con respecto al papel que las instituciones tienen que jugar. Se exigen más horas de escolarización, más subvenciones, más becas, más servicios sociales, más dinero para actividades culturales, etc., pero sin hacer un análisis que trascienda los propios condicionamientos estructurales e intereses individuales, que son llevados a lo colectivo por diversos mediadores sociales, cuyo objetivo es el reforzamiento de sus respectivas estructuras y posiciones dependientes del propio Estado. Ni análisis global (en clave transformadora), ni valoración de las consecuencias a largo plazo de las políticas de delegación y renuncia a la gestión de la propia vida, llevada por múltiples inercias e ilusiones consumistas. Sin embargo, además de la mencionada descomposición de lo social en clave de solidaridad y autogestión, esta tendencia también se traduce en una progresiva deshumanización por la ruptura de lazos solidarios y espacios comunitarios (abandono de hijos y ancianos y personas dependientes en manos de profesionales, delegación, irresponsabilidad, relaciones superficiales, individualismo, cinismo, soledad, aislamiento, etc.) que configuran un panorama nada halagüeño.
Cooptación
Es evidente que los tiempos son difíciles y llenos de miedos, incertidumbres y perspectivas inquietantes, que se suman a las muy serias limitaciones a la hora de actuar y a las escasas referencias alternativas. En este sentido, es comprensible que se quieran buscar seguridades y apoyos. Las instituciones ofrecen esa seguridad, tanto como reclutadoras de empleo público, como oferentes de servicios y ayudas monetarias. La perspectiva histórica del Estado ya no es la de una estructura parasitaria que reproduce la opresión y servidumbre sociales, sino algo de lo que tratar de sacar el mayor provecho posible. En el mejor de los casos, se percibe como un mal menor en un mundo tan complejo que es imposible gestionar de otra manera. Además, las instituciones -por lo menos en la actual coyuntura histórica- son progresistas (a veces incluso más que los propios colectivos sociales) y otorgan reconocimiento a ciertos reclamos o a fragmentos de luchas que terminan por ser deglutidos y tecnificados: internacionalismo derivado en ONGs, grupos de presión o colectivos políticos convertidos en observatorios, espacios vecinales transformados en centros cívicos, gaztetxes frente a locales municipales [7], etc. Ante la progresiva desaparición de cuerpo social con vocación autónoma y la tendencia a la descomposición de los lazos comunes, los problemas o espacios sociales (de convivencia, de subsistencia, de interrelación, etc.) son gestionados burocráticamente con una legión de funcionarios o profesionales, a los cuales se les encomienda (al margen de planteamientos bienintencionados y logros parciales) reforzar la legitimidad de los poderes públicos y la subordinación de los individuos.
La institucionalización es ante todo un proceso educativo. Se enseña a pedir, a delegar en los mecanismos ya establecidos, a no tener iniciativa de autoorganización. En este terreno se sitúa la siempre compleja cuestión de las subvenciones. La aceptación o el rechazo de las mismas cuenta con diversos argumentos respecto a los condicionamientos políticos, económicos o simbólicos que generan. Establecido un posicionamiento ético y político es posible diferenciar la unión a menudo interesada que se da entre los intereses individuales y los colectivos. En este sentido, a menudo se justifican políticamente prácticas concretas, que pueden ser entendibles a nivel personal, pero difícilmente sustentables a nivel político. Se impide de esta forma la clarificación que viene determinada por la contradicción entre los objetivos políticos y los condicionamientos sociales («Lo deseable o justo es X, pero yo en lo personal desgraciadamente hago Z»). Esta pérdida de la referencialidad ética o política (típica de la sociedad postmoderna) genera confusionismo en cuanto a los métodos de actuación y relativiza determinadas prácticas contradictorias. El peligro de las subvenciones y de otras cuestiones similares desde un punto de vista transformador es que a menudo condicionan material o simbólicamente la labor de quienes las reciben. Establecen además una paz o conciliación «de facto» con las instituciones, abonando el terreno a la participación «crítica» en los procesos institucionales (planes culturales y urbanísticos, gentrificación, legitimación política de las autoridades...) y facilitando la conversión de iniciativas sociales en trampolines de iniciativas de lucro particular convertidas en apéndice de las estrategias de control social. La política de subvenciones de todo tipo (culturales, asistencia social, etc.) se ha convertido, de este modo, en un elemento estratégico de la actuación institucional.
Tomando como ejemplo el área cultural (en sentido amplio e incluyendo la educación e investigación), ésta se convierte en estandarte de transformaciones urbanas (como la de Bilbao) y en uno de los sectores privilegiados de estas ayudas. Las grandes cantidades de dinero repartidas no buscan un supuesto progreso de las artes o de la investigación [8], sino más bien generar una red de clientelismo, buscar paz social (y su correlato de apatía y desinterés) y educar en incipientes mecanismos de corrupción, generando una nueva clase indolente e irresponsable, a veces con pose rebelde, vanguardista o comprometida, que acostumbrada al dinero fácil y a la mínima exigencia y esfuerzo, se mantiene en un estado de egocéntrica adolescencia, que no deja de generar daños colaterales [9]. Se podría decir que estamos ante el ascenso de un nueva clase: el mercenariado. Esto se aplica igualmente al despliegue despótico de cultura-espectáculo, una industria en crecimiento, que mercantiliza el saber e infantiliza más a la población. Por detrás de estas y otras, al fin y al cabo, migajas, se legitiman formas de alta corrupción generalizada y el despliegue casi sin oposición de millonarios planes y proyectos (infraestructuras comerciales y de transportes, parques comerciales, centros energéticos, reconversiones urbanas...) que intensifican las dinámicas de transformación y destrucción física y psicológica generadas por el capitalismo.
Esto no quiere decir que haya que demonizar cualquier práctica de relación con lo institucional (vista en su contexto y su complejidad) ni idealizar las prácticas de «autogestión»; o que si no se piden ayudas o subvenciones se está «fuera» del sistema, ya que hoy en día no existe tal afuera [10]. La coherencia o la posibilidad de empezar a romper con determinadas lógicas tiene que ver con el establecimiento de procesos individuales y colectivos, que conllevan tiempo y esfuerzo y son siempre complejos y problemáticos. En cualquier caso, la cuestión económica u otro tipo de condicionamientos, aún siendo fundamentales, no pueden servir para justificar políticamente determinadas actuaciones. Si se apuesta realmente por algo diferente, se deben problematizar y no naturalizar dichos condicionamientos.
Cambiar la lógica
Plantear una crítica al modelo de dependencia institucional no quiere decir que no se tenga en cuenta el contexto en el que vivimos ni que se proponga acabar con todo de la noche a la mañana, ya que nuestra dependencia del engranaje social es grande y carecemos de la capacidad de gestionarlo en toda su complejidad [11]. Se trata más bien de establecer una lógica de construcción de una subjetividad y unas prácticas diferentes que puedan abrir espacios a la autogestión y a la autonomía personal y colectiva, como base de una libertad responsable y no de la actual esclavitud alienada. Aferrándonos sin más al paliativo de las instituciones y sus mecanismos de dominación e integración, no conseguiremos más que apuntalar el desastre. Quizás sea más fácil criticar que hacer propuestas, pero en cualquier caso -y ante el desierto social que se extiende- es clave ser conscientes de en que momento histórico nos ha tocado vivir y clarificar (con las menores fantasías ideológicas o autojustificaciones posibles) cuáles son las formas de sumisión a las que se nos someten. Al margen de lo poco o mucho que podamos hacer, y si realmente ansiamos o soñamos con otra realidad, es necesario tener referencias éticas, vitales o colectivas a las que remitirnos, tratando de aclarar y definir cuáles son nuestras metas y encaminar nuestros proyectos hacia ellas de forma exigente y comprometida. Si renunciamos a la capacidad de pensar críticamente nuestra vida y de proponer nuestro propios caminos estaremos echando agua sobre los rescoldos de cualquier futuro incendio.
Argia Landariz
[1] «Los anarquistas se sirven ordinariamente de la palabra Estado para expresar todo el conjunto de instituciones políticas, legislativas, judiciales, militares, financieras, etc. por medio de las cuales se sustrae al pueblo la gestión de sus propios asuntos, la dirección de su propia seguridad, para confiarla a unos cuantos que, con usurpación o delegación, se encuentran investidos de la facultad de hacer leyes sobre todo y de compeler al pueblo a ajustar a ellas su conducta, valiéndose, al efecto de la fuerza» Errico Malatesta, citado por Ramón Germinal en Vivir en el alambre y otros escritos, ed. Likiniano Elkartea, Bilbao, 2005, pág. 94.
[2] «Considerando lo que se podría denominar “efectos negativos” del sistema, creo que podrían distinguirse dos tendencias: se observa un efecto de dependencia por integración y un efecto de dependencia por marginación y exclusión. Es preciso reaccionar contra ambos.
Existe, creo, la necesidad de resistir al fenómeno de integración. Todo un dispositivo de cobertura social, de hecho, no beneficia plenamente al individuo más que si este se encuentra integrado en su medio de trabajo, en su medio familiar o en su medio geográfico.» Foucault, Michael: Saber y verdad, Ediciones de la piqueta, Pp.210.
[3] La institucionalización social puede ser entendida como estrategia de poder que produce sujetos dependientes, inmóviles y sumisos. Implica una presencia «capilar» de las instituciones dentro del tejido social. Su función consiste en dinamizar y dirigir las prácticas sociales y políticas en un clima de consenso muy generalizado.
«Lo que generalmente se llama “institución” es todo comportamiento más o menos forzado, aprendido. Todo lo que en una sociedad funciona como sistema de coacción, sin ser enunciado, en resumen, todo lo social no-discursivo, eso es la institución» Foucault, Michael: Saber y verdad, Ediciones de la piqueta, Pp.131.
[4] Ramón Germinal, Op. Cit., pág. 63.
[5] En la actualidad, por ejemplo, se concibe como una demanda progresista el reclamar guarderías de cero a tres años (una época clave en la vida de las personas). Se da prioridad al trabajo remunerado (por su condición de recompensa económica y social) con respecto al de crianza (totalmente desvalorizado, que en gran medida se va profesionalizado y mecanizando). Igualmente, en la relación educación-familia-Estado y salvo excepciones, resulta casi imposible plantear y menos llevar a la práctica formas de colectivización o socialización de la educación como opuestas a un modelo institucional impersonal, disciplinario y adoctrinador.
[6] (6) Con la entrada de la mujer en el esquema laboral-patriarcal moderno se podría decir, en cierto modo, que los niños pasan a de tener un padre y una madre a tener dos padres (en cuanto al rol tradicional asignado socialmente a cada sexo).
[7] Es paradigmático y pionero el ejemplo de Bilborock, espacio abierto tras (y para justificar) el desalojo del gaztetxe del Casco Viejo de Bilbao en 1992. En esta antigua iglesia se ofrece cultura subvencionada y gestionada municipalmente y locales de ensayo para grupos. Sin idealizar los espacios okupados y autogestionados (también afectados por muchas carencias), el hecho es que las instituciones cambian autogestión por comodidad y van con ello conformando un tipo de personalidad y práctica social sumisa, que acaba reivindicando la dependencia.
[8] El nivel de exigencia y de control de los resultados becas y subvenciones es en muchos casos ínfimo.
[9] A menudo, -y de forma más o menos consciente o bienintencionada- se participa o se colabora con planes institucionales o parainstitucionales cuyo accionar puede acarrear graves costes sobre terceros (ej. sectores marginados sometidos a la experimentación en laboratorios sociales, avanzadilla de políticas de reconversión urbana y control social, etc.)
[10] El gueto político es atravesado igual que el resto por este proceso. Las prácticas cotidianas son muy similares a las de fuera del gueto, se aspira a las mismas metas y se siguen los mismos caminos. Nadie quiere automarginarse.
[11] ¿Qué hacemos, por ejemplo, en una hipotética sociedad nueva con las nucleares y otras nocividades heredadas?
Introducción
La capacidad de analizar la realidad que nos rodea y de pensar y desear un modelo social distinto constituyen la base psicológica y la subjetividad necesarias para afrontar cualquier transformación de la realidad. Las «condiciones materiales» en las que nos desenvolvemos son también fundamentales, pero de algún modo tiene que existir un deseo y haber una conciencia de nuestras necesidades para que aquellos puedan desarrollarse. En este sentido, el concepto de alienación es importante para entender porqué en situaciones donde existen «la condiciones objetivas» las personas no son conscientes o no desean rebelarse o hacer un uso amplio de su libertad frente a situaciones de opresión, ya sea esta económica o más espiritual.
En este texto se pretende abordar la cuestión de cómo se ha reducido la capacidad de vida autónoma individual y colectiva y de cómo el poder (bien sea estatal o paraestatal) ha ido acaparando cada vez mayores parcelas de este terreno perdido. Este proceso es complejo, contradictorio y multifactorial, y presenta diferentes caras según la zona del planeta donde nos ubiquemos. Aquí analizaré brevemente algunas implicaciones de esta situación en el mundo occidental y, más en concreto, en ciertos aspectos referentes al contexto vasco, que es reflejo visible de una tendencia general en la llamada Europa del capital.
Alienación
La alienación y el control físico-mental son elementos presentes en la historia de la humanidad, pero en el actual mundo globalizado el sistema de adoctrinamiento y la dependencia de los individuos han llegado a cotas inimaginables. La extensión de los aparatos ideológicos del poder del Estado (escuela, medios de comunicación, consumo, ideología del bienestar, etc.) ha alcanzado prácticamente a todos los espacios donde se desenvuelve la vida social, sometiéndolos a su dictadura, sutil a menudo, pero siempre implacable.
Desde que las personas nacen son objeto de una guerra psicológica sistemática que busca el control del pensamiento (en el sentido orwelliano) y la conformación de una personalidad adaptada. Esta labor formativa no es perfecta y genera anomalías y contradicciones, que tratan de despolitizarse y ser reducidas a expresiones meramente patológicas o criminales. Este modelo de control se complementa además con la lucha por la destrucción de las referencias alternativas. La extensión suicida del orden capitalista mediante el imperialismo económico, ideológico y militar (a través de la acción de los estados, empresas y de organismos como el FMI, Banco Mundial, OMC, ONU, etc.) busca el dominio y la mercantilización de todos los aspectos de la vida. Un mundo global es un mundo progresivamente complejo, basado en la urbanización acelerada, en un modelo energético gigantista y en una gestión burocrática y autoritaria dependiente de un perpetuo desarrollo tecnológico. En este esquema no caben las formas de vida y de relación con el mundo regidas por otros valores, escalas y prácticas que plasmen y ejemplifiquen concepciones no capitalistas, que buscan la mayor armonía e identificación posibles con un entorno en el cual somos tan sólo una parte.
Institucionalización
Nos encontramos pues sometidos mayoritariamente a un sistema de dependencia y de artificialización social que conlleva un progresivo alejamiento de lo que sería el control directo sobre las bases materiales de nuestra vida. En el contexto occidental actual se da un proceso de deterioro y atomización social, de destrucción de las redes humanas de solidaridad y de emergencia del «sálvese quien pueda» como secuelas de una derrota generalizada. El Estado [1] asegura su dominio y la integración [2] de los individuos (el consenso social), prometiendo seguridad y orden y colonizando e institucionalizando [3] la vida colectiva. El Estado, por supuesto, no es algo monolítico ni ajeno a los individuos, sino que penetra y permea el tejido social y establece interrelaciones constantes.
Paralelo al proceso de pérdida de poder de los estados nacionales en el contexto internacional, a la extensión del modelo neoliberal y a la constitución de la Unión Europea, se han intensificado las políticas de gestión institucionalizada de determinadas parcelas de lo público. Este hecho ha sido reforzado por el realismo progresista y ciudadanista que reivindican la ampliación e intensificación del área de las políticas públicas, poniendo énfasis en su correcta gestión. La propuesta consiste en reforzar las estructuras estatales -en clave de gestión tecnocrática de lo social o de democracia participativa- como respuesta al avance del modelo desregularizador y privatizador, relegando en la práctica el redescubrimiento, la potenciación o la creación de formas de autogestión y organización comunitarias. Lo estatal-público y lo común entran en escena como dos concepciones a menudo confundidas, pero que implican opciones diferenciadas. Tal como afirma Ramón Germinal, «La mayoría de las personas confunden lo público con lo común. Escuela pública, sanidad pública, transportes públicos, calles públicas, etc., lo público es gestionado por las instituciones del Estado, lo que llaman administraciones públicas, ya sean Ayuntamientos, Juntas, Consejerías, Patronatos o Ministerios, salvo las ‘excepciones’ de concesiones administrativas a empresas privadas (gestión del agua, escuelas concertadas, etc.) En esto consiste el Estado del bienestar implantado en los países europeos después de la segunda guerra mundial. El contrato social establecido desde aquellas fechas por los gobiernos de turno y los sindicatos permitió al Estado apoderarse de la gestión de los bienes comunales para gestionarlos públicamente. (...) Lo público lo gestiona el Estado, lo comunal lo autogestionan los miembros de la comunidad. (...)
La izquierda estatista e incluso sectores antiestatistas han contribuido con su defensa de lo público a confundir los caminos, a escoger en esta encrucijada. La avanzadilla neoliberal de los años ochenta decía que el Estado debía devolver a la sociedad lo que se había apropiado cuarenta años antes con las políticas de gestión pública; dicho que se convirtió en un hecho con las privatizaciones de los años anteriores. Toda la izquierda defendió y defiende la gestión pública, estatal, arrinconando en la memoria lo comunal.» [4]
La democracia, como escuela de ciudadanía, ha reforzado la construcción de nuevos sujetos más institucionalizados. Está entrando en el mundo adulto una generación cuyas vidas han sido atravesadas en su totalidad por las instituciones. Sus trayectorias comienzan en el parto, siguen en la guardería [5] y la escuela y terminan en un asilo. Se produce así una naturalización de las imposiciones históricas y una incapacidad de pensar más allá de lo dado. Los cambios sociales (modelos familiares, estilos de vida y valores, incorporación masiva de la mujer al mercado de trabajo [6], etc.) han transformado también las concepciones con respecto al papel que las instituciones tienen que jugar. Se exigen más horas de escolarización, más subvenciones, más becas, más servicios sociales, más dinero para actividades culturales, etc., pero sin hacer un análisis que trascienda los propios condicionamientos estructurales e intereses individuales, que son llevados a lo colectivo por diversos mediadores sociales, cuyo objetivo es el reforzamiento de sus respectivas estructuras y posiciones dependientes del propio Estado. Ni análisis global (en clave transformadora), ni valoración de las consecuencias a largo plazo de las políticas de delegación y renuncia a la gestión de la propia vida, llevada por múltiples inercias e ilusiones consumistas. Sin embargo, además de la mencionada descomposición de lo social en clave de solidaridad y autogestión, esta tendencia también se traduce en una progresiva deshumanización por la ruptura de lazos solidarios y espacios comunitarios (abandono de hijos y ancianos y personas dependientes en manos de profesionales, delegación, irresponsabilidad, relaciones superficiales, individualismo, cinismo, soledad, aislamiento, etc.) que configuran un panorama nada halagüeño.
Cooptación
Es evidente que los tiempos son difíciles y llenos de miedos, incertidumbres y perspectivas inquietantes, que se suman a las muy serias limitaciones a la hora de actuar y a las escasas referencias alternativas. En este sentido, es comprensible que se quieran buscar seguridades y apoyos. Las instituciones ofrecen esa seguridad, tanto como reclutadoras de empleo público, como oferentes de servicios y ayudas monetarias. La perspectiva histórica del Estado ya no es la de una estructura parasitaria que reproduce la opresión y servidumbre sociales, sino algo de lo que tratar de sacar el mayor provecho posible. En el mejor de los casos, se percibe como un mal menor en un mundo tan complejo que es imposible gestionar de otra manera. Además, las instituciones -por lo menos en la actual coyuntura histórica- son progresistas (a veces incluso más que los propios colectivos sociales) y otorgan reconocimiento a ciertos reclamos o a fragmentos de luchas que terminan por ser deglutidos y tecnificados: internacionalismo derivado en ONGs, grupos de presión o colectivos políticos convertidos en observatorios, espacios vecinales transformados en centros cívicos, gaztetxes frente a locales municipales [7], etc. Ante la progresiva desaparición de cuerpo social con vocación autónoma y la tendencia a la descomposición de los lazos comunes, los problemas o espacios sociales (de convivencia, de subsistencia, de interrelación, etc.) son gestionados burocráticamente con una legión de funcionarios o profesionales, a los cuales se les encomienda (al margen de planteamientos bienintencionados y logros parciales) reforzar la legitimidad de los poderes públicos y la subordinación de los individuos.
La institucionalización es ante todo un proceso educativo. Se enseña a pedir, a delegar en los mecanismos ya establecidos, a no tener iniciativa de autoorganización. En este terreno se sitúa la siempre compleja cuestión de las subvenciones. La aceptación o el rechazo de las mismas cuenta con diversos argumentos respecto a los condicionamientos políticos, económicos o simbólicos que generan. Establecido un posicionamiento ético y político es posible diferenciar la unión a menudo interesada que se da entre los intereses individuales y los colectivos. En este sentido, a menudo se justifican políticamente prácticas concretas, que pueden ser entendibles a nivel personal, pero difícilmente sustentables a nivel político. Se impide de esta forma la clarificación que viene determinada por la contradicción entre los objetivos políticos y los condicionamientos sociales («Lo deseable o justo es X, pero yo en lo personal desgraciadamente hago Z»). Esta pérdida de la referencialidad ética o política (típica de la sociedad postmoderna) genera confusionismo en cuanto a los métodos de actuación y relativiza determinadas prácticas contradictorias. El peligro de las subvenciones y de otras cuestiones similares desde un punto de vista transformador es que a menudo condicionan material o simbólicamente la labor de quienes las reciben. Establecen además una paz o conciliación «de facto» con las instituciones, abonando el terreno a la participación «crítica» en los procesos institucionales (planes culturales y urbanísticos, gentrificación, legitimación política de las autoridades...) y facilitando la conversión de iniciativas sociales en trampolines de iniciativas de lucro particular convertidas en apéndice de las estrategias de control social. La política de subvenciones de todo tipo (culturales, asistencia social, etc.) se ha convertido, de este modo, en un elemento estratégico de la actuación institucional.
Tomando como ejemplo el área cultural (en sentido amplio e incluyendo la educación e investigación), ésta se convierte en estandarte de transformaciones urbanas (como la de Bilbao) y en uno de los sectores privilegiados de estas ayudas. Las grandes cantidades de dinero repartidas no buscan un supuesto progreso de las artes o de la investigación [8], sino más bien generar una red de clientelismo, buscar paz social (y su correlato de apatía y desinterés) y educar en incipientes mecanismos de corrupción, generando una nueva clase indolente e irresponsable, a veces con pose rebelde, vanguardista o comprometida, que acostumbrada al dinero fácil y a la mínima exigencia y esfuerzo, se mantiene en un estado de egocéntrica adolescencia, que no deja de generar daños colaterales [9]. Se podría decir que estamos ante el ascenso de un nueva clase: el mercenariado. Esto se aplica igualmente al despliegue despótico de cultura-espectáculo, una industria en crecimiento, que mercantiliza el saber e infantiliza más a la población. Por detrás de estas y otras, al fin y al cabo, migajas, se legitiman formas de alta corrupción generalizada y el despliegue casi sin oposición de millonarios planes y proyectos (infraestructuras comerciales y de transportes, parques comerciales, centros energéticos, reconversiones urbanas...) que intensifican las dinámicas de transformación y destrucción física y psicológica generadas por el capitalismo.
Esto no quiere decir que haya que demonizar cualquier práctica de relación con lo institucional (vista en su contexto y su complejidad) ni idealizar las prácticas de «autogestión»; o que si no se piden ayudas o subvenciones se está «fuera» del sistema, ya que hoy en día no existe tal afuera [10]. La coherencia o la posibilidad de empezar a romper con determinadas lógicas tiene que ver con el establecimiento de procesos individuales y colectivos, que conllevan tiempo y esfuerzo y son siempre complejos y problemáticos. En cualquier caso, la cuestión económica u otro tipo de condicionamientos, aún siendo fundamentales, no pueden servir para justificar políticamente determinadas actuaciones. Si se apuesta realmente por algo diferente, se deben problematizar y no naturalizar dichos condicionamientos.
Cambiar la lógica
Plantear una crítica al modelo de dependencia institucional no quiere decir que no se tenga en cuenta el contexto en el que vivimos ni que se proponga acabar con todo de la noche a la mañana, ya que nuestra dependencia del engranaje social es grande y carecemos de la capacidad de gestionarlo en toda su complejidad [11]. Se trata más bien de establecer una lógica de construcción de una subjetividad y unas prácticas diferentes que puedan abrir espacios a la autogestión y a la autonomía personal y colectiva, como base de una libertad responsable y no de la actual esclavitud alienada. Aferrándonos sin más al paliativo de las instituciones y sus mecanismos de dominación e integración, no conseguiremos más que apuntalar el desastre. Quizás sea más fácil criticar que hacer propuestas, pero en cualquier caso -y ante el desierto social que se extiende- es clave ser conscientes de en que momento histórico nos ha tocado vivir y clarificar (con las menores fantasías ideológicas o autojustificaciones posibles) cuáles son las formas de sumisión a las que se nos someten. Al margen de lo poco o mucho que podamos hacer, y si realmente ansiamos o soñamos con otra realidad, es necesario tener referencias éticas, vitales o colectivas a las que remitirnos, tratando de aclarar y definir cuáles son nuestras metas y encaminar nuestros proyectos hacia ellas de forma exigente y comprometida. Si renunciamos a la capacidad de pensar críticamente nuestra vida y de proponer nuestro propios caminos estaremos echando agua sobre los rescoldos de cualquier futuro incendio.
Argia Landariz
[1] «Los anarquistas se sirven ordinariamente de la palabra Estado para expresar todo el conjunto de instituciones políticas, legislativas, judiciales, militares, financieras, etc. por medio de las cuales se sustrae al pueblo la gestión de sus propios asuntos, la dirección de su propia seguridad, para confiarla a unos cuantos que, con usurpación o delegación, se encuentran investidos de la facultad de hacer leyes sobre todo y de compeler al pueblo a ajustar a ellas su conducta, valiéndose, al efecto de la fuerza» Errico Malatesta, citado por Ramón Germinal en Vivir en el alambre y otros escritos, ed. Likiniano Elkartea, Bilbao, 2005, pág. 94.
[2] «Considerando lo que se podría denominar “efectos negativos” del sistema, creo que podrían distinguirse dos tendencias: se observa un efecto de dependencia por integración y un efecto de dependencia por marginación y exclusión. Es preciso reaccionar contra ambos.
Existe, creo, la necesidad de resistir al fenómeno de integración. Todo un dispositivo de cobertura social, de hecho, no beneficia plenamente al individuo más que si este se encuentra integrado en su medio de trabajo, en su medio familiar o en su medio geográfico.» Foucault, Michael: Saber y verdad, Ediciones de la piqueta, Pp.210.
[3] La institucionalización social puede ser entendida como estrategia de poder que produce sujetos dependientes, inmóviles y sumisos. Implica una presencia «capilar» de las instituciones dentro del tejido social. Su función consiste en dinamizar y dirigir las prácticas sociales y políticas en un clima de consenso muy generalizado.
«Lo que generalmente se llama “institución” es todo comportamiento más o menos forzado, aprendido. Todo lo que en una sociedad funciona como sistema de coacción, sin ser enunciado, en resumen, todo lo social no-discursivo, eso es la institución» Foucault, Michael: Saber y verdad, Ediciones de la piqueta, Pp.131.
[4] Ramón Germinal, Op. Cit., pág. 63.
[5] En la actualidad, por ejemplo, se concibe como una demanda progresista el reclamar guarderías de cero a tres años (una época clave en la vida de las personas). Se da prioridad al trabajo remunerado (por su condición de recompensa económica y social) con respecto al de crianza (totalmente desvalorizado, que en gran medida se va profesionalizado y mecanizando). Igualmente, en la relación educación-familia-Estado y salvo excepciones, resulta casi imposible plantear y menos llevar a la práctica formas de colectivización o socialización de la educación como opuestas a un modelo institucional impersonal, disciplinario y adoctrinador.
[6] (6) Con la entrada de la mujer en el esquema laboral-patriarcal moderno se podría decir, en cierto modo, que los niños pasan a de tener un padre y una madre a tener dos padres (en cuanto al rol tradicional asignado socialmente a cada sexo).
[7] Es paradigmático y pionero el ejemplo de Bilborock, espacio abierto tras (y para justificar) el desalojo del gaztetxe del Casco Viejo de Bilbao en 1992. En esta antigua iglesia se ofrece cultura subvencionada y gestionada municipalmente y locales de ensayo para grupos. Sin idealizar los espacios okupados y autogestionados (también afectados por muchas carencias), el hecho es que las instituciones cambian autogestión por comodidad y van con ello conformando un tipo de personalidad y práctica social sumisa, que acaba reivindicando la dependencia.
[8] El nivel de exigencia y de control de los resultados becas y subvenciones es en muchos casos ínfimo.
[9] A menudo, -y de forma más o menos consciente o bienintencionada- se participa o se colabora con planes institucionales o parainstitucionales cuyo accionar puede acarrear graves costes sobre terceros (ej. sectores marginados sometidos a la experimentación en laboratorios sociales, avanzadilla de políticas de reconversión urbana y control social, etc.)
[10] El gueto político es atravesado igual que el resto por este proceso. Las prácticas cotidianas son muy similares a las de fuera del gueto, se aspira a las mismas metas y se siguen los mismos caminos. Nadie quiere automarginarse.
[11] ¿Qué hacemos, por ejemplo, en una hipotética sociedad nueva con las nucleares y otras nocividades heredadas?
Autónoma, pública, laica
Publicado por Aguila en 11/15/2007 02:44:00 p.m.
Teodoro Rentería Arróyave
El actual director de la Facultad de Medicina, doctor José Narro Robles, ha sido designado nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México para el periodo 2007-2011, por la Junta de Gobierno de la propia Máxima Casa de Estudios tras una larga jornada de auscultación en la comunidad universitaria.
Ya elegido el sucesor del reconocido Juan Ramón de la Fuente y terminada por consecuencia la etapa electoral, deben de quedar fuera todos los apelativos. Ahora lo sustancial es el compromiso del nuevo rector, José Narro Robles “en sostener el carácter nacional, autónomo, público, gratuito y laico” de la UNAM, así como sus principios de libertad de cátedra e investigación y su decidido compromiso social.
Se han dicho y escrito varias críticas contra la Junta de Gobierno en el sentido de acusarla de un "consejo de nobles" y de que la práctica de la misma no es democrática por obsoleta. A ello debemos dejar muy en claro que la Junta de Gobierno, como institución, no se ha equivocada desde que se creo con motivo de la autonomía de la Universidad, número uno del país, que se logró en 1929. Todos los rectores, desde esa fecha hasta Juan Ramón de la Fuente han estado a la altura de las circunstancias para el engrandecimiento de ese gran reducto de la educación pública superior.
José Narro Robles obtuvo la licenciatura en medicina con mención honorífica en la Facultad de la que hasta ahora es director cuando tenía 26 años. Desde esa época se integró plenamente a la UNAM como catedrático e investigador; con especial calidad, además, ha desempeñado diferentes puestos en la administración federal y en el Distrito Federal tanto en las secretarías de Gobierno como en las de Salud.
El mencionado médico asumirá funciones el próximo 17 y rendirá protesta el 20, al convertirse en el rector número 62 de la UNAM. Su especialidad y su mayor preocupación es la medicina social, por lo que se le reconoce como un gran promotor en la materia. Sobre esas materias ha publicado 56 artículos científicos en revistas nacionales e internacionales especializadas.
Es de mencionarse que sus amigos y hasta adversarios lo reconocen como un “hombre de palabra” que respeta cualquier acuerdo. En su dinámica de trabajo y estudio la exigencia y disciplina son valores personales que, también sus críticos aseguran que lo llevan a ser inflexible en sus decisiones, es decir “autoritario”. Actitud, que otros la consideran como un atributo más en su consistencia profesional.
A pregunta expresa de los reporteros en la primera rueda de prensa, de la cual salió muy bien librado, aseguró: “No vi guerra sucia y si hubo, se lava en casa”, en la misma se comprometió con la UNAM a fortalecer su autonomía, sus principios, pero sobre todo su carácter público, y tajante rechazó que haya sido el candidato de Juan Ramón de la Fuente. “Yo soy el candidato de la comunidad universitaria.”, concluyó.
En efecto, todos los mexicanos, todos los universitarios debemos comprender que el periodo electoral ya pasó, que la Máxima Casa de Estudios tiene ya nuevo rector. El apoyo de la comunidad es de vital importancia ante los amagos contra la educación pública y laica, que desde siempre hemos denunciado. Ahora a trabajar con el rector José Narro Robles por el bien de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México y por ende, por el de la nación.
El actual director de la Facultad de Medicina, doctor José Narro Robles, ha sido designado nuevo rector de la Universidad Nacional Autónoma de México para el periodo 2007-2011, por la Junta de Gobierno de la propia Máxima Casa de Estudios tras una larga jornada de auscultación en la comunidad universitaria.
Ya elegido el sucesor del reconocido Juan Ramón de la Fuente y terminada por consecuencia la etapa electoral, deben de quedar fuera todos los apelativos. Ahora lo sustancial es el compromiso del nuevo rector, José Narro Robles “en sostener el carácter nacional, autónomo, público, gratuito y laico” de la UNAM, así como sus principios de libertad de cátedra e investigación y su decidido compromiso social.
Se han dicho y escrito varias críticas contra la Junta de Gobierno en el sentido de acusarla de un "consejo de nobles" y de que la práctica de la misma no es democrática por obsoleta. A ello debemos dejar muy en claro que la Junta de Gobierno, como institución, no se ha equivocada desde que se creo con motivo de la autonomía de la Universidad, número uno del país, que se logró en 1929. Todos los rectores, desde esa fecha hasta Juan Ramón de la Fuente han estado a la altura de las circunstancias para el engrandecimiento de ese gran reducto de la educación pública superior.
José Narro Robles obtuvo la licenciatura en medicina con mención honorífica en la Facultad de la que hasta ahora es director cuando tenía 26 años. Desde esa época se integró plenamente a la UNAM como catedrático e investigador; con especial calidad, además, ha desempeñado diferentes puestos en la administración federal y en el Distrito Federal tanto en las secretarías de Gobierno como en las de Salud.
El mencionado médico asumirá funciones el próximo 17 y rendirá protesta el 20, al convertirse en el rector número 62 de la UNAM. Su especialidad y su mayor preocupación es la medicina social, por lo que se le reconoce como un gran promotor en la materia. Sobre esas materias ha publicado 56 artículos científicos en revistas nacionales e internacionales especializadas.
Es de mencionarse que sus amigos y hasta adversarios lo reconocen como un “hombre de palabra” que respeta cualquier acuerdo. En su dinámica de trabajo y estudio la exigencia y disciplina son valores personales que, también sus críticos aseguran que lo llevan a ser inflexible en sus decisiones, es decir “autoritario”. Actitud, que otros la consideran como un atributo más en su consistencia profesional.
A pregunta expresa de los reporteros en la primera rueda de prensa, de la cual salió muy bien librado, aseguró: “No vi guerra sucia y si hubo, se lava en casa”, en la misma se comprometió con la UNAM a fortalecer su autonomía, sus principios, pero sobre todo su carácter público, y tajante rechazó que haya sido el candidato de Juan Ramón de la Fuente. “Yo soy el candidato de la comunidad universitaria.”, concluyó.
En efecto, todos los mexicanos, todos los universitarios debemos comprender que el periodo electoral ya pasó, que la Máxima Casa de Estudios tiene ya nuevo rector. El apoyo de la comunidad es de vital importancia ante los amagos contra la educación pública y laica, que desde siempre hemos denunciado. Ahora a trabajar con el rector José Narro Robles por el bien de nuestra Universidad Nacional Autónoma de México y por ende, por el de la nación.
La Iniciativa Medellín
Publicado por Aguila en 11/15/2007 02:32:00 p.m.
Jorge Eduardo Navarrete
Alguien en la radio incurrió en el explicable lapsus de aludir así a lo que casi todo mundo llama Plan México, oficialmente designado Iniciativa Mérida. Este bautizo obedeció al deseo de la administración mexicana de evitar toda asociación con el Plan Colombia, aunque sea evidente que ambos ejercicios son operaciones de asistencia decididas e instrumentadas por Estados Unidos para ser ejecutadas en un tercer país, sea éste México o Colombia. Ambos planes tienen el mismo ADN, lo que no implica que sean iguales en sus fisonomías. Este prurito ha tenido un lamentable corolario: en las tres semanas desde su anuncio, la titular y otros funcionarios de Relaciones Exteriores han repetido hasta el hastío lo que no es el plan, sin llegar a aclarar todavía, de manera suficiente, en qué consiste. La impresión predominante es la de que sólo se ha revelado el ápice del iceberg y persiste una idea muy vaga y parcial de su dimensión y alcances. Para acercarse a éstas, conviene repasar algunos antecedentes y contenidos de la Iniciativa Mérida.
Pocos recuerdan que hace alrededor de 40 años Estados Unidos impuso la Operación Intercepción, destinada a detener el tránsito de estupefacientes a través del lindero esculcando hasta la fatiga a los mexicanos que lo atravesaban. Los cruces fronterizos, principal dinámica de la vida en el área, estuvieron a punto de congelarse. En otros momentos de los siguientes decenios se han transferido a México equipos y tecnologías cuya efectividad no ha perdurado. El Plan México resulta, en muchos aspectos, una versión modernizada y con recursos técnicos actualizados de esos anteriores esfuerzos fallidos.
Ante la demanda de información de algunos legisladores, se ha declarado que, por tratarse de un “compromiso político”, no hay todavía textos que puedan ser presentados a la consideración del Congreso. En la vida internacional, los compromisos políticos se expresan en acuerdos o tratados para dotarlos de formalidad y transparencia. Mantenerlos como meros compromisos es un recurso lamentable e inútil para evitar el escrutinio legislativo y de la opinión pública.
Según declaración del subsecretario de Estado asistente, Thomas Shannon, “los mexicanos nos presentaron un documento de estrategia en el que expresan su concepción o punto de vista de las amenazas de seguridad a las que México hace frente y de los desafíos comunes y la naturaleza compartida de tal amago, especialmente en el norte de México...” ¿Cuántos años habrá que esperar para que esta solicitud, entregada formalmente al gobierno estadunidense, sea conocida en México? Quizá venga primero su desclasificación en Estados Unidos.
El otro documento, que ha circulado informalmente, es una “traducción no oficial” de la petición entregada por el gobierno Bush al Congreso en la que se detalla cómo se propone distribuir los 500 millones de dólares que en el primer año se dedicarían a financiar la Iniciativa. Habría recursos para finalidades sorprendentes. Ejemplos, el Instituto Nacional de Migración recibiría servicios, valuados en 31.3 millones de dólares, para, entre otras cosas, modernizar sus bases de datos y su sistema de verificación de documentos. Ante esto, conviene recordar que fue la directora del INM quien declaró que el Plan México era “una prueba de la fortaleza del gobierno mexicano”. Parte de los 60.7 millones de dólares que se canalizarían a la PGR estaría destinada a “capacitación para llevar a cabo procesos de extradición”. En realidad, ¿no sería preferible financiar este tipo de acciones, sin aceptar el sometimiento que supone la donación o el crédito foráneo?
No se ha señalado, por cierto, si los 500 millones de dólares para 2008 (y los 900 adicionales para los siguientes dos o tres años) van a constituir una donación pura y simple o van a ser rembolsables y en qué condiciones. Más allá de este aspecto, que no es menor, la cuestión de fondo es la antes planteada: ¿por qué acudir a la ayuda externa –el Plan México calificaría como una operación de asistencia oficial al desarrollo: recursos presupuestales que un país donante entrega a una nación pobre– cuando, por su monto y sus características, sería por completo factible que México lo financiara, con una fracción, por ejemplo, de los ingresos excedentes derivados de la exportación de petróleo? ¿Por qué elegir la ruta del sometimiento en lugar del camino de la autonomía?
Es claro que se requiere de la cooperación bilateral y multilateral para combatir el narcotráfico y otras manifestaciones del crimen organizado. México podría abordar las acciones de cooperación desde una posición fortalecida si no demandase ayudas técnicas o de suministro.
Además, sería más efectivo para los objetivos proclamados de la Iniciativa Mérida que Estados Unidos invirtiese los recursos que va a donar o a prestar a México en sus propias acciones de control de demanda, persecución del narcotráfico en su territorio y combate efectivo de las acciones de lavado de dinero.
Alguien en la radio incurrió en el explicable lapsus de aludir así a lo que casi todo mundo llama Plan México, oficialmente designado Iniciativa Mérida. Este bautizo obedeció al deseo de la administración mexicana de evitar toda asociación con el Plan Colombia, aunque sea evidente que ambos ejercicios son operaciones de asistencia decididas e instrumentadas por Estados Unidos para ser ejecutadas en un tercer país, sea éste México o Colombia. Ambos planes tienen el mismo ADN, lo que no implica que sean iguales en sus fisonomías. Este prurito ha tenido un lamentable corolario: en las tres semanas desde su anuncio, la titular y otros funcionarios de Relaciones Exteriores han repetido hasta el hastío lo que no es el plan, sin llegar a aclarar todavía, de manera suficiente, en qué consiste. La impresión predominante es la de que sólo se ha revelado el ápice del iceberg y persiste una idea muy vaga y parcial de su dimensión y alcances. Para acercarse a éstas, conviene repasar algunos antecedentes y contenidos de la Iniciativa Mérida.
Pocos recuerdan que hace alrededor de 40 años Estados Unidos impuso la Operación Intercepción, destinada a detener el tránsito de estupefacientes a través del lindero esculcando hasta la fatiga a los mexicanos que lo atravesaban. Los cruces fronterizos, principal dinámica de la vida en el área, estuvieron a punto de congelarse. En otros momentos de los siguientes decenios se han transferido a México equipos y tecnologías cuya efectividad no ha perdurado. El Plan México resulta, en muchos aspectos, una versión modernizada y con recursos técnicos actualizados de esos anteriores esfuerzos fallidos.
Ante la demanda de información de algunos legisladores, se ha declarado que, por tratarse de un “compromiso político”, no hay todavía textos que puedan ser presentados a la consideración del Congreso. En la vida internacional, los compromisos políticos se expresan en acuerdos o tratados para dotarlos de formalidad y transparencia. Mantenerlos como meros compromisos es un recurso lamentable e inútil para evitar el escrutinio legislativo y de la opinión pública.
Según declaración del subsecretario de Estado asistente, Thomas Shannon, “los mexicanos nos presentaron un documento de estrategia en el que expresan su concepción o punto de vista de las amenazas de seguridad a las que México hace frente y de los desafíos comunes y la naturaleza compartida de tal amago, especialmente en el norte de México...” ¿Cuántos años habrá que esperar para que esta solicitud, entregada formalmente al gobierno estadunidense, sea conocida en México? Quizá venga primero su desclasificación en Estados Unidos.
El otro documento, que ha circulado informalmente, es una “traducción no oficial” de la petición entregada por el gobierno Bush al Congreso en la que se detalla cómo se propone distribuir los 500 millones de dólares que en el primer año se dedicarían a financiar la Iniciativa. Habría recursos para finalidades sorprendentes. Ejemplos, el Instituto Nacional de Migración recibiría servicios, valuados en 31.3 millones de dólares, para, entre otras cosas, modernizar sus bases de datos y su sistema de verificación de documentos. Ante esto, conviene recordar que fue la directora del INM quien declaró que el Plan México era “una prueba de la fortaleza del gobierno mexicano”. Parte de los 60.7 millones de dólares que se canalizarían a la PGR estaría destinada a “capacitación para llevar a cabo procesos de extradición”. En realidad, ¿no sería preferible financiar este tipo de acciones, sin aceptar el sometimiento que supone la donación o el crédito foráneo?
No se ha señalado, por cierto, si los 500 millones de dólares para 2008 (y los 900 adicionales para los siguientes dos o tres años) van a constituir una donación pura y simple o van a ser rembolsables y en qué condiciones. Más allá de este aspecto, que no es menor, la cuestión de fondo es la antes planteada: ¿por qué acudir a la ayuda externa –el Plan México calificaría como una operación de asistencia oficial al desarrollo: recursos presupuestales que un país donante entrega a una nación pobre– cuando, por su monto y sus características, sería por completo factible que México lo financiara, con una fracción, por ejemplo, de los ingresos excedentes derivados de la exportación de petróleo? ¿Por qué elegir la ruta del sometimiento en lugar del camino de la autonomía?
Es claro que se requiere de la cooperación bilateral y multilateral para combatir el narcotráfico y otras manifestaciones del crimen organizado. México podría abordar las acciones de cooperación desde una posición fortalecida si no demandase ayudas técnicas o de suministro.
Además, sería más efectivo para los objetivos proclamados de la Iniciativa Mérida que Estados Unidos invirtiese los recursos que va a donar o a prestar a México en sus propias acciones de control de demanda, persecución del narcotráfico en su territorio y combate efectivo de las acciones de lavado de dinero.
Legisladores EEUU fustigan plan antidroga con México
Publicado por Aguila en 11/15/2007 02:29:00 p.m.
Adriana Garcia
WASHINGTON (Reuters) - El plan de ayuda de más de 1.400 millones de dólares anunciado por el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, para el combate del narcotráfico en México y Centroamérica recibió duras críticas el miércoles de legisladores estadounidenses.
Los demócratas, que controlan el Congreso desde enero, levantaron la queja de que el legislativo no fue invitado a participar en las discusiones sobre el plan y cuestionaron la poca claridad en los programas de entrenamiento, así como los fines que tendrán helicópteros que proyectan adquirir.
"Sin duda, la aplicación de la ley y la seguridad en la frontera traerán consecuencias positivas. La pregunta es: ¿va el comercio (de drogas ilícitas) simplemente a moverse en otra dirección?," dijo el demócrata Tom Lantos, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes.
La Comisión realizó una sesión especial para discutir la llamada "Iniciativa de Mérida," un plan de cooperación a tres años que incluye la dotación de equipos, la capacitación para policías y el intercambio de información.
Entre las preocupaciones resaltadas por legisladores están las dudas acerca de que los recursos destinados al plan sean realmente dedicados a la lucha antidrogas y no desviados por la corrupción policial mexicana y sus nexos con criminales.
Lantos observó además que está contemplado que 208 millones de dólares, de los 500 millones iniciales, sean destinados a la compra de helicópteros, pero no está claro para qué misiones serán usados y cómo serán monitoreados.
También resaltó que hace 12 años Estados Unidos dió 73 helicópteros a México en la lucha antidroga, pero que la acción no funcionó bien y las aeronaves fueron devueltas.
Lantos y otros legisladores temen que la iniciativa pueda transformarse en un nuevo "Plan Colombia." "Estamos actualmente en el séptimo año del Plan Colombia sin un fin en el horizonte. ¿Este plan para México será igualmente sin fin?," afirmó.
Adicionalmente expresaron preocupación porque la iniciativa vaya a trasladar la ruta del narcotráfico hacia el Caribe, principalmente a países pobres como Haití.
APOYO A MEXICO
El secretario asistente del Departamento de Estado para el Hemisferio Occidental, Thomas Shannon, salió en defensa del plan y de los gobiernos de Bush y del mexicano Felipe Calderón. Afirmó que no hubo tiempo de involucrar al Congreso en las negociaciones y les pidió apoyo.
"Este es un importante momento en la lucha contra el tráfico de drogas internacional y el crimen organizado, y se requiere acción urgente por parte de las naciones involucradas," dijo Shannon, el principal diplomático estadounidense para América Latina.
México y Centroamérica constituyen un puente para el 90 por ciento de las drogas ilícitas que entran a Estados Unidos. La violencia relacionada a ese flagelo ha dejado más de 2.000 muertos este año sólo en México y un número similar en 2006.
Calderón ha pedido más cooperación a Estados Unidos, el mayor mercado consumidor de drogas ilícitas, incluso para combatir el tráfico ilegal de armas que muchas veces pasan a manos de las bandas de narcotraficantes.
El pre candidato a la presidencia estadounidense, el diputado Tom Tancredo, fue el que más criticó al plan entre los republicanos, mencionando la corrupción en el lado mexicano.
"México es un cartel de drogas," dijo Tancredo, quien es uno de los legisladores que más ataca la inmigración ilegal en Estados Unidos. Aclaró después que no todos los funcionarios mexicanos son corruptos, aunque sí una buena parte.
"Hay muchas evidencias de que la corrupción está muy metida en este Gobierno (de México)," agregó.
Su colega, la republicana Ileana Ros-Lehtinen, afirmó que la declaración era una ofensa para los mexicanos y defendió el plan de ayuda presentado por el Gobierno de Bush.
El subsecretario de la oficina de narcóticos del Departamento de Estado, David Johnson, destacó la cooperación del Gobierno mexicano, con la deportación récord de 79 criminales a Estados Unidos este año y su lucha contra la corrupción, que generó el despido de más de 1.600 personas.
WASHINGTON (Reuters) - El plan de ayuda de más de 1.400 millones de dólares anunciado por el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, para el combate del narcotráfico en México y Centroamérica recibió duras críticas el miércoles de legisladores estadounidenses.
Los demócratas, que controlan el Congreso desde enero, levantaron la queja de que el legislativo no fue invitado a participar en las discusiones sobre el plan y cuestionaron la poca claridad en los programas de entrenamiento, así como los fines que tendrán helicópteros que proyectan adquirir.
"Sin duda, la aplicación de la ley y la seguridad en la frontera traerán consecuencias positivas. La pregunta es: ¿va el comercio (de drogas ilícitas) simplemente a moverse en otra dirección?," dijo el demócrata Tom Lantos, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Cámara de Representantes.
La Comisión realizó una sesión especial para discutir la llamada "Iniciativa de Mérida," un plan de cooperación a tres años que incluye la dotación de equipos, la capacitación para policías y el intercambio de información.
Entre las preocupaciones resaltadas por legisladores están las dudas acerca de que los recursos destinados al plan sean realmente dedicados a la lucha antidrogas y no desviados por la corrupción policial mexicana y sus nexos con criminales.
Lantos observó además que está contemplado que 208 millones de dólares, de los 500 millones iniciales, sean destinados a la compra de helicópteros, pero no está claro para qué misiones serán usados y cómo serán monitoreados.
También resaltó que hace 12 años Estados Unidos dió 73 helicópteros a México en la lucha antidroga, pero que la acción no funcionó bien y las aeronaves fueron devueltas.
Lantos y otros legisladores temen que la iniciativa pueda transformarse en un nuevo "Plan Colombia." "Estamos actualmente en el séptimo año del Plan Colombia sin un fin en el horizonte. ¿Este plan para México será igualmente sin fin?," afirmó.
Adicionalmente expresaron preocupación porque la iniciativa vaya a trasladar la ruta del narcotráfico hacia el Caribe, principalmente a países pobres como Haití.
APOYO A MEXICO
El secretario asistente del Departamento de Estado para el Hemisferio Occidental, Thomas Shannon, salió en defensa del plan y de los gobiernos de Bush y del mexicano Felipe Calderón. Afirmó que no hubo tiempo de involucrar al Congreso en las negociaciones y les pidió apoyo.
"Este es un importante momento en la lucha contra el tráfico de drogas internacional y el crimen organizado, y se requiere acción urgente por parte de las naciones involucradas," dijo Shannon, el principal diplomático estadounidense para América Latina.
México y Centroamérica constituyen un puente para el 90 por ciento de las drogas ilícitas que entran a Estados Unidos. La violencia relacionada a ese flagelo ha dejado más de 2.000 muertos este año sólo en México y un número similar en 2006.
Calderón ha pedido más cooperación a Estados Unidos, el mayor mercado consumidor de drogas ilícitas, incluso para combatir el tráfico ilegal de armas que muchas veces pasan a manos de las bandas de narcotraficantes.
El pre candidato a la presidencia estadounidense, el diputado Tom Tancredo, fue el que más criticó al plan entre los republicanos, mencionando la corrupción en el lado mexicano.
"México es un cartel de drogas," dijo Tancredo, quien es uno de los legisladores que más ataca la inmigración ilegal en Estados Unidos. Aclaró después que no todos los funcionarios mexicanos son corruptos, aunque sí una buena parte.
"Hay muchas evidencias de que la corrupción está muy metida en este Gobierno (de México)," agregó.
Su colega, la republicana Ileana Ros-Lehtinen, afirmó que la declaración era una ofensa para los mexicanos y defendió el plan de ayuda presentado por el Gobierno de Bush.
El subsecretario de la oficina de narcóticos del Departamento de Estado, David Johnson, destacó la cooperación del Gobierno mexicano, con la deportación récord de 79 criminales a Estados Unidos este año y su lucha contra la corrupción, que generó el despido de más de 1.600 personas.
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