Comentario de Frida
SIn más gracias Diego por esa forma de escribir.
Fuente Diego Osorno/ MILENIO
Por una de las rendijas oxidadas que se esfuerzan en sostener la ventana del cuarto número 24 de un hotel sin nombre de Reforma esquina con Zaragoza, puede verse con suma discreción la frase “Ando de cielo en cielo contigo”, pintada en la vieja pared de un estacionamiento que está enfrente.
Cuando la noche arrecia, muchos caen a ese recinto para hacer el amor el mayor tiempo posible. No es lo mismo obrarlo en el cuarto 5 ni en el 30, ni en el 17 que en el 24, coinciden prostitutas, cinturitas, rancherotes, poetisas, vírgenes perpetuas y demás representantes de la fauna urbana que se da cita en el lugar durante las madrugadas incógnitas.
El cuarto número 24 tiene, como todos, el mismo panorama austero al entrar: dos toallas, un jaboncito de La Rosa, sábanas blancosas, una cama retadora y el color ocre pintado en las paredes, no más.
Sin embargo, es el paisaje visto desde la ventana lo que le da cierta plusvalía, por suerte ignorada hasta el momento por los dueños del lugar, quienes han mantenido el mismo precio por la suite, pensando que la elección especial obedece a que el motor de la calefacción es menos ruidoso que el de los demás. Ingenuos.
Armando Alanís o su pseudónimo: Acción Poética, se ha encargado de darle un poco más de belleza a esta ciudad a veces olvidada por el Dios al que tanto le rezan por los suburbios del sur. Desde hace diez años, irremediablemente los domingos, con unas brochotas y dos tinas de Berel acomodadas en la cajuela de su Jetta, sale a buscar paredes que no hayan visto antes las flotillas del Instituto Fleming o los empleados de Servando Cano -dura competencia, hay que reconocer- y entonces traza sus frases o las de Paz, o las de Ceratti, o las de Margarito Cuéllar, o las de quien se deje.
No sé si sea más poeta que promotor cultural. Tengo entendido que fue vocal de los escritores en Conarte y que Gonzalo Rojas acaba de prologarle un poemario, pero la verdad, aunque disfruto y leo seguido su trabajo como artista, me gusta más el de artesano, mediante el cual ha hecho esta ensimismada ciudad poco habitable, más habitable.
Ojalá que el tiempo esté siempre del lado de Armando. Porque así el tiempo también estará del lado de la poesía.
Monólogo de un ex normal
De cerca, nadie es normal. Eso lo pienso desde hace varios meses. Casi todos quieren serlo y por lo regular se aparenta muy bien hasta que alguien se les acerca lo suficiente y puede apreciar lo anormales que son, aunque de lejos parezcan tan así, tan normales. Pareciera como si esa condición antisocial de la anormalidad estuviera quizá presente en los demás, pero nunca, ¡jamás!, en ellos, ni siquiera en los pensamientos más trasnochados.
Es que ser anormal es estar out y no in. Afuera y no adentro. Viejo y no moderno. Por ejemplo, ayer pasó un tipo vestido con un impoluto traje sastre azul oscuro, camisola blanca de seda recién lavada, zapatos de piel y suela antiderrape, calcetas de lana, mancuernillas de oro y un reloj suizo que terminaba por completar el atuendo del normal, del in, del que está adentro, del que es moderno y del que hay muchos miles de facsímiles, pero no más de los que en vano -y grotescamente para mi gozo-, se esmeran en serlo sin poder lograrlo.
El tipo en cuestión trabaja en un despacho de contadores que está cerca de la presidencia municipal. Todos los días sin excepción, me da una moneda de dos pesos y todos los días sin excepción, evita voltear a verme cuando la estoy recogiendo. Él sigue su camino sin detenerse, yendo muy seguro al futuro que les aguarda a todos los hombres que reciben la suerte esforzándose al máximo en ser los más normales de su casa, de su trabajo, del barrio, de su ciudad e incluso de sus propios sueños. (Recuerdo cuando yo era normal incluso en mis sueños).
Como se darán cuenta detesto a los normales. Detesto entonces a casi todo el mundo. Si pudiera acercarme a verlos -si me dejaran hacerlo-, sólo entonces los comprendería y sentiría afecto por ellos, ya que como dije antes, de cerca, nadie es normal. Todos somos unos anormales y nuestra más grande anormalidad es intentar a diario “estar dentro de la norma”, ser como los demás, imitarlos, copiarlos, envidiarlos. Si nos reconociéramos como anormales quizá en el mundo no habría tantos conflictos. Se comprendería que la naturaleza del hombre es igual pero no idéntica, que no se puede ser normal de ningún modo.
Que estamos locos.
Diego Enrique Osorno
YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA
VERONICA VILLALVAZO
solo tengo mis ojos y mi mente como herramienta para trabajar
FRIDA