Frida Guerrera

La rebelión de los habitantes de San Pedro Chenalhó motivó la reacción oficial


Foto Verónica Villalvazo (Frida) desde Acteal

La masacre de Acteal, culminación de una política de Estado contra indígenas

El Consejo de Seguridad Pública Estatal, controlado por Mario Renán Castillo, articuló los grupos paramilitares

César Ruiz Ferro usó los programas sociales para cooptar opositores

Jesús Ramírez Cuevas (Especial para La Jornada)



La matanza de 45 indígenas en Acteal, Chiapas, ocurrida el 22 de diciembre de 1997, fue consecuencia de la política oficial seguida para castigar y desarticular a los indígenas de San Pedro Chenalhó que adoptaron el camino de la resistencia y la construcción de un gobierno propio.

Documentar el papel de las instituciones del Estado en esa región en la escalada de violencia en Chenalhó, permite entender la responsabilidad oficial en la masacre, perpetrada por paramilitares, protegidos y armados por autoridades civiles y militares.

El crimen de Acteal fue parte de una guerra no declarada pero organizada por el Consejo de Seguridad Pública Estatal, en el que participaban dependencias federales y estatales. Bajo una lógica militar ahí se decidían programas e inversiones en las zonas indígenas.

El gobierno alentaba o creaba artificialmente conflictos de tierra, políticos o religiosos para enfrentar a las comunidades y así justificar la intervención militar.

El consejo, dirigido en los hechos por la Séptima Región Militar, bajo el mando del general Mario Renán Castillo, creó en septiembre de 1997 los comités de seguridad pública en las comunidades de Chenalhó, integrados con los miembros de los grupos armados antizapatistas.

Protegidos por la policía estatal y por el Ejército, estos comités establecieron un régimen de terror, al tiempo que promovían los programas y repartían la ayuda estatal y federal.

El experimento paramilitar comenzó en la zona norte en 1995, con Paz y Justicia, luego se exportó a los Altos y a la selva.

El secretario ejecutivo del Consejo de Seguridad, Jorge Hernández Aguilar, además de borrar las huellas de la masacre de Acteal, encabezó múltiples ataques a pueblos zapatistas. Incluso disparó desde un helicóptero en San Pedro Nixtalucum, en marzo de 1997. De esta manera, el gobierno “construía” la paz en Chiapas, sembrando polarización social y terror.

Uso de programas oficiales

El gobierno de Julio César Ruiz Ferro reforzó esta política para cooptar o desmantelar a las organizaciones opositoras. Los programas sociales de salud, educación, vivienda y servicios públicos se subordinaron al objetivo de ganar la guerra de desgaste contra las comunidades zapatistas.

Por ejemplo, el representante de la Secretaría de Atención a los Pueblos Indígenas (Seapi) en el Consejo de Seguridad era Pedro de Meza, abogado del grupo paramilitar Los Chinchulines, del municipio de Chilón y brazo político del director de Seapi, Antonio Pérez Hernández, cacique de Chenalhó.

Desde mayo de 1997, con la violencia en Yaxemel y los primeros refugiados, se inician el tráfico de armas y los campos de entrenamiento. Entre septiembre y diciembre, los paramilitares lanzaron varios ataques armados contra simpatizantes zapatistas, que se defendieron en Majomut y Chimix. Curiosamente, la policía estableció campamentos en esos pueblos después de los ataques. Tras la violencia en Chimix, en octubre, donde quemaron y saquearon casas, una partida militar detuvo a los priístas con rifles AK-47 en la mano; el capitán Germán Parra los liberó por ser del PRI.

El consejo, inteligencia militar y el Centro de Investigación y Seguridad Nacional presentaban informes, diagnósticos y propuestas sobre las distintas regiones de la zona de conflicto. Coincidentemente, surge el MIRA (Movimiento Indígena Revolucionario Antizapatista), una especie de federación de grupos paramilitares que operan en varias regiones del estado con la anuencia de funcionarios y militares.

En la región de los Altos, la Seapi se encargó de promover la contrainsurgencia. Su programa de construcción de vivienda sirvió para elaborar listas en las comunidades y marcar las viviendas, antes de los ataques paramilitares.

A partir de noviembre de ese año, se intensifican las labores de inteligencia por medio de los comités de seguridad, que coordinan todos los apoyos a las comunidades, mediante Seapi. En esa dependencia se reunían frecuentemente los jefes paramilitares con Hernández Aguilar, Uriel Jarquín, un coronel del Cisen y otros oficiales de inteligencia militar.

Otras evidencias de la responsabilidad del gobierno

La CNDH recomendó sancionar a 17 funcionarios del gobierno estatal por su actuación en Acteal. Cuatro de ellos fueron consignados, 11 más fueron inhabilitados, entre ellos el gobernador.

En los expedientes de la PGR se involucra al capitán primero Germán Parra en la protección de los paramilitares. También se aportan elementos sobre el papel del Batallón 38 de Infantería. Algunos de sus integrantes o ex integrantes como Mariano Arias Pérez, Pablo Hernández Pérez y Antonio Santiz López fueron acusados de entrenar y vender las armas utilizadas en Acteal. Santiz López, considerado el jefe de los paramilitares, fue liberado pese a las pruebas en su contra.

Las declaraciones de los policías estatales detenidos confirman que las fuerzas de seguridad protegieron, armaron y apoyaron a los paramilitares, incluso transportaron las armas homicidas en vehículos de la policía de Seguridad Pública y participaron en los robos cometidos por civiles armados.

José Luis Rodríguez Orozco, director de Seguridad Pública, hoy prófugo de la justicia, declaró que “tenía conocimiento de que un miembro del Ejército, el capitán Germán Parra, les devolvió a unos indígenas amigos un cuerno de chivo y un R-15” (Exp. 27/98 Tomo II. p.770).

Oficiales del Ejército y autoridades estatales y federales apoyaron las operaciones de los autores de la masacre de Acteal. Así lo afirmó Roberto Arcos Jiménez, agente del Ministerio Público estatal detenido por la PGR. El funcionario señaló que los integrantes de las Bases de Operaciones Mixtas (BOM) en Chenalhó, a cargo del Ejército Mexicano, protegían a los grupos civiles armados. Arcos denunció a los oficiales del Ejército y funcionarios estatales: el capitán Parra Salgado, del Batallón 38; Eduardo Tamez, oficial de la PGR en Chiapas; Carlos Vidal, oficial de la policía judicial estatal, y el comandante policiaco Misael López, de la BOM de Pantelhó.

Roberto Arcos denunció que en una ocasión sorprendieron a priístas armados en La Esperanza, pero que el capitán Parra dio la orden de liberarlos. “Le dije al capitán Parra que teníamos que consignar a esas personas; me respondió en tono amenazante que no reportara nada, que ellos sabían cómo se iba a solucionar ese problema; que me callara, o de lo contrario me daría una calentadita o me iba a desaparecer”.

Según las investigaciones de la PGR, al menos tres oficiales del Ejército Mexicano brindaron protección y posible entrenamiento a los autores materiales de la matanza. Todos fueron trasladados a la región militar de Veracruz y la Procuraduría de Justicia Militar congeló las indagatorias.

Los policías encarcelados y Arcos Jiménez afirmaron haber recibido instrucciones de proteger a los grupos armados de Jorge Gamboa Solís, José Luis Rodríguez Orozco, jefes de la policía de Seguridad Pública, y de Jorge Hernández Aguilar.

Estos elementos son apenas una parte de las evidencias que llevan a concluir que la matanza de Acteal es un crimen de Estado. Hace falta una investigación a fondo que haga justicia y juzgue el papel de los gobiernos federal y estatal

YO TE NOMBRO LIBERTAD, CREANDO CONCIENCIA
VERONICA VILLALVAZO
solo tengo mis ojos y mi mente como herramienta para trabajar
FRIDA

Huérfanos y mutilados crecen las y los niños sobrevivientes de Acteal





Foto Frida(Veronica Villalvazo)Acteal diez años de una Masacre

Comentario de Frida
Estuvimos en Acteal como ya hemos comentado, situación que les iremos compartiendo en el blog, como ya es costumbre, les pondremos los videos como los vayamos trabajando, por el momento seguiremos revisando la información de otras fuentes.

Han tenido que “mendigar” al Gobierno la ayuda prometida

Fuente:Lourdes Godínez Leal/Cimac



México DF, 21 dic 07 (CIMAC).- En la orfandad y sin el apoyo del gobierno estatal, las y los menores de edad sobrevivientes de la matanza del 22 de diciembre de 1997 en Acteal, Chiapas, han tenido que “mendigar” los pocos recursos a los gobiernos de Roberto Albores, Pablo Salazar Mendiguchía y ahora Juan Sabines --quien recientemente instaló una fiscalía “especial” para esclarecer el caso--, denunció la abogada feminista Martha Figueroa Mier.



En entrevista telefónica con Cimacnoticias, Figueroa Mier, integrante del “Colectivo Feminista Mercedes Olvera”, quien se quedó a cargo de 28 menores de edad que quedaron huérfanos por la masacre, dijo que a 10 años de distancia, los que entonces eran las y los niños del campamento de Acteal se han convertido en jóvenes y adolescentes, que, sin haber sido “resarcidos por el daño” como les “prometió el gobierno” en 1997, han crecido tratando de “curar” sus heridas refugiándose en la religión.



“Lo poco que se ha hecho se le ha ido arrancando a la fuerza al Gobierno en situaciones muy desgastantes. Ha sido horrible. Les dieron escuelita para todos los niños que de alguna manera son sobrevivientes de la masacre, son 72 que están en cuatro grupos: 2 de preescolar y 2 de primaria”.



Pero de estos 72 niñas y niños sobrevivientes de la masacre, que se supone, de acuerdo al convenio signado por el Gobierno estatal, se les daría una beca de estudio, únicamente 12 la reciben, los demás no.



LA EDUCACIÓN



Ya desde el gobierno de Roberto Albores había mucha reticencia de dar las becas para las y los niños y actualmente con el gobierno de Juan Sabines las cosas no parecen mejorar, dice la feminista.



Siempre se “alega” la falta de presupuesto” y han dejado a las y los menores sin ninguna protección, sostuvo Figueroa, quien se hizo cargo del caso de las hermanas tzeltales violadas por militares en 1992, entre otros casos de impunidad que ha atendido.



A los pocos sobrevivientes que lograron acceder a una beca, se les quitó cuando pasaron a la secundaria. Y muchas de las becas fueron gestionadas por la misma familia, pero no como sobrevivientes de la masacre.



Pese a la recomendación 01/98 emitida por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, donde se establece que será obligación del Gobierno estatal hacerse cargo del tratamiento integral de las y los sobrevivientes, incluyendo acceso al desarrollo social, salud, educación, vivienda, entre otros, ninguna de ellas se ha llevado a cabo.



MALA ATENCIÓN MÉDICA



Con las secuelas traumáticas por haber presenciado cómo asesinaron a sus padres y familiares, las y los niños tampoco tuvieron acceso a tratamientos psicológicos.



“Lo que hicieron fue mandar un psiquiatra que medio los atendió, vio como a 17 ó 20 niños en menos de 2 horas, hizo un informe de dos hojas y no hubo un seguimiento de los casos, por lo que ellos se han ido refugiando a través de la religión”.



SIN VIVIENDAS



Parte del Convenio tenía que ver con la entrega de viviendas”, lo que se convirtió en otro “problema”, dice la abogada Figueroa.



“Cuando ellos regresaron a sus comunidades, como el Ejido de Puebla, porque no querían seguir desplazados ahí en Acteal, el gobernador hizo todo un show, pero les dieron casas con tres láminas mal puestas y en la misma calle de terracería, enfrente de los paramilitares que los habían balaceado”.



ZENAIDA, CATALINA, JERÓNIMO Y EFRAÍN



Zenaida, la niña de 9 años que recibió un tiro en la cabeza y como consecuencia perdió parte de la masa encefálica y la vista en uno de sus ojos, quedó a cargo de sus abuelos.



A sus ahora 14 años, Zenaida logró recuperar en un 60 por ciento la visión de su ojo, actualmente asiste a la escuela de Acteal, pero su vida permanece incierta, porque su abuela padece cáncer de pulmón.



Efraín, un niño de 2 años que fue alcanzado por un disparo en la boca, no ha podido recuperarse. “Fue atendido, pero muy mal en Tuxtla Gutiérrez, además del trauma que sufrió porque quedó debajo de su mamá quien se desangró encima de él”.



A sus 12 años, refiere Martha Figueroa, Efraín parece de 8 años debido a la desnutrición, ya que no come bien por su problema en la boca que le quedó chueca.



“El necesita varias cirugías, conforme va creciendo requiere por lo menos que se repitan cada dos o tres años”, sostiene Figueroa, pero otra vez la familia no tiene los recursos ni el apoyo estatal para continuar con la rehabilitación de Efraín.



Catalina sufrió varios tiros en las piernas, en los brazos, cadera. Ella está yendo desde hace dos años al Centro Nacional de Rehabilitación.



Jerónimo tiene mutilado el brazo, de hecho perdió casi las dos manos, lleva varias operaciones, pero sigue mal y en rehabilitación.



“La mayoría de las y los niños de aquél entonces se casaron, ya tienen hijos, muchos se fueron. De esos 28 niños ya sólo doy seguimiento a 4”, relata Figueroa.



¿Y LA JUSTICIA?



En cuanto a la cuestión jurídica, la abogada feminista enfatiza que las sentencias han sido muy malas y repudió que al caso se le quieran dar otros “tintes”, a 10 años de ocurrido.



“Ahora resulta que los tienen presos porque son hermanos evangélicos, cuando yo me acuerdo perfectamente, porque a mí me tocó la detención de los 13 primeros que decían: “pero si soy priísta, por qué me detiene” y escucharlos contarse entre ellos cómo habían masacrado a la gente”.



“A 10 años no encontramos la justicia, porque el caso sigue impune, porque los autores intelectuales siguen sin ser castigados, las armas siguen en las comunidades y en algunas todavía hay militares y paramilitares como en Los Chorros, como en Yactelum, y en Chenalhó.





Por su parte, Elena Vázquez Pérez, de la organización civil Las Abejas, dice: “Nosotras siempre tenemos mucho miedo con las armas, con los militares que nos paran en las carreteras, para nosotras es muy difícil salirnos para las reuniones. No hay atención médica, no hay medicinas.



“Para nosotros la justicia es que no se repita la masacre, porque fue muy doloroso ese año para nosotros, queremos que se desarmen los paramilitares en las comunidades, pero también que se investigue a los autores intelectuales.



“Para nosotros no funcionan las fiscalías para esclarecer el caso, porque si solicitamos audiencia con ellos no nos toman en cuenta, no hay fechas para dialogar, por eso seguiremos uniéndonos entre nosotros, porque vemos que no se avanza mucho con esa fiscalía”.




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