Stephen Holmes
El gran constitucionalista estadounidense Stephen Holmes acaba de publicar un libro sobre las consecuencias constitucionales y los peligros para la democracia norteamericana de la política antiterrorista de Bush: The Matador's Cape: America's Reckless Response to Terror (Cambridge University Press, Cambridge, U.K, 2007). En este artículo presenta algunas de las tesis centrales de su importante libro.
¿Existe algún elemento sin precedentes históricos en el aventurerismo militar, exageradamente secreto y agitador del miedo, de la administración Bush? Esta pregunta es irritante, especialmente para historiadores y politólogos, que, aunque consternados por la actual política exterior estadounidense, no pueden en rigor sorprenderse ante la más reciente encarnación de una presidencia imperial. Pero sigue siendo una pregunta crucial, también porque responderla podría arrojar luz en torno a lo que el progresismo puede esperar lograr después de Bush.Chalmers Johnson, un ex marino, asesor de la CIA durante la guerra fría y profesor emérito de la Universidad de California, en San Diego, nos ayuda a desenmarañar este misterio dando nueva vida a un viejo mito. En la antigua Grecia, Némesis era la diosa que castigaba los actos de soberbia. Las transgresiones no quedaban nunca impunes; el equilibrio y la mesura eran inevitablemente restaurados. La reencarnación de Némesis es blowback, una noción aparentemente acuñada por la CIA y utilizada habitualmente para explicar la crisis de rehenes de 1979, en Irán, como venganza tardía por el derrocamiento, de orquestación americana, del gobierno elegido democráticamente de Mohammed Mossadeq. Los aforismos admonitorios sobre la agresión de autodefensa ─los malhechores cosechan lo que siembran─ nos proporcionan también el mejor marco general para la comprensión de los orígenes del 11-S, si tenemos que creer a Johnson en Nemesis, el tercer volumen de “una trilogía involuntaria” que incluye Blowback (2000) y The Sorrows of Empire (2004).
Johnson carece de paciencia con los que atribuyen el terrorismo de tipo 11-S a alguna suerte de choque de civilizaciones o de sempiterno “radicalismo salafí” y a sus irremediablemente malvados adherentes. Expone que la cólera antiamericana, lejos de surgir totalmente de una altamente maleable tradición religiosa, la desencadenaron décadas de comportamiento inmoral e ilegal de oficiales y apoderados americanos en el extranjero. Era inevitable que algunas de esas “operaciones y actuaciones secretas del gobierno de EEUU en tierras lejanas se volvieran contra nosotros”, escribe Johnson. Piensa en acciones secretas bien conocidas por iraníes, chilenos y guatemaltecos (por no decir los agentes estadounidense que las llevaron a cabo), pero que apenas han calado en la conciencia de la mayoría de los ciudadanos americanos.
Identificando el blowback como causa radical del 11-S, Johnson arguye que también la reacción excesivamente violenta y sin ley de Bush al ataque, tanto en Afganistán como en Iraq, provocará su propio blowback. Es significativo que Johnson inaugurara su trilogía antes de que la administración Bush hubiera empezado a infligir en serio su irreflexión e inexperiencia al mundo. Johnson presenta la respuesta militarizada de Bush al 11-S, menos como un brusco desvío de las políticas militares de administraciones precedentes que como una previsible continuación de éstas, señalando, por ejemplo, que “los Estados Unidos han estado continuamente implicados o movilizados en guerras desde 1941”.
En una libre extrapolación de la historia documentada del blowback, Johnson especula con que hayamos entrado ya en los “últimos días” de la república. El “imperialismo” ulterior a la Segunda Guerra Mundial, predice, pondrá fin bien pronto al autogobierno en los Estados Unidos: “creo que mantener nuestro imperio en el extranjero exige recursos y compromisos que rebajarán inevitablemente nuestra democracia doméstica y, al final, producirá una dictadura militar o un equivalente civil”. La destrucción de la república americana, sugiere, podría incluso ilustrar una profunda regla histórica: “después un período bastante largo, un imperialismo exitoso necesita que la república o democracia doméstica se convierta en tiranía doméstica”. Piensa incluso que el ejército americano está ahora “maduro” para erigirse en “un Julio César”, esto es, “en un ejército revolucionario, populista con escasos intereses en gollerías republicanas mientras subyazcan determinadas formas imperiales al final de su rocoso camino”.
La convicción de Jonson, según la cual el imperialismo tiende a transformar las democracias en autocracias está ampliamente fundamentada en su estudio de la antigua Roma. Expone que la dinámica básica de las aventuras de la Roma imperial y la anexión de territorio conquistado anunciaron la caída de la república romana. Como que las campañas militares esporádicas y regionales habían dado lugar a campañas continuas y lejanas, el ejército de ciudadanos romanos había sido reemplazado por un ejército permanente. Leales, no a la clase política romana sino a sus comandantes en el campo, las legiones romanas profesionalizadas hicieron posible al César iniciar el desmantelamiento de la república, que concluyó su sobrino nieto Augusto.
“La historia de Roma sugiere que la corta vida feliz de la república americana puede estar llegando a su fin”, escribe Johnson, añadiendo que “Bush ha desatado una crisis política comparable a la que creó Julio César con la constitución romana”, amenazando con subvertir el orden constitucional tradicional e imponer una dictadura en su lugar. Más que confiar en un ejército permanente y en una Guardia Pretoriana, nuestra carátula de César de Crawford se apoya en el Pentágono y en sus contratistas de armas afiladas, por no citar a la CIA: “actualmente los Estados Unidos, como la república romana en el siglo I a.n.e., están amenazados por un complejo militar industrial y por un gobierno secreto controlado exclusivamente por el presidente”. Las repúblicas imperiales, como sugiere Johnson, están destinadas a ser destruidas por una contradicción interna.
Una razón para la melancolía de Johnson por el final de los días es que no puede identificar centro de poder alguno capaz de resistir contra las fuerzas que dirigen actualmente la política exterior americana. Afirma que a causa del carácter oneroso de las campañas de reelección y la insidiosa influencia de los grupos de presión del Congreso, “el brazo legislativo de nuestro estado está roto”. No puede razonablemente esperarse que un cuerpo elegido que debe su cargo parcialmente a contratistas militares (que, a su vez, proporcionan no sólo fondos para la campaña, sino también trabajo para votantes de distritos oscilantes) dé un giro y elimine la corrupción que lo alimenta. En palabras de Johnson, “nuestro sistema político puede no ser capaz ya de mantener a los Estados Unidos tal como los conocemos, en la medida en que es difícil imaginar a presidente alguno que soslaye los poderosos intereses del Pentágono, las agencias secretas de inteligencia y el complejo militar industrial”.
Pero si el Congreso no puede dar frenazo, ¿qué pasa con el pueblo americano? En algunos pasajes, Johnson flirtea con la esperanza de que un movimiento genuinamente democrático pueda poner freno al militarismo que derrotará a América. Intenta incluso explicar el prematuro apoyo a la guerra en Irak reciclando la excusa tradicional sobre buenos reyes engañados por malvados consejeros, sugiriendo que los ciudadanos americanos bien intencionados han sido engañados por unos pérfidos medios de comunicación corporativos.
El engaño del público nos lleva a uno de los principales argumentos de Johnson, a saber, que la violenta sobrerreacción de América al 11-S se debió en parte a una ignorancia creada en los votantes americanos sobre las acciones homicidas y explotadoras en el extranjero de su gobierno. Ignorantes de las numerosas expresiones de mala conducta de los Estados Unidos que han excitado el ansia de represalias alrededor del mundo, los americanos vieron necesariamente el 11-S como un ataque en modo alguno provocado y, por tanto, como un ataque que no exigía autocrítica sino aniquilación del enemigo. La ilusión de que el 11-S vino de la nada, expone Johnson, que no tuvo nada que ver con el comportamiento pretérito de América en el mundo árabe, contribuyó a avivar llama de las emociones agresivas entre los americanos.
Es ésta una reflexión interesante. Pero antes de cargar todas las tintas contra los periódicos y redes que hayan podido engañar al público americano, debemos considerar la posibilidad de que muchos americanos no quisieran ni quieran informarse de las fechorías de su propio gobierno en el extranjero. Una mayoría del electorado apoyó a Bush durante algún tiempo después de que los pretextos para la guerra de Irak quedaran expuestos como falaces y de que el atroz comportamiento de parte del personal americano en Abu Ghraib fuera bien conocido.
Por su parte, Johnson trata desesperadamente de que sus conciudadanos miren a su país, aunque sólo sea por un momento, a través de los ojos de los demás. Pide casi a sus lectores americanos que imaginen qué pasaría si tuvieran a soldados extranjeros estacionados en bases en el interior de los Estados Unidos, que molestaran a las adolescentes americanas y atropellaran a peatones americanos conduciendo borrachos. Sin embargo, que nadie lo esté oyendo es dudoso, por lo que no alberga más confianza en los ciudadanos que en el Congreso que éstos eligen periódicamente. La escalofriante indiferencia de América, no ya por la apremiante situación del común de los iraquíes, sino incluso por las muertes, desde la invasión de 2003, de decenas y quizás centenares de miles de civiles que jamás habían inflingido ningún daño a americano alguno, se expande ampliamente en el seno de la cultura política americana. No la produjo la propaganda trompe l'oeil de Karl Rove ni puede superarla la erudición de Chalmers Johnson, por muy penetrante y concienzuda que ésta sea.
¿Cómo puede Johnson, pues, después de rastrear las actuaciones ilegales e inmorales de los anteriores presidentes americanos, acusar a la administración Bush de traicionar a las tradiciones americanas? ¿Cómo puede reconstruir, con detalle extenuante, la historia del acoso americano en el extranjero y al tiempo evitar normalizar y, por ello, en alguna medida, exonerar las acciones de Bush y de su círculo? Lucha por evitar normalizar a Bush mediante el retrato de la Administración, no sólo como continuación de los deplorables hábitos de militarismo y soberbia, sino también como desviación de una suerte de ideal de
antiimperialismo democrático cuya restauración intenta imaginar. Al cabo, acusa a la Administración básicamente de subversión radical del control y equilibrio tradicionales. Bajo Bush, como nunca antes, la separación de poderes “aparece cada vez más como papel mojado”.
Ciertamente, la “atrofia de los poderes legislativo y judicial” ha sucedido durante décadas. Los fondos reservados han erosionado la responsabilidad del poder ejecutivo y el poder del erario ha sido diluido mediante subterfugios varios, incluyendo el atesoramiento de gastos no presupuestados en cuentas secretas suizas de la CIA mediante aliados dudosos, como la familia real saudita. Además, incluso los más ilustres de los predecesores de Bush han ejercido poder ejecutivo excesivo en tiempo de guerra. Johnson nos recuerda que “Abraham Lincoln suspendió el habeas corpus; Woodrow Wilson tuvo su “susto rojo”, al que respondió con el encarcelamiento o deportación ilegal de quienes se opusieron a su intervención en la Primera
Guerra Mundial; Franklin Roosevelt dirigió un pogrom contra los americanos de ascendencia japonesa, encarcelándolos a casi todos en campos de detención”. Sin embargo, en el pasado, o al menos así lo expone Johnson, “la separación de poderes, aun si ya no existía un verdadero equilibrio de poderes, seguía sirviendo como control sobre cualquier pretensión de dominio presidencial”. Concluye que ahora se ha agrietado ese último baluarte, apuntando las escuchas telefónicas ilegales y las cárceles fantasma como ejemplos evidentes de acciones ejecutivas unilaterales emprendidas sin apenas control de responsabilidad.
Esta línea de análisis es muy prometedora. Bajo los controles y equilibrios subyace una intuición simple: un poder ejecutivo protegido de las críticas bien informadas es altamente improbable que actúe bien. El ejecutivo necesita y merece algún margen de actuación secreta, especialmente en asuntos de seguridad nacional. Pero el secreto puede devenir fácilmente excesivo y, cuando esto sucede, empieza a sobreprotegerse el punto de vista oficial de la realidad, basado como está en una visión limitada, en presunciones, fijaciones caprichosas y fallos de planificación de contingencia y ceguera ante los efectos nocivos de las estrategias de atracción superficial y captación efectiva de agencias estatales por beneficiarios privados. Al acentuar los efectos patológicos del secreto excesivo del poder ejecutivo y la incapacidad de una asamblea legislativa corrupta para desafiarlo efectivamente, Johnson da un paso más para comprender la unicidad histórica de la administración Bush.
Un paso más, pero, sin embargo, corto. Las encarnaciones tempranas de la presidencia imperial, especialmente con Nixon, pueden caracterizarse de la misma forma. Comprender qué hace parecer a la actual administración como carente de precedentes en la historia americana es probablemente, por tanto, mejor para enfocar la expansión del secreto ejecutivo y el concomitante debilitamiento de los controles en respuesta, no a una amenaza tangible procedente de algún estado hostil militarmente poderoso, sino a amenazas evanescentes e incuantificables de futuros yihadistas desconocidos. Que el ejecutivo, sobre la base de información no revelada, pida al Congreso y al país poderes incontrolados para luchar contra un enemigo cuyas verdaderas capacidades es imposible discernir y que quizás siga merodeando en las sombras para siempre, eso es lo verdaderamente falto de precedentes. Los Estados Unidos pueden no estar en los últimos días de la república, como alerta Johnson. Pero el país jamás se ha enfrentado a un problema como éste. ¿Puede una constitución del siglo xviii impedir al poder ejecutivo utilizar la amenaza terrorista en el siglo xxi como pretexto multiuso para tramar agendas secretas ilícitas sin relación alguna con la seguridad nacional americana? ¿Puede un debilitado sistema de control rechazar que el poder ejecutivo se agarre a un clima semipermanente de miedo público provocado por peligros invisibles? Incluso aquellos que tengan esperanzas en una respuesta afirmativa pueden honradamente temer que ésta sea no.
Desde la perspectiva de Johnson, ni el Congreso ni la población americana ni el Partido Demócrata ofrecen muchas razones para la esperanza. Mirando fijamente a su bola de cristal, Johnson informa de que “jamás veremos de nuevo la paz ni tendremos probabilidad alguna de sobrevivir como nación durante mucho tiempo a menos que suprimamos la CIA, restauremos la inteligencia al Departamento de Estado y eliminemos todas las funciones militares del Pentágono”. Los Estados Unidos se enmarañarán en guerras exteriores hasta desplomarse, en otras palabras. Aquí es donde podemos finalmente captar la fuerza de la peregrina analogía entre George W. Bush y Julio César. Un Bruto demócrata puede asestarle un golpe fatal a la maquinaria política de Bush en 2008, pero las opciones de salvar al país mediante el retorno a unos idealizados orígenes republicanos son nulas.
Nemesis es un libro vivaz lleno de detalles llamativos, estropeado, empero, por numerosas pretensiones inverosímiles, la mayoría de ellas asociadas a la forzada analogía entre la antigua Roma y la América contemporánea. El principal defecto del libro, sin embargo, es el carácter resbaladizo del concepto de blowback. La obstinación de Johnson por determinar que los perjuicios posteriores para América están causados por fechorías previas de América a menudo parece extravagante. Lo siguiente es típico: “el 5 de agosto de 1998, el Frente Islámico Internacional para la Yihad, en carta a un diario arabófono de Londres, prometió represalias por las recientes intervenciones estadounidenses en Albania. Dos días después Al Qaeda voló las embajadas de EEUU en Kenia y Tanzania con la pérdida de 224 vidas”. Semejantes indicios de causalidad no incurren totalmente en la falacia de post hoc ergo propter hoc, pero andan peligrosamente cerca. Además, cuando el acoso americano no produce el revés predicho (como cuando el mal comportamiento de los soldados americanos en Japón no provoca que los japoneses cierren las bases estadounidenses de su territorio), Johnson descubre fácilmente fuerzas causales contrapuestas (tales como la necesidad de Japón de mantener las bases estadounidenses para adelantarse al aumento del poder de China en el este asiático) y, de ese modo, arroja dudas sobre la inevitabilidad de las consecuencias negativas del comportamiento incontrolado de América en el extranjero.
Pero el mayor problema con el blowback es la amplia variedad de ejemplos que utiliza Johnson. Partiendo de la convicción de Cheney, históricamente indemostrada, de que la violencia utilizada en grado suficiente genera invariablemente consentimiento, Johnson postula lo contrario, a saber, que la violencia a menudo engendra violencia, que la opresión imperial fomenta el terrorismo anticolonial, por ejemplo. Pero la mayoría de las consecuencias negativas no intencionadas de la política americana con que Johnson nos llama la atención tiene sólo relación tenue con la reproducción de violencia mediante violencia: por ejemplo, ¿de qué manera se arriesgan a llevar a los Estados Unidos a la bancarrota los hábitos de préstamos sin previsión de los bancos centrales de Japón y China? o ¿cómo el antisatélite de guerra que planea el Pentágono creará inevitablemente escombros orbitales lo suficientemente extensos como para anular la efectividad de las telecomunicaciones por satélite?
Los ejemplos de comportamiento contraproducente son tan diversos que la pretensión de considerarlos conjuntamente, sin ningún intento de distinguirlos o relacionarlos, a veces parece mera retórica. Ciertamente, el descubrimiento casual es ubicuo en la historia humana y quienes gustan de fantasías omnipotentes se estrellarán finalmente con la realidad. La ampliamente documentada impredectibilidad de la historia hace difícil tomarse seriamente la pose de vidente de Johnson. Semejantemente, su tendencia a descubrir la inevitable extensión de una mayor justicia en cada consecuencia no intencionada de comportamiento inmoral sólo puede atribuirse a la ilusión.
Señalar tales defectos teóricos no equivale a negar que Nemesis constituya una seria contribución a los debates actuales, un cuidadoso estudio. Ciertamente, los lectores escépticos sobre el blowback deberán desenterrar fuentes menos mitológicas y distintas de la curiosa presunción de Johnson según la cual la maldad de América será justamente castigada por un destino inexorable. Pero las opciones de encontrar consuelos equivalentes en el mundo no mítico, probablemente, no son muy grandes.
Stephen Holmes es Walter E. Meyer Professor of Law en la Facultad de Derecho de la New York University. Es cotautor, con Cass Sunstein, del famoso libro sobre libertad e impuestos (The Cost of Rights: Why Liberty Depends on Taxes (Nueva York, Norton, 1998). Acaba de publicar un libro sobre las consecuencias constitucionales y los peligros para la democracia norteamericana de la política antiterrorista de Bush: The Matador's Cape: America's Reckless Response to Terror (Cambridge University Press, Cambridge, U.K, 2007).
Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Escribano